Porque lo realmente importante para los gobiernos no son los números de muertes arrancadas de las manos a los violentos, sino los números de las encuestas que muestren una buena imagen comprada de manera soterrada a los mercachifles de las encuestadoras.

Y lentamente nos están matando. Muy lentamente nos estamos muriendo. Y, con la misma tranquilidad ceremoniosa pero a la vez devastadora del poder oscuro que nos gobierna, nos vamos convirtiendo en números, en fútiles estadísticas que engrosan los anaqueles de juzgados y periódicos. Números que, en unos pocos días, a nadie importarán y menos recordarán. Números que simplemente medirán de manera cuantitativa el fracaso de un Estado incapaz, que da la espalda con el desdén de siempre a una realidad que se le estalla en su propia cara.

¿Cuántos líderes sociales han muerto en lo que va del año? No importa el número. Es igual de indignante uno que mil. ¿Cuántos reinsertados del proceso de paz de La Habana han caído asesinados en su intento de reincorporación a la sociedad civil? Muchos. Tal vez sean cien, tal vez sean mil. Los altos jerarcas del poder de turno están muy ocupados en viajes y comitivas como para preocuparse por ese  tipo de nimiedades; al fin de cuentas, para ellos, son solo números.

¿Cuántas familias campesinas en lo que va de gobierno habrán tenido que dejar sus parcelas por cuenta del retorno de la horrible noche de esta guerra absurda? Centenares, seguramente. Pero a ellos nadie los ve ni les escucha, porque los reflectores de la clase dirigente y los micrófonos de los grandes medios han estado muy preocupados por los conflictos de países vecinos y se han convencido y han intentado convencer a todos  que en este rincón olvidado del mundo no existe ni ha existido una guerra que nos está matando.

¿Cuántos jóvenes sin oportunidades día tras día se ven obligados a ir a las calles a rebuscarse la vida haciendo piruetas y malabares o vendiendo dulces -sin decir que esto sea deshonroso- todo por el abandono de una economía que no ha dejado espacio para ellos? Miles, decenas de miles, centenares de miles. Pero no importa el número; al fin de cuentas son tan solo eso: simples números.

¿Cuántas niñas y niños habrán de ser violados y asesinados para que esta sociedad de una vez entienda que se deben tener y aplicar políticas preventivas, que no retaliativas, y evitar para siempre este tipo de delitos? Seguramente al Estado no le interesan mucho este tipo de estrategias porque, en términos puramente prácticos, a un gobierno le convienen más las altas cifras de capturas y bajas para demostrar una supuesta efectividad ante el crimen que una verdadera política de prevención. Tal vez, por eso, es que, con tanto orgullo, muestran el aumento en los números de combates y enfrentamientos, esperando que, en igual medida, aumenten los índices de favorabilidad de sus maltrechas reputaciones. Porque lo realmente importante para los gobiernos no son los números de muertes arrancadas de las manos a los violentos, sino los números de las encuestas que muestren una buena imagen comprada de manera soterrada a los mercachifles de las encuestadoras.

Desde siempre, los números han sido manoseados a placer para beneficio exclusivo de quien los manipula: aumento en el número de hectáreas de cultivos de coca, para justificar la continuidad del negocio de la aspersión de glifosato que beneficia a unos cuantos agentes farmacéuticos y comisionistas solapados y, de paso, demuestra la genuflexión hacia el gigante del norte; disminución en los índices y porcentajes de familias en situación de pobreza, para hacerle creer a los pobres que no lo son tanto, que se sientan de una clase media que no existe y que todos creamos ingenuamente que tenemos niveles de calidad de vida semejantes a Noruega o Suiza, inventándonos términos eufemísticos tales como “disminución de pobreza multidimensional”, cuando no hay tal -pobreza es pobreza y punto -; aumento alarmante de las estadísticas de disidentes del proceso de paz, para justificar la continuidad de una guerra absurda contra una guerrilla desmovilizada, cuya mayoría de excombatientes reinsertados han cumplido, muy a pesar de la falta de reciprocidad del Estado, con lo pactado en los acuerdos de La Habana.

Los números sirven para eso: para engañar y manipular. Para vender patrañas a precios de usura, mientras la población se ahoga en sus propias penurias y en las múltiples clases de violencia que conocemos. Somos tan sólo números. En palabras del maestro Fernando Vallejo, somos tan solo unos “presuntos ciudadanos” que, en día de elecciones, nos convertimos en números desconectados de esta realidad pavorosa; números que subirán al poder a avivatos de distintos colores pero idénticas calañas. Una vez en el poder, estos presuntos ciudadanos convertidos en números de votos contados por miles perderán toda importancia y una vez más quedarán relegados al olvido.

Los nuevos ungidos, que no serán nuevos ya que en Colombia los apellidos de las familias dirigentes no tienen fecha de vencimiento, jamás atenderán las cifras reales de inequidad ni frustración que se respira en las calles, porque solo importarán las cifras que bien les convenga, estadísticas debidamente maquilladas para que no se vean tan dantescas. Porque lo más importante es la estética y, para una buena estética, nada mejor que unos buenos números.   

*David Mauricio Pérez, columnista de medios digitales y cronista. Asiduo lector de libros de Historia. @MauroPerez82

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