Camilo Andrés Delgado, estudiante de ciencia política, describe el impacto de la renta básica en la salud mental.

En los últimos días se ha discutido alrededor de la posibilidad de una renta básica (cuasi) universal. Por el momento, se ha propuesto que por tres meses alrededor de tres millones de hogares reciban un salario mínimo para enfrentar las consecuencias de la pandemia.

La propuesta no es tan novedosa y múltiples experimentos a lo largo del mundo han dado pistas sobre las posibles implicaciones de una medida así. Tal vez el caso que más se cita es el de Finlandia. Hace tres años, este país llevó a cabo un piloto de renta básica universal. Ésta se otorgó a dos mil desempleados y se buscaba determinar cómo cambiaba sus vidas.

Los resultados no fueron los esperados pues los desempleados continuaron siéndolo y sus condiciones económicas prácticamente no cambiaron. Pero esto no implicó un fracaso, pues muchos de los beneficiarios declararon que se sentían más tranquilos, que su salud mental había mejorado y que podían dedicarse a otras labores que los hacían felices, aun cuando no fueran remuneradas.

Esto es supremamente importante en estos momentos. La pandemia no solo nos ha traído problemas económicos, sino también la salud mental de una gran parte de la población que, entre otras cosas vive de lo que consigue del día a día, se ha visto afectada. Recuérdese, por ejemplo, el caso de la joven madre de tres hijos que se suicidó debido a sus problemas económicos.

Ella no es el único caso; solo es uno visible. Según un estudio de Profamilia, en el que se encuestó a un poco más de 3.500 ciudadanos, el 75% de los participantes manifestó haber sufrido de deterioros en su salud mental durante la cuarentena. Las encuestas se hicieron hace un mes, tiempo determinante para considerar que el problema, ya grave, ha empeorado.

Sumado a esto, según la psicóloga Sonia Vaccaro de la Universidad de Belgrano, en Buenos Aires, es de esperarse que luego del confinamiento se dé un pico mundial de personas con problemas de depresión. Esto, indudablemente, puede llevar al aumento del número de suicidios.

Suicidios que, con voluntad política, pueden ser evitables si se les da a las personas en riesgo las condiciones necesarias para sobrevivir. Claro, la depresión no se cura con recursos económicos, pero un alivio de este tipo es necesario.

En esta medida, la renta básica universal, no solo ayudaría a evitar los retrocesos en la lucha contra la pobreza, garantizar el bienestar postpandemia de los beneficiarios y permitir una reactivación económica más acelerada, sino también contribuiría a la salud mental de millones de colombianos vulnerables.

Por estas razones, además, la propuesta merece ser discutida para su implementación a largo plazo. La renta básica no nos vuelve perezosos, no es insostenible, ni va a quebrar al Estado. Pero tiene que estar acompañada de políticas que fomenten la inversión y el empleo, especialmente en jóvenes, de medidas tributarias que garanticen los recursos necesarios y de otros servicios estatales que le liberen recursos a la población. Todo esto ayudaría a proporcionar legitimidad a un Estado débil y garantizar bienestar a una sociedad demacrada.

Adenda. La Corporación Nuevos Rumbos ha puesto a disposición de la ciudadanía una encuesta en su página de internet, disponible aquí, con la que se busca valorar el estado de salud del usuario y, según los resultados, hacer recomendaciones para sobrellevar situaciones difíciles de salud mental. Esta encuesta, además de ayudar a quien la realice, ha permitido reafirmar la gravedad del problema público que es la salud mental, pues el 65,7% de los que la han diligenciado muestran signos de afecciones psicológicas. Con esto vemos, además, la necesidad de un programa público de atención psicológica, aunque a la Vicepresidenta no le guste mucho que haya tanto psicólogo.

*Camilo Andrés Delgado Gómez, estudiante de ciencia política, Universidad Nacional de Colombia/sede Bogotá, @CamiloADelgadoG

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