Tejer con la juventud movilizada

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Sacado de América Económica

Solo si las juventudes de las resistencias y de las universidades, las trabajadoras, las desempleadas, las que cultivan el arte y la cultura, las deportistas, las étnicas se sienten incluidas, participantes y decisorias en el proyecto político del cambio, tendremos la posibilidad, no solo de llegar a gobernar y legislar en el 2022, sino de mantener el camino de la justicia social, la paz y la democracia para las generaciones futuras.

Sacado de América Económica

La juventud ha logrado en los últimos meses despertar el más alto sentimiento de optimismo y esperanza en la posibilidad real de cambio que se haya registrado en Colombia en este siglo. Al organizar una asamblea, deliberar sobre su presente y su futuro, gritar arengas, instalar pancartas, debatir sobre la conveniencia o no del uso de las “capuchas”, construir consensos y propuestas, exigencias y mandatos, disponer las ollas y los fogones, preparar los alimentos, entregar pequeños periódicos y fanzines cargados de frases y palabras que descalifican la injusticia, la inequidad, la falta de democracia, la corrupción y, por supuesto, que denuncian la represión, el asesinato, la desaparición, la tortura y las mutilaciones, muestran que existe en nuestro pueblo el deseo de construir una nación grande, generosa, solidaria y amorosa.

Han sido golpeados, mutilados, torturados, heridos, encarcelados, desaparecidos, asesinados, señalados, estigmatizados y poco escuchados. Se han hecho públicas alianzas delincuenciales y asesinas entre “gente de bien”, “camisas blancas”, medios de comunicación, funcionarios de gobierno y Estado, fuerza pública, congresistas, partidos políticos y algunas iglesias, para ahogar el grito de la juventud que irrumpe desde la periferia, la pobreza o la indigencia y recuerda que existe otra Colombia, más grande, con más gente, con más vida, con más arrojo que reclama justicia y goce pleno de derechos.

Para quienes enarbolamos la bandera de la paz y trabajamos a diario por hacerla realidad, para quienes defendemos los derechos humanos y promovemos la transformación pacífica de los conflictos – que nos recuerda que la vida con dignidad merece una verdadera oportunidad -, para quienes nos reafirmamos en la decisión de respaldar, acompañar o promover gestos persistentes en la búsqueda de acuerdos con la muchachada de las barriadas que se empecinaron por meses, contra todo presagio, en mantener los llamados puntos de resistencia, el diálogo es, además de necesario, un imperativo ético. 

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Escuchar a la juventud, reconociendo los errores cometidos, para cambiar lo que haya que cambiar con ellos, ellas y elles, escuchar para transformar las injusticias en oportunidades, para reponer los derechos políticos, económicos y sociales negados, escuchar y reconocerles realmente como sujetos políticos altamente transformadores, pasa por resistir a las pretensiones de las élites corruptas y mafiosas, que insisten en mantener y privilegiar la muerte y la negación de derechos. De allí la importancia de las decisiones del Alcalde de Cali Jorge Iván Ospina, a quién hemos criticado en otras oportunidades, de mantener los espacios construidos a partir del decreto 304 de junio de este año, y de las juventudes de la primera línea, de fortalecer su ruta de unidad e interlocución con procesos asamblearios que devuelven, así sea temporalmente, el poder soberano constituyente al pueblo y a la juventud.

Las juventudes que hoy convocan las asambleas populares en las ciudades y pueblos, las juventudes y los comités que se reúnen en espacios de diálogo popular o cabildos, han optado por reconstruir los sueños propios y colectivos, por pasar de la reacción a la proposición, por resistir transformando, construyendo, tejiendo. A las personas que nos reclamamos alternativos, de izquierda, socialdemócratas o progresistas, nos asiste el deber de acompañar y fortalecer estos espacios democráticos, para que las aspiraciones legítimas del pueblo y la juventud no sean aprovechadas por quienes pretenden seguir imponiendo la violencia y la muerte como forma de solución a la conflictividad, hoy convertida en un estallido social que debe ser tramitado políticamente. Debemos evitar distraernos en discusiones irrelevantes en estos momentos y no servir de amplificadores a las cortinas de humo y fuego, que lanzan quienes pretenden seguir con su forma de gobierno. Nuestra tarea atañe al corazón y la solidaridad para seguir responsablemente avanzando por los caminos de la democracia movilizadora y electoral, para retomar el sendero social y de derechos que se pactaron en la Constitución Política.

Hay que hacer una gran cruzada por proteger la vida de las, los y les jóvenes que han puesto su corazón y su espíritu al servicio de la movilización, salirle al paso a la “cacería de brujas” que se está imponiendo y que busca desaparecer, asesinar o judicializar a quienes se atrevieron, haciendo uso del derecho legítimo a la protesta, a cuestionar, señalar, exigir y proponer. Acompañar los procesos juveniles de organización y protesta social es también respetar sus formas de encuentro y deliberación, así no se esté de acuerdo en sus maneras pacíficas de expresarse o de dialogar. Esa es su forma y su propuesta, que subvierten el orden, todo orden, para reiniciar nuevos caminos desde sus realidades y desde sus saberes. 

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En este momento hay que pasar a la iniciativa de construcción de poder aun sin tener gobierno y eso se logrará si conseguimos promover una gran escucha nacional desde la juventud y hacia la juventud. Solo si las juventudes de las resistencias, las juventudes de las universidades, las trabajadoras, las desempleadas, las que cultivan el arte y la cultura, las deportistas, las étnicas se sienten incluidas, participantes y decisorias en el proyecto político del cambio, tendremos la posibilidad, no solo de llegar a gobernar y legislar en el 2022, sino de mantener el camino de la justicia social, la paz y la democracia para las generaciones futuras. Hay que generar un gran movimiento de construcción colectiva de poder para sí, en el interior de cada joven, de cada ciudadana, de cada líder y lideresa, recuperar las fuerzas y renovar los sueños de paz y reconciliación. Hay que generar espacios colectivos para pedagogía y construcción de consensos lo suficientemente coherentes que nos llenen de energía creadora, sólida, solidaria y sostenible. 

El afecto, la solidaridad y la confianza de los líderes y lideresas honestos y transparentes, que no renuncian a la construcción de la paz, de la Primera Línea, de los colectivos en resistencia, de la minga, de los comités de paro, han logrado un orden hasta ahora desconocido, que para el gobierno ha sido imposible de romper y pulverizar. Nos corresponde seguir potenciando ese estado de acción y de conciencia, fortalecerlo, recrearlo, mimarlo y protegerlo. Puede que con las actuales acciones no se logren todas las reivindicaciones materiales y políticas que se están exigiendo; para eso el tiempo nos premiará si mantenemos la unidad, pero la juventud y el país han experimentado un salto de consciencia y de compromiso que, de ser suficientemente potenciado, resultará en que ya no seremos más amedrentados por las violencias que se generan desde la injusticia social, la inequidad y la represión militar. La fuerza del espíritu democrático que inspira al pueblo terminará derribando a los violentos que hoy gobiernan y su veneno que nos divide será enfrentado con el antídoto de la utopía que permanece viva en la juventud.

Quienes nos imponen la violencia no saben actuar en el terreno del amor y es allí en donde su proyecto político y económico será derrotado. En la convicción de defender la paz pactada con las FARC, el avance en la solución pacífica del conflicto armado con el ELN, el compromiso de salvaguardar la vida por encima de todo, la coherencia de avanzar en democracia hacia la justicia social, está la conexión y la razón de seguir buscando caminos de unidad y de encuentro, juntadas que se tejen con manos ciudadanas para que la juventud no lleve sobre sus hombros una nueva frustración o el ciclo de nuevas violencias.

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*Luis Emil Sanabria, bacteriólogo, docente universitario con estudios en derechos humanos, derecho internacional humanitario y atención a la población víctima de la violencia política. @luisemilpaz

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