“Y sí… conservo aún mi visión romántica de lo que creo  debería ser el ejercicio de la legislación o el gobierno”

Uno de los trámites más amargos que hay que hacer, cuando se está interesado en los tejemanejes de la política, es el aprendizaje acerca de los procedimientos mediante los cuales se determinan y deciden las leyes que nos rigen y sus modificaciones.

Escribo este artículo terminando la noche del 1 de mayo, cuando muchos de los artículos del PND que son micos del proyecto de ley MinTIC con el que llevamos peleando, pasaron en el Congreso, simplemente por el hecho de que era día festivo y no había suficiente gente que les reclamara a los congresistas el hecho de estar atentando contra el interés público y aprobando, además, leyes que seguramente no entienden, pero para las cuales los instruyen a votar. Son temas que a sus partidos tal vez no les importan tanto, negocios que dejan ir o simplemente artículos que consideran de trámite.

Muy posiblemente esperen al próximo puente para aprovechar y pasar la Ley Min TIC completa y así con cualquier otro proyecto que tenga tantos vicios como éste. No es solo una cuestión el proyecto en específico, porque son muchos los artículos proyectos de ley que este gobierno ha pasado y que ha tenido que rebuscarse para hacer aprobar.

Y sí, yo estudié artes plásticas, y no tengo un sentido pragmático de la política; conservo aún mi visión romántica de lo que creo que debería hacerse y para lo que debería servir el ejercicio de la legislación o el gobierno. Entonces todos empiezan a hablar de la realpolitik, palabra alemana que quiere decir exactamente eso a lo que suena: que las cosas no son así en el mundo real y que uno debe adaptarse, aprenderse el mecanismo y callarse, porque así funciona, con prebendas, maquinarias, lobby, mermelada y, parece que, ahora, a escondidas.

Yo puedo entender mucho de lo que se dice, las concepciones en general que comprenden el sentido de la política realista y ajustada al verdadero capital político, que requiere de negociación (bancadas alineadas y negociadas, lobby) e incluso entiendo que el clientelismo es algo así como un mal necesario, aunque este gobierno trate de ocultar la mermelada que ofrece, simplemente porque se les llenó la boca repitiendo que no iba a haber mermelada. Ahí está igual. Todos la vemos y ya hemos oído de los favores políticos que se pagan con cargos, de los asesores costosos, las nuevas carreras diplomáticas.

Sabemos de las maquinarias y los proyectos de presidenciables, como los Char, que, a cambio de una serie de infomerciales en medios poderosos y el respaldo del uribismo, le quitaron unos votos cruciales a la bancada de Cambio Radical, para entregárselos al Centro Democrático y nos parece mal pero, nos repiten, así son las cosas. Si, finalmente, una de nuestras principales razones para no mejorar las cosas es que ya sabíamos que estaban mal, entonces nos morimos de la tristeza y de la pereza y no hacemos nada.

Sin embargo, y arriesgándome a ser un cándido y un moralista, creo que hemos llegado a unos niveles de la tal realpolitik que se vuelven injustificables y no tendríamos por qué soportar. El primero de ellos es legislar sobre números inconcretos y basar nuestra estrategia en jugadas y tácticas que nada tienen que ver con las discusiones para las que se supone que está el Congreso: los quórums que dejamos de contar, los que se fallan y los que huyen de una votación para no permitir que se realice; las mayorías matemáticas que pueden o no interpretarse, dependiendo de lo que le parezca al presidente del Senado o la Cámara; las reuniones que omiten al orador central y el eterno aplazamiento, son formas despreciables de cumplir con el mandato popular que supone la investidura como congresista.

Que de estas condiciones dependa el futuro de nuestras leyes es desolador, pero peor aún es saber que ahora se legisla a escondidas. No solamente porque es patético que haya congresistas cuyo trabajo consiste en que nadie los conozca, para tramitar sus votos en las sombras y las esquinas de los recintos en favor de lo que mejor pague, ni porque es ridículo que los congresistas sean incapaces de hacerse responsables de las decisiones que toman y los proyectos que apoyan, hasta el punto de tener que señalarlos en las redes sociales y hacerles una redada de escrache para que se pongan serios y voten lo que saben que es importante para el país.

Es triste, porque eso quiere decir que el gobierno sabe y los congresistas saben perfectamente que lo que están haciendo está mal. Nadie debería hacer nada a escondidas, salvo tal vez planear jugadas de laboratorio para cobrar tiros libres en fútbol. Tienen perfectamente claro que lo que hacen atenta contra la democracia y votan igual, siempre y cuando nadie los esté mirando. En cuanto se prende la luz, salen corriendo, como las cucarachas. Miran mal a las cámaras que los fotografían mientras trabajan en los recintos y auditorios del Congreso, como sintiéndose descubiertos.

¿No nos parece todavía suficiente argumento para seguir protestando, pero, sobre todo, para entender a futuro lo que implica votar por cualquiera de estos personajes o, lo que es peor, vender el voto? ¿No es un argumento suficiente en contra de cualquier proyecto de ley que tenga que votarse a escondidas, como se hizo con el PND y sus micos, como pensaban hacerlo con la Ley MinTIC y como están esperando hacerlo con las objeciones a la JEP, que cada vez tienen menos apoyo? ¿De verdad estamos dispuestos a tolerar que se sigan votando leyes que son claramente inconstitucionales, solamente porque, desde hace años, gobierno tras gobierno, se ha encargado de recargar las cortes a su favor?

No sé ustedes, pero prefiero mi versión de las cosas. No sé hasta dónde sea posible, pero creo que vale la pena abocarse a tratar de cambiar las cosas. No me parece concebible que lo que entendemos como los mecanismos que rigen al país sean simplemente instituciones fachada en los que el juego que se lleva a cabo es el de urdir planes para amargarnos el helado de los días festivos y hacer pasar a la fuerza lo que no debería ser proyecto de ley en primer lugar. A mí me parece que eso solamente pasa en países de mierda, pero, como todos dicen, así son las cosas y no hay nada que hacer. ¿O sí?

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