Han sido indolentes y terriblemente insolidarios e irresponsables. Y ahora reclaman de los desesperados de la calle que hagan a un lado su irresponsabilidad y su indolencia con el género humano.

Marshall Berman, sociólogo nacido en el Bronx, reflexionó sobre varias de las características notables de la modernidad. Destacó aquella de que la modernidad ha sido una vorágine compartida por todos los humanos, por encima de los límites que marca la geografía, la nacionalidad, la religión, las culturas, el idioma, las etnias o las creencias, una experiencia existencial de hombres y mujeres a escala global. Hoy esto se palpa sin matices.

Otra característica notoria de la modernidad: la vida moderna se salió de la casa y se volcó a la calle. Con esto Berman indicó que la experiencia vital de la modernidad y de su innovación no era por supuesto que las gentes callejeara sino que todas las actividades y los actores de esta nueva forma de vida, es decir, el mundo económico, el mundo cultural, el mundo político, el mundo simbólico y el mundo informal, se volcaran a concebir, a construir y a vivir la calle como el escenario privilegiado para liberar y potenciar las energías de la vida y la sensibilidad modernas.

Por eso, se hicieron calles emblemáticas y lujosas como los bulevares Haussmannianos y  los Campos Elíseos en París,  la Nesvky Prospect en San Petesburgo, la Quinta Avenida en New York, La Reforma en Ciudad de México, la Avenida Paulista o la 9 de Julio de Buenos Aires, para citar sólo algunas. Pero el mundo moderno no cabe ni vive en los grandes bulevares y avenidas. Recuerdo a Balzac diciendo:

Hay en París calles deshonradas tanto como pueda serlo un hombre culpado de infamia; y existen también calles nobles, calles simplemente honradas y calles jóvenes, sobre cuya moralidad aún el público no ha formado opinión; y hay, además, calles asesinas, calles más viejas que viudas viejas, calles estimables, calles siempre limpias, calles siempre sucias, calles obreras, trabajadoras, mercantiles. En una palabra, las calles de París tienen cualidades humanas y nos inspiran con su fisonomía, ciertas ideas contra las cuales no tenemos defensa.

La calle no fue escenario exclusivo de los dueños del poder sino de todos los seres humanos capturados por ese remolino de la aventura moderna: los zares del mercado, los jefes de Estado, los ejércitos invasores, las revueltas populares, los ciudadanos de a pie, las vendedoras de rosas, de sexo y de chucherías, los expendedores de crack, los asaltantes, las mafias, los curas y los predicadores, los publicistas, las feministas, los restauranteros, los malabaristas, los arquitectos y los urbanistas, los músicos y los artistas, los sin techo, los sin clubes, los limpiabotas, los automovilistas y los turistas, todos se han disputado los favores y horrores de la calle.  

Todo lo sólido se desvanece en el aire

Berman tomó prestada aquella expresión de Marx –Todo lo sólido se desvanece en el aire- como la mejor metáfora para definir ese vértigo de la condición moderna. Pero, seguramente, jamás imaginó que su entrañable Nueva York, en cuestión de horas, se convertiría en el recipiente más contaminado de los Estados Unidos por la pandemia y que estaría terriblemente amenazada la vida de quienes la habitan; tampoco imaginaría que, en cuestión de unas pocas semanas, las calles del mundo se convertirían en el escenario más propicio para avecindarse con la enfermedad y la muerte y que muchas de ellas estarían desoladas.  Ni Marx, ni Berman, ni los más alucinados cineastas de los apocalipsis urbanos, pudieron imaginar lo que hoy está pasando. Pero, efectivamente, resultó más que profético. Hoy más que nunca, es definitivamente cierto, que Todo lo sólido se desvanece en el aire.

La “capital del mundo”, la ciudad más cosmopolita, uno de los experimentos más osados de la modernidad, que creía haber tenido su prueba más brutal el 11 de septiembre de 2001, hoy está estremecida por la invasión de unas proteínas malignas, el Covid-19 y Donald Trump. Pero no sólo ella.

Lo irónico de la modernidad contemporánea es que las mayores y más poderosas ciudades del mundo como los pueblos más modestos y distantes, así como los jeques árabes que se pasean por las avenidas más lujosas de este planeta y los miserables que deambulan por las  calles más desahuciadas, están todos hoy acorralados, tratando de salir de unas y otras.

Nunca habíamos presentido que, en pleno brote de la inteligencia artificial, en la antesala del mundo robotizado y de los preparativos para ir a Marte, tuviésemos la imagen dantesca de la ciudad de Guayaquil, donde mientras los vivos corren despavoridos a esconderse en sus casas, los muertos quedan abandonados en las calles porque no hay quien los entierre. Y esto puede llegar a convertirse en una escena compartida por otras ciudades del mundo.

Si el modernismo del siglo XIX se volcó a la calle, la modernidad del siglo XXI trata de abandonarla en este instante. Pero ese intento de abandono será traumático. No sabemos por cuantas semanas o meses será esta cuarentena. Y no imaginamos como serán los seres que saldrán de sus madrigueras e intentarán volver a recorrer las calles. Según los noticieros, buena parte de los chinos que escaparon del virus y sobrevivieron quieren escapar hoy de su pareja para ¡sobrevivir ahora a una experiencia reveladora de la traumática incompatibilidad humana!

Homo sapiens enjaulado

La humanidad enjaulada es impredecible porque su experiencia vital ha sido la de enjaular a otros. Esa es su habilidad y su experticia. Nos han recordado que el homo sapiens destruyó a las otras especies humanas con las que convivió y acabó también con otras especies, las de los grandes animales. Y después enjauló aves, bovinos, porcinos, vacunos, felinos, peces e insectos.

Y enjauló también a sus congéneres, en las galeras, las ciudades sitiadas, los guetos, las cárceles, los cuarteles, los campos de concentración, las barriadas miserables, las pateras … Muchos de estos enjaulados, gallinas o reos, estarán sintiendo y diciendo en lo más profundo de su silencio… ahora les está tocando probar de su propio cocinado.

Pero la jaula se ha agrandado y hoy parece que todos estaremos confinados en sus garras. Tenemos la sospecha de que un virus nos ataca y debemos resguardarnos: ¡Quédate en casa! es la consigna. Pero la realidad pura y dura no es que debemos resguardarnos de un virus minúsculo, sino del prójimo, del otro homo sapiens. Y esta realidad es más dramática. Porque tenemos que aislarnos de su presencia, de su respiro, de sus fluidos, de su aliento, de sus humores, de sus manos, de sus brazos, de sus besos… de su cuerpo, de su sentir, de su sombra, de su cadáver y su recuerdo. Para muchos embrutecidos por la desolación es el  anuncio del paraíso. Para otros, menos trastornados, es un desafío doloroso. Pero en ambos casos, es la ruta para salvar la propia existencia y la del círculo que estimamos también meritorio para la salvación. Hasta hoy, no existe una alternativa distinta.

Cada humano ha construido, además, sus propias jaulas donde encarcela a sus prójimos indeseables. Movidos por la discriminación, el odio a la diferencia, el prejuicio, la intolerancia, la envidia, el rencor, la venganza, el mal recuerdo… el drama es que hoy no puede vislumbrar y escoger a ciencia cierta entre su prójimo empático o su prójimo despreciado. Y está atravesado por la disyuntiva de construir una solidaridad de prisioneros o continuar en la insolidaridad y el egoísmo de los bípedos pensantes modernos.

El malestar

El malestar humano es inocultable. Y el malestar del planeta biodiverso es aún peor. Todas las señales disparan las alarmas. No es una exageración. Se rebelan los vientos y los mares, los paisajes y las nubes. Los jóvenes, los pobres y los discriminados de aquí y de allá. Y ahora se agrega otro mensaje con carga de profundidad, que parece tocar todas las puertas.

Ya no están en riesgo sólo los pobres del África subsahariana o los musulmanes o los cristianos de por aquí o de por allá. Ya no son sólo los inmigrantes del Oriente Medio, o los afganos, o los sirios, los palestinos o los centroamericanos. Ya no son sólo las víctimas del Sida, o del ébola, o del hambre latinoamericana o asiática. Ya no son sólo las víctimas del feminicidio o del maltrato sexual de los curas.  El primer ministro y el eterno aspirante a la corona británica han sido tocados en sus confortables hogares. Europa y Estados Unidos, las cunas doradas y mullidas de la modernidad, están ahora estremecidas.

¡Cuidémonos entre todos! es la súplica mundial. Es intolerable la indolencia y la irresponsabilidad de los que no se confinan en sus casas y de los que siguen abusando de las calles, vociferan en los micrófonos los líderes del mundo. Y es cierto. Campea la indolencia de muchos de los desahuciados, no sólo porque estén ardidos y enrrevanchados con la indolencia de los bienaventurados, sino porque apenas pueden subsistir de las energías y de la médula de la calle.

Y es que muchos de esos líderes se burlaban hace muy poco de los jóvenes que les han reclamado medidas y acciones concretas para mitigar el cambio climático. Y han sido indolentes con las masas de inmigrantes desesperados de medio mundo que se acercan a sus fronteras. Y piden construir muros para atajarlos y venden armas para destrozar pueblos enteros y han sido terriblemente irresponsables quitando impuestos a los grandes ricos y haciéndose los de la vista gorda con los paraísos fiscales y con los negociados y la corrupción.

Han sido indolentes y terriblemente insolidarios e irresponsables. Y ahora reclaman de los desesperados de la calle que hagan a un lado su irresponsabilidad y su indolencia con el género humano. El drama moderno es que la indolencia y la irresponsabilidad señalan con su índice y nos acusa a todos. Y ahora pretendemos que, en unos pocos días, las víctimas de este drama cambien su actitud. La ironía de esta nueva crisis es que ponga en evidencia que la indolencia y la irresponsabilidad de los privilegiados tengan como contrapeso un idéntico peso y medida en la balanza de parte de los desesperados. Esa posibilidad no sólo es descartable, sino la más probable.

Harari dice que el homo sapiens guarda en sus genes un rasgo distintivo: un instinto para cooperar entre extraños si se le pulsa con la aguja y el mito adecuado. Hoy se agita el mito de la solidaridad incondicional para salvarnos el pellejo. Quizá, si nos llega el agua al cuello, sintamos la imperiosa necesidad de crear un nuevo mito sobre la solidaridad y responsabilidad humanas, no ya con nuestra familia, nuestra clase, nuestro clan o nuestro negocio, con nuestra efímera y minúscula existencia.     

Tengo que decirlo, hoy descreo y he perdido la fe en la condición humana si de responsabilidad y solidaridad se trata. Y, sin embargo, sufro mucho con sólo imaginar que me sean arrebatados mis hijos, mi familia, mis parientes, mis amigos, mis colegas, mis alumnos… y me hace falta la calle, mucha falta, porque es el medio para ir y estar con ellos.

Alguna de las víctimas de insolidaridad y la indolencia humana, que jamás me leerá, pero en caso de que lo hiciera, seguro me miraría, dejaría escapar una sonrisa y me diría … – qué pequeño es su círculo profesor-. 

Ojalá me equivoque en mucho de lo que he dicho. Pero la condición humana, en la última etapa de la modernidad, está sintiendo de cerca que … Todo lo sólido se desvanece en el aire.

*Juan Carlos del Castillo, arquitecto, PhD en urbanismo.

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here