Sidi, un relato de frontera
Arturo Pérez-Reverte
Alfaguara
369 páginas

Una de las cosas que enseñan los viajes es que no existe tal línea a la que se pueda llamar frontera. A pesar de todos los intentos del hombre de crear pasaportes, oficinas de aduana, muros y cercas eléctricas, esos bordes imaginarios dentro de lo cual se pretende enmarcar lo seguro, y fuera de la cual está el enemigo, no sólo han dejado un halo de dolor y guerra, sino que han impedido la comprensión del mundo.

Pues es en ese espacio gaseoso, la frontera, en donde se desarrolla la historia del libro que hoy dejo en la Biblioteca de La Línea del Medio. Esa frontera que en la Castilla del siglo XI era la rivera del Duero, esa frontera entre el pillo y el héroe, entre los moros y cristianos. El personaje que la protagoniza es una leyenda, un mito fundacional español: El Cid Campeador. Rodrigo Díaz de Vivar, presentado en la historia políticamente correcta, particularmente la franquista, como el adalid de la reconquista cristiana de España, el caudillo bravo e infalible, el caballero de todo honor y toda gloria, el guerrero que impuso la cruz sobre la media luna en la península ibérica, a quienes ‘sus enemigos’ los moros y árabes andaluces llamaban con odio y respeto ‘el Sidi’, que era lo mismo que decir ‘el señor’, en su lenguaje coloquial. Pero esa es la historia oficial.

‘Sidi, un relato de frontera’, de Arturo Pérez-Reverte, no es una obra con pretensiones de biografía íntegra, ni fue escrita, según ha explicado el autor en varias entrevistas y artículos, para situar al héroe en un espacio seguro dentro de límites definidos. Al contrario, fue compuesta para desmitificar, para dejar claro que El Cid era un hombre que se movía en lo inseguro; que peleaba por igual con fieles cristianos e islámicos por igual; que no era un organismo de socorro luchando por el honor de las damas, niños y ancianos; que las armas las tomó para sobrevivir y no para traer la gloria a nada distinto a sí mismo, mucho menos a una España que, para ese entonces, ni existía, salvo como una cantidad de reinos amurallados y peleoneros fuera de los cuales sólo campeaba la ley del más fuerte.

Pérez-Reverte no se interesa aquí por El Cid ya maduro y respetado sino por el joven Rodrigo Díaz de Vivar, el infanzón que sale desterrado de Castilla con un grupúsculo de amigos y familiares, que tenía un fino instinto para ser caudillo, el que supo generar lealtad entre los suyos y quiso ganarse la vida con lo que más conocía: el arte de guerra. La gloria de El Cid vendría después. Para lograrlo este libro, el maestro Pérez-Reverte cuenta que buscó un relato directo, con mucha acción y diálogos, salpimentado con una aproximación legible al habla y el pensamiento del siglo XI en la península ibérica, esto es, mentes no muy cultas pero valientes, que se comunicaban en una frontera dialectal, esto es, un potaje con ingredientes del castellano, el catalán, el latín y el árabe.

Hace poco visité España. Me sorprendió ver la cantidad de personas que estaba leyendo el ‘Sidi, un relato de frontera’. Según me dijo un buen amigo madrileño que también tenía el libro bajo el brazo, sumergirse en sus páginas era desenmascarar la escultura de bronce en la que siempre ha sido presentado El Cid y repensar al hombre de carne y hueso, acompañarlo a montar caballo, soportar encima una malla de hierro, congelarse de frío con él en la sierra y aguantar hambre. Esa, me parece, es una buena razón para leerlo. Además, son maravillosos los libros que no creen en las fronteras.

*Mauricio Arroyave, periodista, lector caprichoso y frustrado librero, @mauroarroyave

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