Torturismo colombiano

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¿Oprimidos los ganaderos, los taurinos, los galleros, los cabalgateros? ¡Oprimidos los animales!

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Cada fin y comienzo de año en municipios y ciudades de Colombia se anuncian cabalgatas, corridas de toros, novilladas, becerradas, corralejas, peleas de gallos, mercados ganaderos y alboradas (explosiones), entre otras actividades crueles como marranadas y carreras de gatos o de burros, para atraer a turistas. Estas últimas, por fortuna, han ido desapareciendo de la variada oferta de divertimento atroz a punta de denuncias. La sentencia C-666 de 2010 de la Corte Constitucional nos dio el argumento para librar del despeñadero a los pobres animales que eran torturados en ellas.

En cambio, las otras prácticas sobreviven gracias a mandatarios desfachatados y alcahuetas que, por décadas, han acostumbrado a sus gentes al pan y al circo. También lo hacen por cobardía legislativa de la inmensa mayoría de congresistas que temen tocar lo que, desde su arribismo, consideran como “propio del pueblo” o por la precaria visión regionalista de representantes que llegan al Congreso a defender la lánguida “identidad” de sus terruños. Además, hay que reconocer que la élite taurina ha hecho lo propio: advertida de que atajar “expresiones del pueblo” como las corralejas y las peleas de gallos pondría en riesgo su fiesta, ha construido en el Congreso un cerco de protección al conjunto de atrocidades que, orondos, llaman “manifestaciones culturales”.

Más que la trillada corrupción e inoperancia de los poderes, abruma y desconcierta que lo que hay tras el discurso de identidad, tradición o cultura al que se apela para defender estos festejos crueles, sea violencia, brutalidad, desafuero e impiedad, y que sean estos festejos los que reivindiquemos como “lo nuestro”, “lo propio”, “lo que nos hace”, “lo colombiano” e incluso, que los promovamos para invitar a nuestra tierra a propios y a extraños.

Es como si nos reconociéramos y quisiéramos ser reconocidos como bárbaros, como si nos alimentáramos del dolor y el sufrimiento que, con regocijo, les causamos a otros animales, como si la muerte cruel de seres indefensos, precedida de tortura, nos vivificara y como si nos afirmáramos aniquilando a otros en celebraciones dantescas, refrendadas cada año. 

¿Qué hace que un pueblo se identifique tan vivamente con el horror y lo reivindique como parte de su cultura? ¿Qué reclamo hay tras la obstinación de carnavalear torturando a otros animales? ¿Qué suerte de goce se experimenta en esas festividades y actividades crueles donde animales caen, padecen y mueren? ¿A qué obedece la terquedad de juntarse para doblegar, humillar, y hacer sufrir a seres nobles? ¿Qué clase de sentimientos, creencias y valores hay tras la “cultura popular” que reclama como propio un folclore decadente y ruin?

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Torturismo, como titulo esta columna, es el término que acuñó mi amigo Luis Domingo Gómez, conocido como el abogado del oso Chucho y por sus batallas jurídicas en defensa de tiburones, abejas e hipopótamos. para referirse al turismo que se sirve del sufrimiento y la muerte de animales en actividades crueles promovidas como culturales

¿Será que esto es lo que somos y que el torturismo ya hace parte de nuestras vidas? No lo creo. Creo que es tan solo una pequeña facción de colombianos la que está engolosinada con la violencia y a la que le hemos permitido acomodarse a sus anchas por el miedo que nos produce ir contra las tradiciones de las autoproclamadas “minorías”. Es a ella a la que tendríamos que hacerle las preguntas del párrafo anterior.

¿Son minorías? La Corte ha dicho que “para que una minoría sea constitucionalmente protegida no basta con que sus prácticas culturales no sean realizadas por una mayoría numérica, sino que es necesario que sus miembros hayan sufrido y sigan siendo víctimas de algún tipo de opresión histórica, estructural y sistemática por su pertenencia a dicho grupo social”. ¿Oprimidos los ganaderos, los taurinos, los galleros, los cabalgateros? ¡Oprimidos los animales! Ellos son las víctimas de opresión histórica, estructural y sistemática por el mero hecho de ser de especies distintas a la nuestra. Ellos son la minoría.

Así que lo diré sin tapujos: hay que acabar con el torturismo, proteger a los animales y sacar de la miseria a las gentes que viven del pan y el circo que les dan sus gobernantes, o que no han encontrado apoyo del Estado para vivir sin abusar de los animales. Es inevitable, entonces, no volver a la trillada corrupción e inoperancia de los poderes, pues creo que, en definitiva, la violencia, la brutalidad, el desafuero y la impiedad que hay tras el discurso de identidad cultural que sostiene el folclore barbárico, no es más que el resultado de gobiernos que han cultivado rabia, rencor, desigualdad, injusticia, penurias e indignidad. Al final, somos todos quienes lo hemos permitido, apoyados por una cartera ministerial que, orgullosa de la “burroteca”, jamás ha trabajado por elevar nuestro estándar cultural.

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*Andrea Padilla Villarraga, PhD., activista por los derechos de los animales, exconcejal de Bogotá, candidata al Senado en el renglón 14 de la Coalición Alianza Verde Centro Esperanza @andreanimalidad

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