“Si el propósito era premiar lealtades, otro ministerio como por ejemplo el de comercio exterior, o una buena embajada, hubieran sido designaciones más acertadas que la delicada y compleja tarea de la seguridad y defensa.”

La llegada de Guillermo Botero al Ministerio de Defensa fue sorpresiva; su salida, no. El ahora ex ministro no disfrutó la tradicional luna de miel de la que gozan los funcionarios de alto nivel y prácticamente desde su designación recibió críticas por su desconocimiento del sector, sus posturas radicales y su poca preocupación por los derechos humanos. Esas reservas se acentuaron con los cambios en la cúpula militar hace un año y se convirtieron ya en dolores de cabeza permanentes para el gobierno desde comienzos de este año, con los informes de Semana y el New York Times sobre las directivas al interior de las fuerzas militares que generaron preocupación por el peligro de la reaparición de los falsos positivos. Declaraciones erráticas a los medios, salidas en falso, división evidente en las fuerzas militares, casos aberrantes como el de Dimar Torres y Flower Trompeta y el oso en el discurso presidencial en Naciones Unidas pavimentaron el camino de salida de un ministro que nunca logró generar confianza en la ciudadanía.

Por ello, casi desde el mismo momento de su posesión comenzaron los rumores de su salida. Su cercanía evidente con el jefe único del Centro Democrático, el senador Álvaro Uribe, fue la razón fundamental del nombramiento. Un reconocimiento expreso del expresidente a la lealtad incondicional del entonces presidente de Fenalco con las tesis uribistas, que lo llevaron incluso en un acto inaudito e inédito en Colombia a protagonizar propagandas de televisión en la campaña presidencial del 2014, junto a otros dirigentes gremiales, rompiendo abiertamente una tradición nacional de separar el ejercicio de las actividades de representación gremial de la militancia partidista. Si el propósito era premiar lealtades, otro ministerio como por ejemplo el de comercio exterior, o una buena embajada, hubieran sido designaciones más acertadas que la delicada y compleja tarea de la seguridad y defensa. El ministro nunca tomó el ritmo de una de las más importantes carteras de gobierno.

Y la estocada final llegó esta semana con el debate de moción de censura en el Senado de la República, que lideró con inteligencia, capacidad y revelaciones sorprendentes, el senador Roy Barreras. Las nuevas acusaciones parecían al principio difíciles de creer, pero fueron tan contundentes y documentadas que el Ministro no aguantó en su cargo ni 24 horas. Parecía increíble que en la Colombia de hoy se pudiera ocultar la muerte de ocho menores de edad en un bombardeo, pero resultó dolorosamente cierto. Un día después del anunció de Ivan Márquez y Jesús Santrich de regresar a las armas, se presentó este ataque en el Caquetá contra una de las disidencias de las antiguas FARC, en un operativo que fue calificado como exitoso y bien planeado por el propio Presidente Duque. Ahora conocimos, gracias al debate, que no se atendieron las denuncias previas del personero de Puerto Rico ni las alertas tempranas de la Defensoría del Pueblo, que advirtieron la presencia de niños y niñas reclutados ilegalmente por estos grupos.

El desenlace es desgarrador y solo lo conocemos dos meses después. Aún no se entiende por qué y quiénes ocultaron esa información a los colombianos. Francamente quedan todavía muchas dudas por resolver en este episodio, más allá de la salida de Botero. El gobierno debe una explicación clara y transparente al país y a la comunidad internacional. Claro que estos grupos ilegales que continúan con la abominable práctica del reclutamiento de menores, violatoria de todas las normas internacionales, son las primeras responsables de la tragedia. Pero también lo son quienes desde el Estado, sin ninguna clase de precaución, ordenan y ejecutan estas operaciones con el resultado que hoy lamentamos. El Estado jamás debe rebajarse a la condición de estas organizaciones criminales.

En fin, ahora entramos en tiempos de cábalas y sonajero ministerial y no podemos distraernos en la práctica de ese deporte nacional, sin que conozcamos la verdad de este triste hecho. Y es muy importante, además, evaluar cuál es la política de seguridad y defensa hacia el futuro, independientemente del nombre escogido. Ya suena muy trasnochado y sin credibilidad alguna el argumento según el cual Santos es el culpable de todo. Quien asuma esta difícil responsabilidad debe liderar un proceso para superar divisiones internas, reafirmar la transformación de nuestras fuerzas militares en materia de respeto a los derechos humanos y desistir en la inútil y estéril pelea contra el Acuerdo de Paz que hoy es una realidad irreversible en Colombia. Ojalá acierte Duque al definir el nuevo nombre, pero, sobretodo, que aproveche la oportunidad para dar un timonazo y corregir el rumbo.

Juan Fernando Cristo, Ex Ministro del Interior, ex Senador de la República, @cristobustos

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here