Réquiem por la democracia

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Judge Amy Coney Barrett speaks after being nominated to the US Supreme Court by President Donald Trump in the Rose Garden of the White House in Washington, DC on September 26, 2020. - Barrett, if confirmed by the US Senate, will replace Justice Ruth Bader Ginsburg, who died on September 18. (Photo by Olivier DOULIERY / AFP) (Photo by OLIVIER DOULIERY/AFP via Getty Images)

¿Cómo esperar que las personas de a pie cumplan las normas si los jueces son escogidos saltándose las reglas para su designación?

La democracia es todo lo que las personas quieren que sea. De su conceptualización hay teóricos de todas las vertientes que se encargan de su definición. Hoy, las normas básicas que la permiten están siendo atacadas sin cuidarse las formas. A esto habrá que sumar, la fragmentación de la sociedad vía desigualdad, junto al menoscabo de los pesos y contrapesos convertidos en simples notarios, y, por último, la cooptación de la representación por parte de los poderes fácticos.

Stiglitz en su momento llamó la atención acerca de la erosión del imperio de la ley gracias a la desigualdad. Para decirlo sin rodeos, la democracia va más allá de los mecanismos de participación y el odioso principio de mayorías. En efecto, ninguna puede funcionar sin tolerancia mutua; así se discrepe, se debe reconocer que los rivales son legítimos y tienen derecho de estar en política y, si ganan, puedan gobernar. Si tratamos a todo rival como criminal, esto justifica medidas autoritarias, censuras y demás. Al contrario, se debe cultivar liderazgos tendientes a la autocontención institucional que permitan la construcción de una cultura democrática.

A continuación haremos un resumen comentado de las ideas esbozadas por la profesora Sandra Botero en un hilo de Twitter, recogidas en una columna de Razón Pública titulada Estados Unidos: la derecha se toma el poder judicial.

Vamos a los hechos. Como bien lo puso de presente la profesora Sandra Botero, el nombramiento de Amy Coney Barrett a la Corte Suprema de Justicia de EU, dejó en blanco y negro dos procesos preocupantes en democracia: 1) el esfuerzo por transformar el poder judicial y 2) el declive de la democracia. El arribo de la señora Barrett a la Corte Suprema hace parte de una puja que lleva décadas animada por grupos que buscan hacer de la Corte y los tribunales federales instituciones más cercanas a la ideología conservadora. Otro hecho constatable se instala en la consolidación del bloque conservador en la actual Corte Suprema.  

Vamos al cómo detrás del mencionado esfuerzo. Ahí están tanto, como lo plantea Botero, la Federalist Society y el movimiento cristiano conservador. La agenda del movimiento cristiano se enfoca en atacar el fallo de la Corte Suprema que legalizó el aborto, centrando el interés en la búsqueda de candidatos antiaborto a la Corte. No obstante, esta alianza no está del todo consolidada, pero esto no impide que sirva de filtro para los abogados conservadores. Dicho de otra manera, este movimiento aporta su músculo político siempre y cuando se garantice un compromiso férreo contra el aborto.

La ya juez de la Corte Amy Coney Barrett, al momento de su elección, cumplía ampliamente con los requisitos de la Federalist Society y el movimiento cristiano conservador. Este apoyo le permitió su nombramiento, que es vitalicio, y se convirtió en el tercero en la administración Trump. Sin desviarnos de los hechos, habrá que centrar nuestra atención en el papel desempeñado por el senador por el estado de Kentucky, Mitch McConnell, líder de la mayoría republicana.

La búsqueda de la consolidación de la influencia conservadora en el poder judicial tiene en este aliado de Trump un capítulo especial. Es preciso recordar que los nombramientos pasan por el Senado y, por tanto, la dupla McConnell & Trump realizaron un esfuerzo que rompió las reglas de juego, erosionando de paso, la democracia y sus formas. Esto merece mucha atención al tener rasgos transversales en otros países donde se alteran las reglas de juego con tal de sacar adelante procesos tendientes a la cooptación del poder.

El proyecto de nombrar jueces conservadores tanto en el poder judicial federal como en la Corte Suprema ha menoscabado las reglas de juego. Veamos: la Corte Suprema está compuesta por nueve miembros de periodo vitalicio. Cuando uno de éstos muere, el presidente debe seleccionar un candidato que deberá someterse al escrutinio del Senado, que, según las reglas establecidas por mayoría simple aprueba al candidato o lo rechaza. Aquí viene el diablo en el detalle: recuerda la profesora Botero que, con la muerte del juez Antonin Gregory Scalia, nominado por el presidente republicano Ronald W. Reagan, durante la administración Obama, le correspondía al presidente en ejercicio nominar su reemplazo atendiendo las reglas de juego. ¿Qué ocurrió? Obama se encontraba en el último año de su mandato y, al nominar a su candidato para la Corte Suprema, el hoy reelegido líder republicano en el Senado, McConnell, se negó a darle trámite a tal nominación.

Según McConnell, era un año electoral y se debía esperar para nominar al sucesor del juez Scalia. Hasta aquí no hubo problemas. Sin embargo, el mismo McConnell no tuvo ningún reparo en hacer exactamente lo opuesto este año, confirmando a la candidata de Trump, la señora Barrett, quien a falta de una semana para las elecciones (que aun no terminan) se posesionó en el cargo vitalicio. Pero hay más. El líder de la mayoría republicana en el Senado obstaculizó durante el segundo periodo de Obama la confirmación de jueces federales propuesta por éste. Para hacer un contraste rápido, desde la llegada de Trump, la mayoría republicana ha procedido con diligencia a las nominaciones hechas por el presidente.

En honor a los hechos, este tipo de maniobras no son propias de los republicanos; también los demócratas han actuado en la misma dirección, con la diferencia, que McConnell se lleva los honores al descaro. Pero ya regresando a la democracia y su declive, este tipo de “jugaditas” debilitan las instituciones enviando un mensaje corrosivo a la sociedad. ¿Cómo esperar que las personas de a pie cumplan las normas si los jueces son escogidos saltándose las reglas para su designación? Saltarse las reglas es impresentable hasta en el más simple juego de mesa. La justicia para el caso que hemos abordado se impregna de una visión conservadora que, desde luego, sumará a la inestabilidad manifestada en la búsqueda de igualar las cargas recurriendo nuevamente a la alteración de las reglas de juego.

La democracia de Estados Unidos está de capa caída. Con Trump se abre paso eso de: si no gano yo, es fraude. Que hagan reconteo donde yo quiera y me permita ganar. Acto seguido, demandas van y vendrán. La legitimidad por el suelo. La confianza perdida. Solo importa ganar. Y recibir un país fragmentado donde la gente se odia. Ya se parecen a Colombia. Y, claro, resulta increíble que sean los Estados Unidos el país que, con un sistema electoral tan complejo, actúe como el promotor de la democracia para el resto de los mortales. Debería llamarnos a la reflexión cómo un sistema tan reconocido y aplaudido le asigna un peso tan pobre al voto popular.

Adenda: El fenómeno Trump no es una casualidad. Es un síntoma que debería ser analizado con calma por quienes aún confían en la democracia. En últimas, el proyecto democrático carga las críticas por las desventuras de políticos profesionales que, graduados de demócratas entusiastas en público, en lo privado no gustan de observar las reglas de juego apelando a cierto pragmatismo que entiende el respeto por las reglas como inocente e idealista.

Nota: La profesora Sandra Botero se acercó a La Línea del Medio para solicitar un mayor reconocimiento de su contribución intelectual. Tanto el autor como yo entendimos el reclamo, consideramos conveniente escucharlo y actualizamos el artículo. Laura Gil.

*Juan Carlos Lozano Cuervo, abogado, realizó estudios de maestría en filosofía y es profesor de ética y ciudadanía en el Instituto Departamental de Bellas Artes. @juanlozanocuerv

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