La vida cotidiana, llena de ambigüedades, de incoherencias, de cambios de opinión, se estrella contra la racionalidad propia del mundo digital.

El mundo digital es implacable: todo lo registra, todo lo recuerda. Sin pensar en sus efectos, hemos cambiado la naturaleza misma de nuestras interacciones sociales a medida que las hemos trasladado a canales digitales. Si antes una conversación con familia o amigos era un momento que se quedaba sólo en los recuerdos, hoy su registro es casi permanente y se nos devuelve cuando el contexto, las opiniones, los conocimientos y la vida misma han cambiado. Lo que pueden ser frases fugaces, pensamientos repentinos, actos del subconsciente captados por cualquier canal digital, sólo por el hecho de quedar sistemáticamente registrados tienen el potencial de redefinirnos ante los demás y ante nosotros mismos. Esta cuestión se amplifica cuando somos nosotros quienes cedemos a esta nueva lógica y de forma voluntaria, muchas veces entusiasta, exponemos nuestra vida y pensamientos a cambio de un poco de valoración social. Detrás de esto se impone un nuevo principio, el de la transparencia, que apasionadamente promovemos como si se tratara de un nuevo peldaño en la evolución de la ética.

Es así como los escándalos recurrentes en las redes sociales se convierten en una especie de portal para entender mejor la condición de nuestra era digital. No es una mera eventualidad el descubrimiento de unos trinos del pasado que dejan mal parada a una figura pública. Es una situación estructural, relacionada con el diseño de las tecnologías y la forma en que las usamos. Pero en realidad solo descubrimos lo evidente: que los famosos también mienten, que los políticos tienen sexo, o que alguien puede ser o haber sido racista, xenófobo o idiota. Sin embargo, nos fascina descubrir la humanidad de los demás y el mundo digital, con su transparencia casi absoluta, nos lo facilita.

A esto se suma que en Colombia el discurso de la tecnología suele estar más asociado con la innovación y el progreso. Poco nos detenemos a pensar qué es lo que realmente estamos adoptando. Buscamos digitalizar más y que la transformación digital llegue a todo rincón, creando aplicaciones para cada problema y automatizando cuanto proceso sea posible. Pero tanto espejismo, ¿acaso no tiene consecuencias?

Las tecnologías no son neutrales, o como sugería Evgeny Morozov, “las tecnologías que tenemos son una función de las relaciones de poder, y también lo son sus efectos”. Justamente, las redes sociales están hechas para capitalizar la atención y, por eso los escándalos explotan con tanta facilidad. Nos incitan a producir contenidos constantemente, siempre a costa de desnudarnos cada vez un poco más. Sin embargo, no se trata únicamente de las redes sociales, sino de una lógica más amplia de la digitalización reciente: el registro permanente de todo acontecimiento para ser rentabilizado mediante distintas formas de procesamiento de datos. Y acá regresan las redes sociales: digitalizar no es automático, requiere que personas comunes y corrientes estén constantemente produciendo contenidos. La mayoría lo hace a cambio de ‘likes’, del placer de jugar a ser famosos. Otros porque ganan dinero o porque aspiran a ganarlo. A este fenómeno se le conoce como digital labor y ha sido documentado, entre muchos otros, por Antonio Casilli en Los Trabajadores del Clic.

¿Nos enfrentamos a una suerte de conspiración económica para rentabilizar nuestros comportamientos? Creo que hay es un cambio social más profundo pues, a pesar de las constantes advertencias que hemos tenido, seguimos exponiendo ampliamente nuestra persona tanto para ser deseada como para ser vigilada.

En Expuestos: deseo y desobediencia en la era digital, el teórico crítico Bernard Harcourt hace un recuento de diferentes metáforas que se han utilizado para sintetizar la condición social actual. Una metáfora como el “Gran Hermano” es comúnmente evocada, pero para Harcourt no es útil pues no considera el rol fundamental que juega el deseo. La metáfora de “El Estado de la vigilancia” (Surveillance State, en inglés) se ha vuelto popular a partir de las revelaciones de Wikileaks y Snowden, pero pareciera más bien que, de acuerdo con el sociólogo David Lyon, vivimos en una cultura de vigilancia donde entidades no públicas y los individuos juegan un rol igual de relevante. Como hemos visto, no se necesita una agencia de inteligencia para revelar comprometedores mensajes del pasado.

Otra popular metáfora es el “panóptico”, que evoca una noción de disciplina o la erradicación de todo trastorno, mientras que Harcourt encuentra, recordando a Foucault, que nuestra realidad tiene más relación con la idea de securité, que tolera perturbaciones menores, pero se enfoca en optimizar objetivos. Esto lleva a Harcourt a concluir que vivimos en una “sociedad de la exposición”, ilustrada por el pabellón de vidrio espejado (mirrored glass pavilion, en inglés). Esta sociedad está caracterizada por la transparencia, la seducción, la autenticidad virtual y por narrativas y confesiones digitales, conviviendo contradictoriamente con una opacidad fenomenal por parte de los proveedores tecnológicos. Es decir, publicamos sin límites basados en la transparencia como valor fundamental, mientras la privacidad se convierte en una mercancía costosa y la infraestructura tecnológica es inescrutable.

Pareciera un fenómeno inatajable que escapar de las tecnologías que nos rastrean es inviable, que limitarse a una vida social análoga es imposible, que nuestro futuro profesional y personal depende de qué tan bien nos vendemos en línea. Desconectarse es tanto un lujo como una tragedia. Hoy se popularizan las escuelas sin pantallas para los trabajadores pudientes de Silicon Valley. Las personas ‘importantes’ no tienen que ser esclavos de un celular inteligente para gestionar su vida digital; alguien más lo hace por ellos. Al mismo tiempo, en países como Colombia un segmento de la población permanece desconectado y otro tanto no tiene las capacidades para competir en un mercado laboral que da por sentado las habilidades de un nativo digital. Incluso los movimientos sociales, para quienes las nuevas tecnologías traían promesas de emancipación y extensión de la democracia, se han dado cuenta que la lógica misma de las herramientas digitales empodera más a grupos conservadores establecidos, como documentó Jen Schradie en La revolución que no fue.

No creo que negar la sociedad de la exposición sea el camino. No se trata de volver a un pasado idealizado, sino de construir un presente más justo. La pregunta no sólo está en qué tanto debemos resistir a los abusos que se cometen en esta era digital, sino en qué tanto debemos resistir a la mano totalizadora de la digitalización. La inversión del valor de la transparencia absoluta por la defensa de la privacidad, la austeridad y la higiene digital es un punto de partida personal. Podemos desobedecer a la lógica de la exposición de muchas formas y ser críticos sobre cómo nos envuelve. Un mismo celular que registra los abusos de la autoridad en una protesta puede acabar con la reputación de una persona que tuvo un mal día en el transporte público. Es clave guardar límites y rechazar la cultura de la vigilancia que, con tantas herramientas al alcance de la mano, fácilmente nos seduce. Si bien el Internet ha acortado las distancias sociales y pareciera que de la urbe anónima del siglo XX regresamos a la aldea donde todos se reconocen, es clave defender la privacidad como un derecho humano fundamental. Hemos aprendido en las últimas décadas que lo privado es político, pero no necesariamente de escrutinio público.

Todo esto puede ir vinculado a muchas otras acciones como la extensión del movimiento de datos abiertos; una mayor protección y garantías para los informantes de abusos estatales (conocidos como whistleblowers, en inglés); el desarrollo de tecnologías que devuelvan el control de la información personal a sus usuarios; la regulación del manejo de datos sensibles como los biométricos (hoy un tema necesario de cara a los riesgos que traería la nueva cédula digital); o el desarrollo de nuevos derechos digitales. Por ejemplo, la legislación de protección de datos europea cuenta con derechos que no existen o no están regulados en Colombia, como el derecho al olvido, la portabilidad de datos y las restricciones en la toma de decisiones a partir del procesamiento automatizado de datos. Las nuevas tecnologías digitales dependen de la captura sistemática de datos y, con ello, encuentran las maneras, a veces impensables, para registrar nuestros movimientos, nuestras emociones, nuestros comportamientos, buscando hacernos más predecibles y manipulables, tal como lo relata Shoshana Zuboff en Capitalismo de Vigilancia.

No obstante, la defensa de la privacidad puede llevar a caminos resbalosos. Existe una mirada liberal que busca profundizar el mercado para el control de la privacidad. Dice que, si pudiéramos poseer nuestros propios datos y ser remunerados por su uso, estaríamos recuperando el valor que algunos extraen al procesarlos. Esta mirada pasa de largo que, por un lado, un dato no tiene valor intrínseco; lo adquiere cuando está en relación con otros; y, por otro lado, que la privacidad no es solamente un derecho personal, sino un bien común. Al respecto, Martin Tisné sugiere que los datos no son el nuevo petróleo, sino el nuevo CO2. En casos como el escándalo de Cambridge Analítica, miles de datos personales fueron extraídos sin autorización, pero el mayor daño lo sufrió el proceso democrático. La defensa de la privacidad es la defensa de la autonomía individual, un pilar básico de la democracia.

No parece que la montaña rusa de escándalos tuiteros vaya a parar pronto, ni que los videos indiscretos o las noticias falsas dejen de circular por los grupos de Whatsapp. La vida cotidiana, llena de ambigüedades, de incoherencias, de cambios de opinión, se estrella contra la racionalidad propia del mundo digital. Podemos dejar que este camino siga su curso, sin control social, sólo con la dirección que imponen las pocas personas con las capacidades técnicas para crear y sostener las infraestructuras digitales que habitamos. Pero también podemos intentar otro camino, uno que involucre desde al cambio de comportamientos individuales y desarrollo de una ética digital comprensiva, hasta el establecimiento de nuevos derechos y la promoción de otras formas de desarrollo tecnológico.

Ricardo Zapata Lopera, @RZapataL, Estudiante de Políticas Públicas y Nuevas Tecnologías en Sciences Po Paris.

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