“No sabemos cómo andar juntos, cómo enfrentar en conjunto los retos difíciles, sean los de la infraestructura o de los de la calidad de la educación o, simplemente, cómo celebrar.”

El país está tan polarizado que, independiente de si el Congreso rechaza las objeciones presidenciales a la JEP, lo que probablemente ocurrirá es que seguiremos en un proceso que no arrancó con el espíritu de quien se libera de un conflicto de cinco décadas, que dejó profundas heridas causadas por la muerte de más de 200 mil personas, el desplazamiento de millones y decenas de miles de desaparecidos.

La posibilidad de la paz es una oportunidad irrepetible para mirar a Colombia en el largo plazo, para  imaginarla inmersa en las sociedades del conocimiento, es decir, en aquellas que basan la creación de riqueza en su educación, articulada al mundo en forma creativa, desplegando los talentos de sus empresarios, de sus jóvenes, orgullosa de su diversidad.

En Suráfrica e Irlanda del Norte, pese a las enormes dificultades y a la certidumbre de que se requeriría al menos de una generación para aclimatar los respectivos procesos, hubo la magia inicial que convocó a la mayoría a la reconciliación. Mandela, el hombre que promovió la unión y la fe en el proceso, preso durante 27 años, simbolizó la nueva época, la de la convivencia entre lo que parecían antípodas.  Su vicepresidente fue De Klerk, que había sido presidente en la época brutal del apartheid, una expresión más de lo que la metáfora del rugby de la película Invictus nos mostró hace algunos años.

Por acá no sabemos cómo andar juntos, cómo enfrentar en conjunto los retos difíciles, sean los de la infraestructura o de los de la calidad de la educación o, simplemente, cómo celebrar. Fresco está el contraste entre la gloria del partido del 5 a 0 contra Argentina en el 93, los golazos del Tino, de Rincón, el Tren, por un lado y, doce horas después del partido, la barbaridad de conocer que en el festejo habían perdido la vida 76 personas y quedado heridas 512.  Hay que añadir, para completar, el asesinato de Andrés Escobar.

Es difícil encontrar comportamientos colectivos similares en el mundo actual. Nos destacamos por la inmensa capacidad  de desperdiciar oportunidades de victorias para el país mediante los actos más destructivos, conscientes o no.

La muerte de centenares de líderes sociales está a la orden del día sin que, como sociedad nos pellizquemos.  O las imágenes de unos encapuchados disparando un bazucazo a un helicóptero de la Policía Nacional en Cali sin que se desate, por lo menos, la masiva sanción social. Al contrario, parecería que en medio de la polarización los protagonistas de tales crímenes sintieran que están empoderados.

El nivel de odio que se destila en las redes sociales, las consignas políticas, la fabricación de verdades (“fake news”), no tiene nada que ver con un país que, supuestamente, inicia el largo camino de reconciliación.

La noticia del adolescente de 14 años que asesinó en Medellín a dos personas no pasó de ser un espectáculo de unos pocos días, pese a que iba de la mano de datos de escalofrío: que el muchacho ya tenía 10 muertos encima y que en lo que va del año, por distintos delitos, incluyendo el homicidio, ya habían sido detenidos más de 600 menores. Eso sí, se abre el espacio para el llamado populismo punitivo y no para reflexionar acerca de qué debemos emprender, como colectivo, para la no repetición, para ofrecer oportunidades a niños que deberían estar estudiando. ¿Quién contrata a quienes contratan a los niños sicarios?

Ni qué hablar de los retos que no somos capaces de emprender en materia de infraestructura. Sea el tunel de la Línea o el metro de Bogotá, o las mega obras de la mano de Odebrecht, demostramos al mundo nuestra incapacidad de planear y ejecutar de forma razonable y honrada.

Mientras tanto, salen las mismas estadísticas: no contamos con un modelo que aliente el empleo de los jóvenes. Cuento viejo que, tampoco, merece la preocupación de líderes políticos y empresariales.

Así, en las buenas y en las malas, andamos a trompadas. Perdemos tiempo precioso, mientras nos pasa la mayor revolución de la tecnología, la que nos pone al alcance de la mano la posibilidad del trabajo colaborativo, que está revolcando el mercado laboral y la manera como nos relacionamos unos con otros.

A pesar de todo, sin mucha alegría, celebraré que la JEP no sea objetada.

Rafael Orduz, Ph.D. en economía

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