Resurge una especie declinante: nuevo sindicalismo en Estados Unidos

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La nueva ola pregona un sindicalismo desde abajo, diverso y militante, que no se observaba desde la década de los sesenta.

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Detesto la expresión “reinventarse” pero, tratándose del sindicalismo a escala global y de nuestro propio movimiento sindical, después de la falta de capacidad política y de talento negociador de la que este último hizo gala durante el paro nacional, vale decir que sirve. El sindicalismo requiere un replanteamiento acompañado del relevo generacional y de una nueva interpretación de los procesos laborales que han de concebir sistemas productivos más humanos y reivindicaciones de nuevo tipo en torno a las maneras de asumir los cambios tecnológico, climático y social. Hasta ahora, la post-pandemia muestra un escenario laboral de sobre-explotación, fatiga síquica, depredación ambiental y agudización de formas variadas de discriminación contra minorías raciales, inmigrantes, convalecientes, jóvenes y mujeres, poblaciones LGTBI,y trabajadores sub-calificados en las nuevas competencias, así como focos de empleadores de retorno a formas primitivas del desarrollo del capital.

El nuevo sindicalismo irrumpió recientemente en los Estados Unidos, por cierto, algo no muy novedoso porque Norteamérica, contrario a los rótulos estereotipados, siempre ha marcado hitos en el movimiento mundial de los trabajadores. Al inicio del pasado marzo, un centenar de tiendas de Starbucks iniciaron el proceso de sindicalización en diversas ciudades. La nueva ola pregona un sindicalismo desde abajo, diverso y militante, que no se observaba desde la década de los sesenta. Como lo anota certeramente la periodista Josefina Martínez, autora de “No somos esclavas” (2021), en su artículo titulado “Tomando café con Marx”, en las tiendas de Starbucks en los Estados Unidos, el 70% de la fuerza laboral son mujeres y un 48.2% son personas racializadas. El nuevo proletariado está formado por negras, latinas, africanas o asiáticas con promedio de edad entre 20 y 22 años. Se les ha empezado a llamar generación “U” por “Union” (sindicato). Textualmente, afirma sobre las causas del presente fenómeno: “La rabia acumulada durante la pandemia por la falta de protocolos seguros, horarios flexibles que no permiten planificar la vida, una inflación que se come el salario, la imposibilidad de pagar un alquiler o poder estudiar, crearon un clima propicio para esta primavera de asociacionismo”.

La pérdida de prestigio del sindicalismo norteamericano durante el período 1995 – 2015 estuvo marcada por su burocratismo, la mengua de su credibilidad y la ausencia de capacidad propositiva. En América Latina, el anarco-sindicalismo, la colonización política por radicalismos violentos o por formas de cooperacionismo no exentas de esquirolaje, la monserga sobre reivindicaciones superadas por razones tecno-económicas y el doble estatus en la crítica política e internacional, sin dejar de considerar la represión abierta a la organización sindical, redujeron la cobertura y representatividad de las centrales. En el caso colombiano las organizaciones y centrales agrupan mayoritariamente sindicatos de empresas o entidades estatales.

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En Estados Unidos, la situación descrita está cambiando. Encuestas como la de Gallup indican que actualmente casi el 70% de la población ve de forma favorable a los sindicatos, siendo la cifra aún más alta entre personas de 18 a 34 años. Un proceso similar al de Starbucks se vive en las tiendas de Amazon en las cuales las campañas contra la organización laboral tuvieron un resultado negativo frente a los mensajes de la organización de los trabajadores.

Han pasado 150 años desde el auge de la lucha de los trabajadores y el ascenso de sus organizaciones. El papel de las mujeres en la configuración de las motivaciones y proposiciones estratégicas parece mostrar un nuevo prospecto paradigmático. Temas como la sobre-explotación de los trabajadores de empresas de transporte y de entregas a domicilio, la economía del cuidado, la regulación contractual en el teletrabajo, las condiciones ambientales en la esfera productiva y en el compromiso de los empleadores frente al cambio climático, y la preservación de la libertad individual en el uso de plataformas, big data, estadísticas de predicción comportamental y subordinación consumista, son parte de la nueva agenda. Hace falta en Colombia una verdadera primera línea: la de la inteligencia propositiva, la de la concertación planeada y sistemática, la de los pactos locales y territoriales por el desarrollo, la de las nuevas competencias para la empleabilidad, la del cierre de brechas en la remuneración entre géneros, la de la superación de la brecha rural urbana y la aparición del análisis de cadenas en el tracto agro- -manufactura-servicios, la de la promoción de la economía circular en la organización laboral, la de la reconfiguración de la formación en las competencias críticas para la empleabilidad, la del aprendizaje de una segunda lengua dentro del tiempo de la jornada, la que rompa tabúes en la discusión de la reforma pensional concertada.

Amigos del movimiento de los trabajadores en Colombia, manos a la obra. Es hora de comenzar con el relevo de cuadros para permitir que la experiencia se combine con mujeres y jóvenes que refresquen el liderazgo y muestren el nuevo rostro de los proletarios en la pos-modernidad.

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*Juan Alfredo Pinto, escritor, economista, @juanalfredopin1

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