Réquiem por la democracia: Colombia

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Instalados en la lógica de la mejor defensa es el ataque, nuestra democracia parece una pelea ajena a la discusión civilizada

Una línea de un poema ruso dice algo más o menos así: “Vivimos sin sentir el país debajo de nosotros”. Los ciudadanos ocupamos el rol del observador pasivo, mientras la clase política y los gomosos del tema hacen todo tipo de conjeturas y cálculos por alcanzar el poder. Todos al unísono reclaman para sí el poder apelando a diversas razones y visiones las cuales intentan mostrar una explicación a nuestros problemas y, de paso, vender esperanza.

Para muchos instalados en el país político, la preocupación gira en torno a 2022. No obstante, en el 2020 tenemos un grave problema no resuelto como país: nuestra incapacidad para alcanzar acuerdos. En el 91, se alcanzaron. Hoy, hasta pensar en solicitar ayuda de médicos cubanos para apoyar en la lucha contra el coronavirus generó un inmenso rechazo. Cualquier propuesta o iniciativa que intente cambiar las lógicas con que se gobierna es tachada casi de inmediato de socialismo y demás. ¿Y qué decir de cómo se tratan los “vecinos” ideológicos en el espectro de la izquierda?

Podríamos preguntar: ¿estamos haciendo las preguntas correctas? O ¿estamos viendo los problemas de manera simplista? En tal sentido, ¿la solución pasa por votar por un excelente programa de gobierno? O, inclusive, ¿la solución pasa por quién o quiénes? ¿Necesitamos en el próximo presidente un líder que pueda hacer acuerdos, o uno que enfrentado a todos luche por alcanzar sus promesas de campaña? A esta altura, cuando a falta de muchos meses, solo se piensa en las elecciones y los clubes de comentaristas desojan la margarita, otros han tenido que bajar las cortinas de sus negocios, dándole el adiós al esfuerzo de muchos años. Tal parece que las necesidades de la gente de a pie no logran desplazar la preocupación por los acuerdos políticos.

Mientras parece no haber prosperado el esfuerzo de colombianizar la política gringa, los nuestros siguen intentando apagar el incendio con gasolina. La fragmentación de la sociedad se profundiza al grado de atomizar el colectivo para posteriormente decir: hago un llamado a la unión, pero realmente ¿funciona? El cultivo y la manipulación de las emociones corrosivas con tal de ganar es irresponsable, en especial, porque una vez gobernando la manipulación puede resultar cara. El declive democrático se ahonda cuando los partidos políticos y sus seguidores considera que el otro, su rival, no debe existir. Ni gobernar. Quedan en el medio las instituciones que deben zanjar las disputas políticas debido a la práctica peligrosa de judicializar la política.

Instalados en la lógica de la mejor defensa es el ataque, nuestra democracia parece una pelea ajena a la discusión civilizada. Quién pega primero, pega dos veces. Nuestros líderes tienen una pesada responsabilidad que parecen no consultar con tal de llegar al poder; más concretamente, debemos rechazar sin ambages todo acto de violencia evitando caer en la contradicción al complacer la opinión. Si alguien recurre a la violencia sea quien sea, la misma se debe reprochar en lugar de caer en su difusión para después rematar argumentando que la dueña del Estado es la ciudadanía y, por tanto, no debemos pensar en corregir sino hacer una especie de hermenéutica del sentimiento social.

Sin ánimo de autoproclamarme demócrata, lo cual es deporte por acá, rechazo enfáticamente cualquier acto de violencia política. La ciudadanía como constituyente primario también tiene límites; faltaba más entonces que el principio de mayorías arremeta contra las minorías, por citar un caso. Asimismo, no se trata de establecer quien es el dueño de qué, o quiénes son los leales intérpretes del clamor popular; al contrario, se trata de no manipular el descontento con fines electorales. Claro que los ciudadanos tienen derecho a quejarse de sus gobernantes, pero también debemos reflexionar en las formas en que se canaliza la indignación y contra quién, en lugar de querer complacer la opinión.

Adenda: Para dejar en blanco y negro los colaterales de la violencia política y sus prácticas, el pasado octubre de este año este fenómeno aumentó en un 80%, según un informe del Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos (CERAC) que documentó 18 asesinatos vinculados a este tipo de agresiones.

*Juan Carlos Lozano Cuervo, abogado, realizó estudios de maestría en filosofía y es profesor de ética y ciudadanía en el Instituto Departamental de Bellas Artes. @juanlozanocuerv

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