Querida Venus

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Dedicado a mi padre, quien siempre hizo de niño Dios y al ingeniero Orlando Díaz.

(Lea también: Nuestra Señora de las Candelas)

Alguna vez mi padre (qepd) le descubrió a mi hermana menor un error de ortografía en una de esas truculentas cartas que otrora los niños le dirigían al niño Dios. Años después en una tarde solariega ese niño humanado como aparece en los gozos de las novenas de aguinaldo me contó ese suceso entre sonrisas. En ese dialogo entre creador y creatura noté que Dios también era alegría, que tenía un gran sentido del humor. Nos levantamos de ahí y percibí a Dios por primera vez muy preocupado, ya que tenía un dilema y era cómo mandar a leer a su amada hija sin lastimarla. Porque en nuestro linaje era imperdonable un error de esa dimensión.  No se toleraban los errores ortográficos. Desde temprana edad, en la casa había una mesa confeccionada en madera de caoba que había sobrevivido a más de una centuria, en ella se habían ido a manteles obispos, monjas, y personajes como mi bisabuelo que según cuentan militó en la francmasonería y esporádicamente se reunía de manera discreta con otros hombres silenciosos semejante al rey Arturo y sus caballeros a disertar sobre lo divino y lo humano y corregir según ellos el rumbo de la especie humana. También se sentaron fanáticos religiosos a elucubrar sobre el derrotero de la humanidad y según sus designios estaba peor que Sodoma y Gomorra. Mi padre tenía la precaución que cuando llegaban estos últimos, desaparecía por un tiempo un ejemplar del marqués de Sade que reposaba en uno de sus anaqueles. Al pasar de los tiempos, esa mesa al parecer había caído en desgracia, ya que en las mañanas servía para las labores culinarias, y por las tardes como por arte de magia se convertía en un ágora cuando “challo” le pasaba un trapo húmedo y quedaba reluciente para nuestras lecturas y tareas escolares. Ahí vegetábamos casi toda la tarde leyendo a Simbad el marino, Moby Dick de Herman Melville, que narra la historia de un intrépido barco ballenero, Caín y Abel, Dalila y Sansón, éste último un Hércules de la saga hebrea que había liquidado a todos sus enemigos con la quijada de un burro. Como Dios todo lo puede, mi padre quien en secreto fue el niño Dios, se las ingenió, y en uso de sus facultades creativas, en los regalos dirigidos a mi hermana le envolvió acompañado de mi madre que hacía también de diosa, “cuento de navidad” de Dickens; el cual el cine y el celuloide lo prostituyeron años después. Desde esa nochebuena, mi hermana menor se interesó por la lectura y jamás paró de leer, la veo muchos años después en una de mis historias llamada “panchas” cuando uno de mis hermanos quien tenía el sueño de ser espía o detective del extinto DAS, la policía secreta del ejecutivo y que luego desbordó en una cueva de malandrines, le suplicaba que le escribiese una carta con su caligrafía de convento al director de esa institución para que lo recibiera en sus huestes. Al final, mi hermana luego de redactar una impecable epístola dirigida a ese sujeto, se lo quedó mirando fijamente y pasando los ribetes de la carta por sus labios dorados para engomarla. Le preguntó: ¿y qué tal que esos tipos descubran que esa no es tu letra?, le había cargado el bulto de sal sobre la espalda a mi hermano. Nunca fue llamado. El día que mataron a Jaime Garzón, mis hermanas y todos lloramos alrededor de la mesa reluciente al enterarnos de semejante barbaridad. La indignación creció cuando se supo que uno de los hombres que hacía parte del sanedrín de esa agencia de espías, había servido de lazarillo para que se cometiera tan execrable crimen. Mi hermano fue sometido o mejor él mismo se sometió a un ostracismo voluntario, se le negó el saludo por una semana, por haber pensado alguna vez en la vida pertenecer a esa cofradía de malhechores. Mi hermana fue siempre misericordiosa, seguramente porque había leído la historia de santa Rita de Casia, una mujer que soportó y fue sometida a toda clase de vejámenes por un salvaje quien fungía como su esposo, y posteriormente elevada a los altares por soportar de manera estoica semejantes barbaridades. Le llevaba a su hermano secretamente algunas viandas que ella misma preparaba. Por eso y muchas cosas heroicas que hacía en el día a día le llamábamos entre bromas “santa Rita de Casia”. Solo que ella jamás fue maltratada ni con el pétalo de una rosa porque era hija predilecta de un Dios y una diosa llamada mi madre. Mi padre  interrumpía su lectura, se quedaba meditabundo al escuchar esas historias asombrosas sobre el heroísmo y el martirio, casi nunca opinaba sobre esos asuntos. Alguna vez le escuché resoplar y decir: “qué bárbaro ese tipo”, cuando su hija terminaba de leer la historia de Santa Rita.

La mesa de caoba hasta la hora tercia, permanecía ocupada y merodeada por un ejército de mujeres, desde ahí entendí que cuando se unen por un apropósito son invencibles. Era un universo impenetrable de féminas comandadas por mamá y una mucama silenciosa a la que cariñosamente llamábamos “challo”, creo que su nombre de pila era Rosario. Que recuerde casi nunca veía a un hombre socializando con ellas, a excepción de Adán, un silencioso peón y eunuco por vocación que vertía ánforas llenas de agua traídas desde un lejano aljibe en una enorme tinaja de barro de cuello alargado, mientras vaciaba esas alforjas con el preciado líquido, la mirada lánguida del primer hombre se encontraba con una de ellas y la respuesta era una mirada de severidad por atreverse a mirar hacia ese olimpo de amazonas. “Challo” casi que corría solícita a prodigarle algo para la sed y lo apuraba para que se largara a terminar sus oficios. En ese grupo de amazonas había una hermosa joven amiga de mis hermanas, de cabellos dorados y el rostro de la Venus de Botticelli. Casi siempre la contemplaba furtivamente desde la distancia, su presencia para mí era perturbadora, se había convertido en una especie de encantamiento, cerraba los ojos, me iba al colegio, al baño y ese rostro de facciones vírgenes de la parábola de las lámparas encendidas me perseguía a todos lados. Me había convertido en una especie de judío errante deambulando por bosques y caminos con su rostro y cabellera en mi memoria atormentándome. Tumbado debajo de un enorme árbol de pino recibía consolación cuando leía Abelardo y Eloísa, aquel idilio amoroso y prohibido que trascurrió en la edad media. La Venus hacía parte de ese matriarcado impenetrable y los hombres no podíamos acercarnos a ellas a más de un tiro de piedra. La ruleta de la vida con sus caprichos hizo que nos encontráramos en el aljibe donde había ido sola a sacar agua, mirando hacia el pozo le saludé:

(Texto relacionado: El bibliotecario Willy)

−Hola

−Hola – respondió.

Noté que los orificios de su nariz se ensanchaban como corneta de juguete.

−Estas buscando agua?  -Le pregunté -. Pregunta estúpida me dije para mí.

−Sí, o que más se puede venir a buscar acá. –respondió- con mirada desafiante.  Note que su corpiño se aceleraba. Ambos estuvimos en silencio mirando fijamente el suelo, una cigarra sonaba ininterrumpidamente en los árboles. Estaba sola, lejos del matriarcado, era mi oportunidad para conjurar para siempre mi perturbación. Después levantó la vista, su nariz perfecta tapizada de pecas rezumaba algo de sudor, se acercó, como pidiendo que la dejase franquear la salida, una rana o sapo no recuerdo bien, había hecho espuma en el aljibe. Su cabellera de Venus resplandecía por el sol, yo seguía plantado y paralizado. Al fin tuve ese arrebato y resolución que tienen todos los mortales cuando ya han sucumbido al “pecado” como le nombraban los fanáticos sentados alrededor de la mesa centenaria, ya no había marcha atrás, mi suerte estaba echada, alcé mi mano, le acaricié la cabellera de oro que se había convertido en mi fetiche y suavemente se regocijó. Besó el dorso de ella como lo hacían esos penitentes de la edad media ante el anillo de un cardenal. La atraje hacía mí y el volcán de sus senos como en la canción del Maestro José Alejandro Morales hizo erupción en mi pecho. No sabíamos cuál de los dos estaba más aterrorizado. La cigarra seguía cantando, el batracio continuaba fabricando espumas, ya poco me importaba, yo seguí acariciando la cabellera que seguro hubiese inspirado a Botticelli. Un sapo nos miraba complacido desde el aljibe, sabía que este no podía hablar. Abruptamente se desprendió de mí y salió corriendo, dejando su ánfora a medio llenar. Sentado sobre el pretil del aljibe meditaba y miraba de reojo los rayos escarlatinas del sol que se colaban por las hojas de una arboleda, la cigarra había roto la tregua y entonaba una melodía lúgubre, cacofónica, se acercaba su final, había llegado la cuaresma. Yo seguí escuchando al insecto que dentro de poco se iba a extinguir y mirar a Venus perderse en la distancia como en un sueño. Suspiré tranquilo, Venus me había liberado. Impregnado a mi ropa sentía el olor a un impúber de una de las amazonas comandadas por mi madre quien unas veces hacía de diosa y cuando se trataba de defenderlas lo hacía a capa y espada porque seguía siendo su comandante y jefe.

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*Ubaldo Díaz, Sacerdote. Premio Nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. Premio de periodismo pluma de oro 2018 – 2019 – 2022. Email: [email protected]

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