Sólo para líderes: El ABC del arte de gobernar

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Es un detonante de la crisis ese momento histórico cuando pueblo y gobierno no tienen claridad

La crisis del liderazgo global es palpable y se expresa con nitidez en la incapacidad para encarar los grandes problemas y la exclusión planetaria. Es lo que denomino HIPERliderazgos: pequeños conductores ante magnos problemas. Gobiernos sin experiencia con un conocimiento superficial impuesto por lo que Martha Nussbaum denomina “la tiranía de los MBA”, sin sentido de anticipación ante los problemas, con continuos desenfoques en la interpretación política de la realidad, se mueven desde la baja capacidad decisoria hacia la imposición de formas verticales o manipuladas en la construcción de las leyes, con pobre gestión ante la pandemia del Covid -19, el requerido ritmo de vacunación,  o el fenómeno migratorio, haciendo venias al poder económico y maltratando la protesta legítima, miopes ante los crímenes políticos y ambientales, contrariando el precepto oriental que habla de ser en los principios como el roble y en los métodos como el sauce. Estos liderazgos son rígidos en los métodos y poco leales a los principios, siendo tal vez sus características más penosas la arrogancia y la actitud en la que se declaran abiertos a oír, aunque en su actuación no haya disposición a escuchar. Más de la mitad de la población del mundo está en manos de estructuras de sesgo autocrático, con círculos cerrados y concéntricos, obsesión mediática y variantes de porfía insolente. En el caso de América Latina, casi todos pecan por una concupiscencia de grandeza que es la fase previa al ostracismo y la insignificancia histórica.

Para Platón, era importante que los filósofos aconsejaran a los políticos, participaran en política, mantuvieran dentro de la vida colectiva el arraigo en la virtud y educaran ciudadanos conforme a las bases de una sociedad virtuosa para evitar las diversas corrupciones intergeneracionales. A su vez, los procesos de concertación y diálogo son fundamentales para la gestión del gobierno. La consistencia del gobernante, su don de mando, no se miden ni se ponderan por su errónea sensibilidad respecto a la conveniencia de escuchar, oír a las gentes y visitar las regiones. A Demóstenes, el gran orador, se atribuye esta máxima: “El fundamento de toda virtud es la consultación y deliberación; su fin, la perfección y constancia”.

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En el Estado moderno, juega un papel muy importante la planeación y los soportes tecnológicos para la gestión pública y el seguimiento de lo planeado son excelentes. Los grandes enemigos de la planeación son la inflexibilidad y el elevar el plan a la categoría del dogma. Claro, el líder necesita objetivos y metas, pero, tal como lo enseñó Publio, el amigo del pueblo: “Es un mal plan, aquel que no se puede cambiar”. Si el plan sugiere un libreto y la realidad determina cambios que lo tornan improcedente, una pandemia por ejemplo, ¿cómo puede el hombre del poder aferrarse al esquema original, o proponer decisiones económicas impositivas cuando el pueblo no resiste más cargas u obligaciones? En tales situaciones, el gobernante sin experiencia, sin don de mando, queda sin rumbo y a veces sin brújula. El pueblo inconforme puede ser manipulado por el populismo o no sabe graduar el alcance de sus propios logros. Es un detonante de la crisis ese momento histórico cuando pueblo y gobierno no tienen claridad. Y, desde luego, como lo advirtió el genio de Montaigne: “Ningún viento sopla para el que no se dirige a un puerto determinado.

Durante el ciclo 2020-2022, buena parte de los países de América Latina está abocada a sortear tres procesos de alta complejidad: el manejo y superación de la pandemia del Covid 19,  la necesidad de reactivar la economía bajo un paradigma de mayor cohesión social e inclusión, y la realización de certámenes políticos electorales en medio de la más baja credibilidad de los gobiernos y de la crisis de audiencia de los extremos del espectro político.

El arte de gobernar nos enseña que es decisivo tener una lectura certera de la realidad, un buen diagnóstico dinámico, ajustable y con capacidad de adaptar al prospecto a los virajes y tendencias de la vida social. Las autoridades no pueden “cabalgar sobre el lomo de los acontecimientos” según solía decir el Presidente Guillermo León Valencia. La subestimación de los problemas, la tardanza y aún la ausencia de las autoridades, tienen un altísimo costo. En Colombia, las protestas de finales de 2019 dieron lugar a una conversación nacional que no culminó por la llegada de la pandemia, la cual a su vez trajo consigo la devastación mayor de una economía en ciclo de bajo crecimiento con una informalidad económica cercana al 50% de sus unidades económicas. La brecha social y la fractura económica agudizaron sus manifestaciones en forma de desempleo y el amortiguador tradicional de las tensiones, la clase media, perdió terreno en los ámbitos mipyme y profesional, mientras los cuentapropistas y la economía del rebusque no accedieron a los subsidios y quedaron mezclados con la avalancha migratoria, orquestada por la violencia de las disidencias mafiosas de las FARC y de la extrema asesina de líderes sociales, ambientales y excombatientes.

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La pandemia adelantó el debate electoral de 2022, exacerbó las economías criminales  de la coca, la minería ilegal y la deforestación, reactivó las bandas paramilitares y “traquetizó” las regiones más pobres y con menor presencia del Estado, donde el desempleo femenino y juvenil se ha tornado incalculable. El gobierno, que logró tener un respiro mostrando una respuesta de cierta magnitud ante la virosis y proveyendo  algunas ayudas sin llegar a la base de la pirámide, no logró alineación con gobiernos locales importantes. Los sectores económicos dedicaron su esfuerzo a solicitar auxilios e incluso dejaron dudas sobre su pertinencia y validez. El gobierno utilizó el poder mediático y abuso de él. Del ABC es que el arte de gobernar sabe estimar muy bien la exposición televisiva. El programa diario en todos los canales a cargo del Presidente Duque terminó reventando su audiencia en el tedio del autoelogio oficial. Todo ello acabó aumentando la desconfianza en las élites y la sucesión de masacres produjo un flashback colectivo a los tiempos anteriores al proceso de paz. 

La pandemia se expandió, la frustración parecía un estímulo a la desobediencia irracional de los Ninis, aquellos jóvenes que ni trabajan ni estudian, la educación virtual y el teletrabajo comenzaron a generar fatiga síquica y la lentitud del plan de vacunación puso de moda entre los privilegiados el Miami Vaccine Tourism. En ese contexto, el gobierno aupado por sus propios funcionarios y, pese a las advertencias, presentó un proyecto de reforma tributaria absolutamente inoportuno. La opinión expresó de manera abrumadora su rechazo y coincidió en que bastaba suprimir gabelas otorgadas al capital en la reforma precedente de 2019, eliminar beneficios fiscales a las empresas, suspender o diferir rebajas tarifarias definidas en otro contexto económico, controlar la evasión y contraer el gasto inoficioso, para resolver necesidades urgentes del orden de 16 billones de pesos. En el Palacio de Nariño continuó el autismo. Los aspectos positivos de la iniciativa fueron remarcados para opacar el impacto sobre la clase media y la pauperización de los grupos intermedios que la reforma traería consigo. Esencial en el arte de gobernar es oír, medir, pulsar con precisión el estado de ánimo de los ciudadanos. No se hizo. Vino la movilización popular contra el proyecto legislativo. El pueblo, con estudiantes y trabajadores a la cabeza, marchó masivamente. Y las extremas lubricaron sus primitivos aparatos vandálicos. Una minoría dentro de las fuerzas del Estado puso la sal en las heridas y maltrató hasta la eliminación ciudadanos, jóvenes, discrepantes. La reacción del gobierno fue tardía; las disidencias y la guerrilla residual lanzaron a sus nuevos militantes a la confrontación. Centenares de policías terminaron heridos y humillados. Las mañanas de marchas masivas, enérgicas, pacíficas y justas, fueron seguidas de atardeceres incendiarios, destrucción de bienes públicos, saqueos y daños, como si destruir el ahorro de todos pudiera corregir el abuso de los poderosos. Un sector del transporte, el mismo que ha diferido el achatarramiento y está en deuda con la sociedad por su velada oposición al cambio en la matriz energética, decidió inaugurar un nuevo tipo de pregón para la protesta. Si obstruyo el paso de ambulancias, si atravieso vehículos que transporten oxígeno y vacunas a los hospitales, si dejo a millones de familias sin alimentos, puedo aplicar chantaje con vistas a obtener apoyo ciudadano y mostrar mi poder de daño para lograr reivindicaciones que la sociedad ni siquiera conoce.

La apreciación social de la vida es ahora diferente en Colombia y todo hace pensar que el país no resistiría otro ciclo de aniquilación guerrerista. Los marchantes lograron vencer las paredes aislantes de las sedes del gobierno. Ahora se trata de hacer del diálogo un mecanismo eficaz orientado a acuerdos susceptibles de implementarse en tiempo mínimo. La paz y la restauración de la convivencia son lo prioritario. Tenemos un año para emitir juicios políticos y formular alternativas, para valorar quién conoce  mejor el arte de gobernar. Por ahora y pensando en estas semanas que vienen por nuestra propia unidad nacional, en nombre de las vidas segadas en Cali, la sufrida sultana del Valle, toquemos el corazón de Colombia, sigamos los consejos del Maestro del Ensayo, Michel de Montaigne: “No es de ningún modo cuerdo  ni sensato el juzgarnos solamente por nuestras acciones exteriores, es preciso introducir la sonda hasta lo más recóndito de nuestra alma y ver cuáles son los resortes que la ponen en movimiento. Empresa ardua, elevada y sujeta a mil conjeturas, en la que yo quisiera ver ocultos a muy pocos, por las muchas dificultades que encierra”.

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*Juan Alfredo Pinto, escritor, economista, @juanalfredopin1

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