Puños y voces

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Había que volver a empezar, pensó. No pudo contener una lágrima que le bordeó su atezada mejilla. Apoyó sus manos entrelazadas sobre su frente sobre el viejo mesón; ahí gimió varias veces.

La lata se levantó por los aires dejando a su paso una estela de ruido cuando fue a caer al otro lado del solar; estaba completamente destruida producto del puntapié de Simón. En el rostro de este último se dibujaba la frustración y amargura: le habían robado la pelea en la velada anterior cuando se batió a muerte a doce asaltos sobre la lona de un ring. Su contrincante tuvo que ser sacado en silla de ruedas rumbo a un hospital.

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Esta mañana hizo un ligero saludo de estrella de cine a los que lo observaban; de ahí fue y se sentó solitario en la esquina del viejo burdel, donde los primeros rayos solares hacían la asepsia diaria a sus coloridas paredes. Vio a un grupo de niños que a esa hora alegremente pasaban a la escuela dominical. Uno de ellos lo saludó: – ¡hola campeón! Él los miró con desinterés hasta que se perdieron en la distancia. Ansioso, volvió a mirar una y otra vez el balcón verde y lila esperando un santo y seña. Ella no salió; no quería compartir su vida con un perdedor.

Por primera vez se sintió derrotado; sintió compasión de todo, de sí mismo, de las mujeres del burdel que a esa hora se acicalaban. “Aquí ya no hay nada que hacer” – se dijo para sí -. Con devoción ascética, metió sus manos en los bolsillos y con actitud estoica echó sus guantes al cuello y tomó la decisión de sus pasos.

Cuando llegó a su antigua heredad, se percató que la noche anterior había llovido a torrenciales y las piedras lavadas por el agua se veían relucientes. En un rincón de la cocina, todavía permanecía el miserable e incipiente fogón que emanaba un dilatado hilillo de humo que se había petrificado sobre la lámina de zinc negra y encostrada. Al otro lado estaba lo que quedaba de los girasoles, deshechos por el agua y las primeras abejas de invierno. Escuchó con atención los incesantes e ininterrumpidos cantos de las cigarras, lúgubres y cacofónicos: no habían afinado, no esperaban esa visita que nunca iba a volver y, si regresaba, lo haría con el jolgorio de la mejor orquesta de la península. Buscó a su perro por todos lados y solo encontró al lado de la verja un montón de huesos grises y blancos; al parecer lo había liquidado el hambre y la soledad. Se sentó sobre un viejo tronco de árbol y contempló la llanura serpenteada por un riachuelo, respiró profundo y pensó que nunca debió irse de aquel lugar. De ahí se paró y fue a sacudir con el viejo escobón las tablas apolilladas que aún permanecían en pie.

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Había que volver a empezar, pensó. No pudo contener una lágrima que le bordeó su atezada mejilla. Apoyó sus manos entrelazadas sobre su frente sobre el viejo mesón; ahí gimió varias veces. Cuando se levantó de allí ya era tarde. El día estaba acabando, era domingo y, por el maldito hábito de no hacer nada, se tendió en el pasto aún húmedo. Con una pajita en su boca cruzó las manos detrás de su cabeza. Por su golpeada retina pasaban pequeños trozos de nubes que dejaban al descubierto un límpido, deslumbrante, cielo azul, infinito como su dolor, surcado por los destellos dorados del pecho de una golondrina. Ahí se estuvo hasta el anochecer. Era domingo, estaba muriendo ese angustioso día, con la ilusión de que jamás volvería a encontrárselo en las calendas. Se paró de un salto, hizo unos ligeros pases de boxeador, miró a través de la ventana su atarraya que en el árbol de almendro ondeaba por el viento. Repentinamente el cielo había palidecido, tomó una tonalidad gris mandarina, sin amagos de lluvia, surcado por libélulas y mariposas. Todo indicaba que se avecinaban las primeras subiendas. Alistó todos sus enseres.

Regresó a su choza bajo los rayos escarlatinas de una luna que se escondía y giraba por la acción de los nubarrones, el gran patio estaba seco y hermosamente iluminado. Prendió la lámpara, no para iluminarse, sino por la manía de espantar los malos espíritus. Encendió un cigarrillo, fumó interrumpidamente, alternando con las luciérnagas de los oscuros matorrales. Con su mirada perdida en la oscuridad, seguía fumando entornando ligeramente un ojo por el humo. Una lechuza silbaba en la penumbra.

Encendió la radio y escuchó el resumen de las últimas noticias del día, entre ellas a su entrenador que pedía su regreso. Cuando se levantó, ya era tarde. Apagó el radio porque a él qué putas le importaba lo que opinaran los periodistas comentaristas del box. Todos eran unos mentirosos, habladores de paja.

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Se quitó las alpargatas, se santiguó y, mientras se quedaba dormido, escuchó un leve ruido. Al levantar la cabeza, vio entre el reflejo de la luna a su manager parado en la puerta.

*Ubaldo Díaz, sacerdote. Graduado en Filosofía y educación de la Universidad Católica de oriente. Premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. Premio de periodismo pluma de oro APB Barrancabermeja. Años 2018 -2019.

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