Las subredes: el problema con censurar contenidos en Twitter y otras plataformas

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Sin desconocer la importancia del debate sobre la libertad de expresión, el mayor problema con bloquear una cuenta o suprimir una publicación tiene que ver con el efecto que ello produce en el desplazamiento y atomización del contenido censurado. 

Que le hayan cancelado la cuenta en Twitter a Trump era algo que se veía venir. Hacerlo no es algo novedoso, ni arbitrario: desde hace años las “reglas de Twitter” prohíben usar la plataforma para difundir mensajes de violencia, odio, acoso, terrorismo, con contenido sexual explícito (en vivo), que induzcan a la autoagresión, que promocionen bienes ilícitos o, en general, para cualquier “propósito ilegal”. Por su parte, su “filosofía de control de cumplimiento” resalta que “el contexto es importante” e indica como factores relevantes la reiteración del incumplimiento, su gravedad y el interés público en el asunto, entre otros. 

El expresidente incumplió reiterada y deliberadamente los términos de esta red y marcaba positivo en muchos de los criterios de graduación de la sanción. Twitter,  de forma legítima, podía cancelar su cuenta y así lo hizo (otra cosa es si sólo él incumplió…). 

Sin embargo, ésa no es la única discusión. Hay muchos otros problemas -igual o más difíciles- que están aún lejos de solucionarse. Uno de ellos es el efecto de la censura en relación con el desplazamiento del contenido hacia subredes menos populares y, por lo tanto, menos visibles. 

En un reciente estudio de la Red Global sobre Extremismo y Tecnología (Keen, 2020), se recuerda algo que ha estado rondando en la periferia de la discusión, desde hace ya algunos años: cuando un contenido se suprime de una red, éste no “desaparece”, sino que se desplaza a otros lados de la Internet. La mayor parte de las veces migra a “redes de culto” abiertas,  que están dirigidas a agrupar a personas con pensamiento afín, sobre cualquier tema en particular. 

Hay muchísimos problemas con esto, pero destacaré aquí solo dos: uno desde la prevención individual y, otro, desde la prevención colectiva de la desinformación. 

En lo individual, las subredes de culto son una de las formas más radicales de “filtros burbuja” o “cámaras de eco”: espacios en los que se filtra el contenido para mostrar  solo aquel que corresponde a los intereses de sus usuarios. Cuando algún contenido es bloqueado en una red tradicional -como Twitter, Facebook o YouTube-, un efecto colateral es inducir a una parte de los usuarios a seguir consultándolo a través de estos espacios, desde los cuales les es mucho más difícil acceder a otro tipo de información. Para algunos, esto está detrás de la creciente polarización de la población (Brugnoli, 2019), pues contribuye a que las personas vivan realidades (virtuales) distintas. 

Pero, en lo colectivo, la situación es más preocupante aún. No solo las personas individualmente terminan por reafirmar, de forma radical, las ideas que se pretendían disuadir con la censura, sino que lo hacen en lugares mucho menos visibles -y, por lo tanto, controlables- de la red. Y cuando digo “lugares” hago énfasis en el plural: el otro efecto de la censura es que atomiza el fenómeno. No solo se trata del desplazamiento hacia redes menos visibles, sino, además, del fomento a la multiplicación de plataformas que requieren poco más que un dominio y un espacio de comentarios para operar. Este es el efecto “Hidra”: cuando se suprime el contenido en una plataforma principal, se multiplica en otras. 

Desde la política pública, es muy grave el efecto de la censura en las plataformas principales: lejos de solucionar el problema, lo oculta y reparte entre espacios recónditos. En definitiva, lo que más preocupa no es que se estén bloqueando las cuentas sino que nadie se esté preguntando a dónde van a parar quienes las seguían. 

*Andrés Felipe Díaz, abogado y filósofo. Especialista, magíster y doctorando en Derecho Penal. Diplomado en Informática para Abogados de HarvardX. Profesor de la Universidad Libre de Barranquilla.

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