Silencios

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Ocurrió, ocurre y seguirá ocurriendo, porque la violencia ha estado presente en toda la historia de la humanidad y los silencios que la permiten, también.

Toda infamia, toda barbarie, toda injusticia, requiere imprescindiblemente de la complicidad del silencio de una parte de la sociedad para llegar a consumarse. Ocurrió durante los días en que reinó el antisemitismo, con la indiferencia de esa Europa glamurosa e intelectual, aún impregnada por los efluvios de la Ilustración y de la ‘belle époque’, que se engalanaba en bailes y ceremonias reales pero que supo guardar un despreciable silencio frente al exterminio de millones de judíos. Ocurrió aquí, en esta tierra azotada por la desmemoria durante los años sombríos de La Violencia, en los que los campesinos muertos a machetazos se volvieron paisaje y cuya cúspide más vergonzosa fue el exterminio de todo un partido político con la complicidad del Estado, mientras todos nos entreteníamos viendo partidos de fútbol trasnochados y hombres pedaleando en bicicletas por las montañas de países desconocidos.  Ocurrió en África, en los días siniestros del Apartheid, en los que, ante la mirada pasiva de todo un planeta una raza entera era arrinconada, segregada y humillada sin que nadie moviera un solo dedo por evitarlo.


Ocurrió, ocurre y seguirá ocurriendo, porque la violencia ha estado presente en toda la historia de la humanidad y los silencios que la permiten, también. Se necesitan mutuamente, se retroalimentan, se complementan desde el día en que matar y callar se volvieron sinónimos y así, los silencios de esos que se hacen llamar “los buenos” habrán cobrado más víctimas que todos los más sanguinarios tiranos de la historia.

Hoy los noticieros informan con crudeza las cifras de muertos de las tantas guerras que se libran en el mundo, como si la tragedia fuera algo cuantificable o un asunto meramente estadístico. Pero lo que no es medible en números es el silencio de la humanidad ante la infamia: esa extraña facilidad con la que podemos conciliar el sueño mientras en otro lugar del mundo se comete la atrocidad de un genocidio; mientras pueblos y etnias enteras son arrinconadas con sus mujeres, ancianos y niños indefensos, al tiempo que caen cohetes y misiles de alta tecnología sobre escuelas y hospitales.

Con no poco asombro vemos que todos, sin excepción, hemos sido cómplices con nuestros silencios de la barbarie en la que se ha convertido esta especie que un día luchó por ser civilizada, porque todos hemos tomado partido por uno u otro bando, y con ello, habremos justificado las atrocidades de quien defendemos.  De a poco, esos silencios se van convirtiendo en olvido, porque los horrores de la guerra de ayer son sepultados por la infamia de la guerra de hoy y así los silencios habrán cumplido con su objetivo: habrán perpetuado la guerra y esperarán complacidos a que en esa guerra haya un ganador, como si eso fuera posible.  Como si en una carnicería como la que vemos en los noticieros a diario pudieran existir los vencedores, como si en cada muerto, en cada víctima, no muriera un pedacito de civilización, una partecita de racionalidad. Por cada víctima de la guerra muere una pequeña parte de nosotros mismos.

*David Mauricio Pérez, columnista de medios digitales y cronista. Asiduo lector de libros de historia. @MauroPerez82

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