Roberto Vidal

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Sacado de jep.gov.co

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Al final Roberto me decía “ella es una persona muy capaz”, no sabiendo que el destino en sus ineluctables designios apuntaba su dedo hacia él.

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Corría el año 2009 cuando conocí a Roberto Vidal, el nuevo director de la JEP, coincidimos en una mañana lluviosa debajo de un árbol de mamoncillo que se erigía como mástil en las entrañas de una población del sur de Bolívar, llegamos ahí por la invitación que nos había hecho el programa de paz y desarrollo del Magdalena medio para conocer de primera mano un caso de despojo de tierras perpetrado a una comunidad campesina. Ese grupo de labriegos estaba conformado por 123 familias quienes tenían un litigio sobre unas tierras con un poderoso consorcio palmicultor. Pelea de David contra Goliat. Una llovizna menuda seguía desgajándose esa fría mañana, la noche anterior había diluviado en toda la región, recuerdo que ese día estábamos todos reunidos debajo de ese árbol escuchando las cuitas y derrotas de esta población revictimizada por segunda vez y me sorprendió la forma respetuosa y atenta con la que Roberto escuchaba a esos labriegos, es un hombre que posee el don sobrenatural de la escucha que a pocos mortales se les ha concedido. Un humanista de tiempo completo. Esa mañana, a su lado estaba en silencio Juan Felipe, otro abogado javeriano con libreta en mano haciendo de escriba.

Desde ese día nació con Roberto una amistad a prueba del tiempo y el olvido, antes de despedirnos de esa comunidad campesina, niños, ancianos, mujeres embarazadas llenos de regocijo y lágrimas les decían a estos dos abogados que Dios siempre enviaba a sus ángeles. Fue un retrato conmovedor que aún perdura en mi memoria ver a esa comunidad acompañada de sus perros famélicos despedir a esa expedición. Meses anteriores un pool de abogados del caribe colombiano le habían pasado una propuesta a dicha comunidad donde le pedían este mundo y el otro para iniciar una defensa jurídica con respecto al caso. En esa época Roberto dirigía o era parte de la clínica jurídica de la Universidad Javeriana, regida por los curas jesuitas. Esa lluviosa mañana Roberto y Juan Felipe colocaron sus conocimientos en derecho para la defensa de ese emblemático caso de despojo sin cobrar un solo céntimo. En esas prestantes universidades bogotanas existe de todo como en la viña del Señor, según me lo confesó un amigo, por un lado, estaban hombres y mujeres como Roberto, Juan y Elizabeth Ruiz otra abogada quien los acompañaba ese día, con esa sensibilidad por el dolor y las injusticias cometidas a los más indefensos; también estaba la otra cara de la moneda representado en otros profesionales muy bien laureados al servicio del dios Mammón defendiendo sus poderosos intereses. La ética de Nicómaco no aparece por ningún lado en el devenir de la vida de estos hombres. Como un día se lo escuché a Juan Felipe: “el universo tiende siempre al equilibrio, ya que no todo el tiempo la realidad puede estar cargada de barbarie”, barbarie que se ha ensañado en contra de los más indefensos del campo colombiano. Pactamos con Roberto que cuando visitara la capital de la república nos tomaríamos un tinto, ese día por fin llegó cuando me hizo la invitación a la FILBO de ese año donde iba a presentar uno de sus últimos libros. Lo acompañé un buen rato en su exposición y luego me escabullí de manera sigilosa buscando el Stand donde permanecía toda la obra de Octavio Paz, uno de mis autores preferidos, ese año México era país invitado. Caminé varios pasillos repletos de libros con los ojos abiertos como platos contemplando toda la obra de Paz y Carlos Fuentes, terminé esa noche despatarrado sobre una alfombra devorando amor y erotismo – la llama doble, Sor Juana de la Cruz o las trampas de la fe, dos magistrales ensayos de largo aliento en prosa del poeta mexicano. El primero, debo confesar que es un libro de otro mundo. La cámara del gran hermano ubicada discretamente en el ángulo de ese pabellón me vigilaba a todo momento. Sentí la incomodidad de sentirme expiado y vigilado por el ojo de dios.

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El 2 de octubre del 2016,  el día que sucumbió el plebiscito por la paz en las urnas, esa noche telefoneé a Roberto, yo estaba muy golpeado por ese suceso, por habernos negado como país a la oportunidad de decirle no más a la violencia y por otro lado mi núcleo familiar estaba en el mismo abatimiento ya que habíamos sido afectados por la violencia concretamente en el despojo de tierras; conversé con Roberto  por espacio de una hora, ahí estaba al otro lado de la línea cual confesor medieval escuchándome y contagiándome de su optimismo. Es el hombre más optimista del mundo. Al final de la noche me habló de variables que se podían venir para el país, las cuales muchas se han cumplido y puedo jurar que no lo hizo al lado de una bola de cristal. Alguna vez le manifesté mi admiración por la filósofa Patricia Linares la primera presidenta de la JEP, el cuero del cual estaba hecha esta mujer, cómo resistía de manera civilizada y estoica los ataques extremistas de la derecha colombiana. Al final Roberto me decía “ella es una persona muy capaz”, no sabiendo que el destino en sus ineluctables designios apuntaba su dedo hacia él.

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*Ubaldo Díaz. Sacerdote. Premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. Premio de periodismo pluma de oro APB 2018- 2019. Especialista en intervención comunitaria.

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