De los pseudo STEMcitas y otros demonios

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Debo reconocer a un gran amigo y colega, Guillermo Ospina Pulido, la idea principal de esta columna.

En un país donde muy pocos se interesan por el periodismo científico, es fácil que surjan los “pseudo STEMcitas”, sujetos que promueven la Science, Technology, Engineering y Mathematics como si de una religión se tratara, pero sin comprenderla. El problema de este tipo de religiosos técnicos que se ubican en puestos de gobierno y universidades radica en que desconocen de raíz que las STEM solo pueden existir si, y solo si, existen unas ciencias sociales, humanas y económicas fuertes, junto a una producción artística y cultural abundante. Las STEM son el resultado de un entorno social fuerte y no están a cargo de construirlo.

Este demonio que habita nuestra medieval cultura puede enfrentarse, por ejemplo, con la lucha emprendida por la Universidad de California contra el control de la ciencia que ejercen Reed-Elsevier, Springer, Taylor & Francis, Wiley-Blackwell y Sage. Estos gigantes de la ciencia y tecnología suelen cobrar (vs. el modelo de ‘open access’) por consultar los artículos publicados en sus revistas. las universidades pagan las investigaciones, luego deben pagar por publicar en muchas de las revistas de estas dos editoriales, también pagan por los ‘pares’ académicos que hacen la revisión de calidad del artículo (el editorial es un trabajo ad honorem, por lo que son los empleadores quienes realmente lo financian) y, para consultar el trabajo publicado, deben nuevamente pagar.

Es decir, se genera un mercado donde la producción de conocimiento para la humanidad no tiene el impacto requerido porque no puede accederse gratuitamente a él en un momento en el que hay más científicos vivos y mayor actividad innovativa e investigativa que en toda la historia de la humanidad antes de 1950. Claro está, también estas organizaciones han construido empresas de conocimiento basado en el trabajo de los científicos pagos por las universidades y ofrecen un mercado de servicios editoriales que buscan mejorar la posibilidad de publicar.

Ante esta situación, la Kasaja Alexandra Elbakyan recrea una versión moderna de “Robin Hood” con su proyecto SciHub y pone a disposición de cuanto científico desee el conocimiento de estas grandes editoriales. Esta acción individual hace parte de un movimiento hacktivista global por la defensa de los derechos digitales, acceso a la verdad y muchas otras luchas sociales, que ha de dominar la política de nuestro siglo.

Ahora bien, para el caso colombiano, el resultado de la lógica del mercado de la ciencia es muy perversa, donde se erige el artículo en revista indexada como la única garantía de un conocimiento verdadero y el mismo se liga a un concepto de “calidad” muy discutible que representa “puntos docentes” en universidades públicas colombianas o ascensos en las privadas, los cuales inflan los costos educativos. Lo preocupante de este modelo es que dicho conocimiento en artículos no genera impactos o aportes sociales significativos. Ante esto, el profesor Yu Takeuchi era muy directo: ‘no debiera pagársele a un profesor por publicar, no debiera subírsele el sueldo… por el contrario, debiera cobrársele o bajársele el sueldo’ (según me compartió el maestro Rubén Sierra Mejía). La lógica del maestro Takeuchi era muy simple: si se pierde en la vida, que sea por algo que vale la pena; publicar por publicar, que es la lógica que impera, es contrario a la ética de un verdadero académico.

Un segundo demonio que acecha nuestro país es el desconocimiento pleno de la ciencia que se tiene en las aulas y los medios, de forma que esta combinación de ignorancia, mal gobierno () y mala educación, (/) nos mantiene en el “analfabetismo científico”. Como remedio a nuestro medioevo científico, les comparto Quanta Magazine y el proyecto “En pocas palabras”.

Qué sencillo sería empezar por leer, aprender y divulgar esto en las redes ciudadanas, y tal vez la próxima generación sea una sociedad que conozca el ABC de la ciencia.

*David Camargo, docente asociado Universidad Antonio Nariño, científico analista de datos, asesor en políticas públicas con doctorado en el área de reconstrucción centrado en consecuencias de la guerra sobre la propiedad de la tierra.

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