“Dejamos de resistir a la muerte como sociedad y ahora la alentamos”

Tas. ¿Es bala? Pregunté. Lo siguiente que escuché fue sillas que caían y un tas, tas, tas. Al suelo, gritaban todos. Los disparos seguían sonando. Del suelo en el cual me refugiaba me levantaron mis amigos y me empujaron al fondo de unas oficinas, convencidos de que era a mí a quien buscaban; me encerraron y salieron para decir que yo no estaba. Más que miedo, me movía la urgencia por encontrar un camino de salida en caso de que entraran a las oficinas para terminar la tarea y entonces escuché el mensaje que desactivó la alerta: “No es para nosotros, quebraron a un man al frente”.

Traté de salir para auxiliar al hombre herido pero mis amigos me impidieron asomarme. “No podés salir, pueden volver a rematarlo”. El hombre gritaba: ayúdenme, no me dejen morir. Si no salen ustedes, salgo yo, dije iracundo. Nosotros salimos, dijeron mis amigos. Minutos después la policía del cuadrante de la Floresta llegó y, ante la insistencia de todos, metieron dentro de la patrulla al hombre herido con un par de tiros en la cabeza. No había tiempo para esperar una ambulancia.

Después del episodio me sentí transportado de nuevo a la Medellín de los 80s y 90s. Esa Medellín que no solo se llevó cientos de miles de vidas sino nuestra empatía. La ciudad que nos mató la capacidad de asombro y volvió paisaje los homicidios.

Recordé la tristeza de miles de madres que perdieron sus hijos en las calles, la impotencia que se siente ver a alguien que pierde la vida en una calle y el miedo de salir de la casa porque las vueltas están calientes.

Entendí por qué nos parece normal que el año pasado 620 vidas se hayan apagado y que tan solo en febrero 120 madres hayan velado a sus hijos. ¿Por qué nadie, o casi nadie para ser justos, considera que éste el mayor de nuestros dramas?

¿Qué está pasando en Medellín? Estamos caminando el camino en el sentido contrario. Dejamos de resistir a la muerte como sociedad y ahora la alentamos; justificamos la muerte porque era un bandido, un fletero, un desechable. “Quién sabe qué debía, seguro se lo merecía”. Nada puede justificar la muerte, nada.

Es muy importante que entendamos que el número de homicidios en Medellín, como cualquier otra variable en una ciudad, está directamente relacionado con la efectividad de las políticas públicas. Si en los últimos tres años han aumentado los homicidios, debemos reflexionar como sociedad qué estamos haciendo mal.

Dejamos de invertir en cultura y nadie dijo nada, en inclusión social y nadie dijo nada, en deporte y nadie dijo nada. Volvimos la política de seguridad, que debería llamarse la política de la vida, un show interminable de policías y ladrones, de cabecillas y otros cabecillas, de titulares y no de realidades.

Mis oraciones estuvieron con el joven que se debatía entre la vida y la muerte en un hospital de la ciudad. Pero, ¿qué hay del otro? ¿Quién es el joven que disparó? ¿Acaso no es él el resultado de lo que nosotros como sociedad hicimos de él? Dirá alguien que soy complaciente con el “bandido” y agregarán “él tuvo las mismas oportunidades que cualquiera y muchos otros no se volvieron homicidas”. Permítanme contrariarlos. Somos una fábrica de niños sin futuro: 10% de los niños nacen pesando lo que no deberían. Diez mil niños y tienen desnutrición crónica y 1600 desnutrición aguda. Solo en el 2018, 1300 niños entraron a proceso de restitución de derechos por abusos y violaciones. Tenemos un sistema educativo donde solo uno de cada 10 niños logra graduarse de un sistema de educación superior y el 30% nunca terminará el bachillerato. ¿No creen que es aquí donde nace la violencia? Un sabiondo responderá que no necesariamente los unos son los otros. Yo les responderé: ¿han vivido ustedes la realidad de un barrio popular en Medellín? ¡Obvio no!

La violencia en Medellín va a terminar cuando las instituciones lleguen a las zonas más vulnerables a brindarle oportunidades a los jóvenes, acompañamiento social y psicológico, espacios de esparcimiento donde puedan desplegar su energía y creatividad, justicia efectiva para resolver los conflictos y garantías para que sus vidas estén protegidas de cualquier amenaza.

Pero no son solo las instituciones las que deben actuar. Los ciudadanos debemos empezar a rechazar la violencia en nuestros barrios y el control territorial que ejercen los violentos. Debemos unirnos para resistir desde la cultura, el encuentro, el diálogo, la participación y la vida comunitaria. Hago un llamado a todos los ciudadanos de Medellín para que unamos esfuerzos y protejamos juntos la vida de todos sin ningún tipo de distinción. Como diría el profe Mockus: ¡CADA VIDA ES SAGRADA!

Daniel Quintero, @quinterocalle

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