A nuestra generación nos correspondió ver como la naturaleza nos está enviando señales, mostrándonos la crisis ecosistémica en curso.

El Covid 19 es uno de los fenómenos que comparte las características que algunos eruditos han denominado como la complejidad. El virus se caracteriza por su aleatoriedad ya que se incuba de cuerpo en cuerpo y se reticula sin límite de fronteras, en múltiples espacios, de manera libre y etérea. El virus, para sobrevivir, requiere de un cuerpo en el que desarrolla procesos de evolución y metamorfosis lo que le permite una sorprendente adaptación en el medio, que lo capacita para modificarse a sí mismo y a su huésped en múltiples dimensiones. Su no linealidad implica grandes dificultades para el seguimiento de sus trayectorias individuales que, en ocasiones, no hace posible su análisis, a partir de modelos probabilísticos o estadísticos y que da lugar a situaciones caóticas. La característica más abrumadora es su imprevisibilidad debido a que pequeños cambios imperceptibles producen grandes consecuencias impredecibles, como las que estamos viviendo, desde las relaciones humanas individuales, pasando por comunidades enteras, los Estados y el orden geopolítico de manera diferenciada y de acuerdo con sus propias realidades políticas. Estas mismas características le son replicables a todo el sistema político.

Este documento, que es la continuación de dos anteriores: La geopolítica del COVID-19 y Covid-19 y la dignidad humana, plantea algunas ideas de los posibles cambios e impactos que el Covid 19 pueda hacer emerger en los órdenes estatales. Sin duda, este conjunto de características y otras, que son propias, están modificando las realidades políticas de manera extraordinaria.

Ya hace un par de décadas, organismos adscritos al sistema de las Naciones Unidas como la Organización Mundial de la Salud advirtieron a los distintos Estados la posibilidad de presentarse una pandemia con notables consecuencias para la humanidad e instaron a éstos a adoptar medidas internas en diferentes ámbitos para prevenir esa posibilidad. Una de las estrategias establecidas por los organismos internacionales fue la denominada seguridad humana, que instaba a los Estados a adoptar medidas en siete inseguridades (política, económica, derechos humanos, comunitaria, salud y sanitaria), fundamentada en la protección y garantía de los derechos humanos y dejando los viejos esquemas fundados en la guerra fría de la seguridad de los Estados.

El Covid 19 ha evidenciado de manera dramática un conjunto de problemáticas estructurales comunes a la gran mayoría de los Estados, desde los más ricos (Estados Unidos, China, Inglaterra, Noruega, Alemania, Francia, Italia), pasando por los denominados emergentes (Rusia, India, Brasil) o en vía de desarrollo, como los países latinoamericanos, hasta llegar a países tan pobres como Haití, en los sistemas de salud, los controles sanitarios, la pobreza multidimensional y oculta, el empleo, la educación, la vivienda adecuada, el saneamiento básico, la alimentación, la contaminación ambiental, informalidad laboral, la violencia generalizada, la corrupción impune y, en algunos países la existencia de la protesta social en contextos de violencia estatal y vandalismo, que va acompañada de otro tipo de complejidades como el cambio climático, las migraciones forzadas, los desastres naturales, nuevos conflictos armados, la discriminación estructural, entre otros.

El impacto generado por el virus, aunado a los problemas estructurales expuestos les imponen a los Estados, acorde con sus propias realidades políticas, la adopción de medidas adecuadas con el fin de mitigar y erradicar la situación. De lo contrario, a mediano y largo plazo, el resultado puede ser más catastrófico que la propia pandemia. Los países han adoptado un gran número de medidas en diversos campos para dar respuesta a la complejidad del Covid 19, generando grandes interrogantes a corto, mediano y largo plazo, frente a la garantía de los derechos y la dignidad humana. 

Un primer grupo de países, tomando en consideración sus estructuras totalitarias y de control disciplinario, policivo y militar como China, Rusia, Turquía, Corea del Norte, Irán, Tailandia, Singapur, entre otros, han adoptado un conjunto de medidas restrictivas de carácter individual y comunitario, orientadas hacia el aislamiento internacional, el ingreso y salida de extranjeros y nacionales a sus propios países y restricciones a la movilidad interna y de sus residencias. Control de la libertad y la integridad personal con medidas de censura a la libertad de expresión fundamentadas en razones de salud pública, la pérdida a la libertad por razones como “propagar rumores”, la represión de protestas antigubernamentales, la propagación de demandas, represalias y actos de amenazas por parte de la institucionalidad pública por las críticas ante la respuesta de enfrentamiento a la problemática. Restricciones desproporcionadas a las limitaciones de aislamiento social y de cuarentena de personas sintomáticas, relacionadas con la utilización de medios de protección como las mascarillas y amenazas de ejecución extrajudicial por violación del aislamiento. Este tipo de medidas son acompañadas de mecanismos de vigilancia con medios electrónicos como drones para el registro de la movilidad y para el acceso de bienes y servicios, incluidos el de la salud. Igualmente, restricciones para la atención médica y de visitas de personas privadas de la libertad en centros penitenciarios y carcelarios y de centros de detención de inmigrantes. Algunos países para lograr un control estricto de la situación han recurrido a las tecnologías de la información y la comunicación con los llamados códigos RQ que les permite a las autoridades identificar a las personas que han estado expuestas a pacientes con el Covid 19.

Otro grupo de países como Estados Unidos, Brasil, Nicaragua, México y, en principio, Inglaterra y Suiza, adoptaron posiciones negacionistas y es precisamente allí donde el Covid 19 ha alcanzado el mayor número de casos, especialmente en los Estados Unidos, donde el negacionismo rechaza la gravedad de la situación y confía en poder encontrar una solución sin desafiar el capitalismo. Un modelo económico que rechaza las propias barreras del ser humano y su mortalidad, seguidos ciegamente por otros países rompiendo con los límites de la racionalidad.

Países como España, Italia, Francia, Colombia, Salvador, Perú han adoptado una serie de medidas amparadas en situaciones de excepcionalidad y de control a la población, con mayor o menor intensidad en su restricticidad en materia de derechos, igual que los anteriores, practicando medidas de aislamiento y confinamiento y vigilancia de movimientos internos y externos, pero con la diferencia de que sus políticas están orientadas hacia la protección de la economía nacional, en una suerte de dicotomía entre la vida y la economía. Las medidas de excepcionalidad colocan seriamente en riesgo las estructuras democráticas por la concentración del poder ejecutivo y la eliminación de las potestades de los otros poderes públicos, buscando un camino dictatorial. El nivel crítico se alcanza cuando el poder público selecciona quién vive y quién muere, sacrificando a las personas en situaciones de vulnerabilidad y, en, especial aquellos que son infuncionales o generan un gasto muy grande al sistema económico.

Un último grupo de países en los que se encuentran Noruega, Finlandia, Islandia, Dinamarca, Portugal adoptan medidas de excepcionalidad de aislamiento nacional y social al igual que otros países, pero apelando a sus estructuras políticas de corte socialdemócratas y de disciplina social y cultural basados en la solidaridad y la acción preventiva apuntando a la responsabilidad individual de sus ciudadanos y en la protección preferente de los grupos en riesgo, especialmente con el cuidado de sus ancianos, manteniendo un límite en el número de afectados para garantizar una efectiva prestación de servicio en salud, sin que se privilegie el sistema económico capitalista sobre la vida de los seres humanos. Varios de estos países han adoptado laxitud en las medidas, donde prima el respeto de la autonomía propia de otros poderes y agencias públicas como es el caso de Suiza.

Esta amalgama de disposiciones asumidas por los diferentes Estados permiten realizar algunas reflexiones en torno a los caminos políticos que, a mediano y corto plazo, se preveen frente a los impactos que el Covid 19 pueda generar:

Todo parece indicar que por un largo periodo de tiempo los países continuarán por la senda de aislamiento y el cierre de sus fronteras ante el temor al rebrote de la pandemia, asumiendo mayores controles de carácter sanitario. Estas medidas tienen la potencialidad de fisurar e incrementar las contradicciones de los modelos de integración en curso, especialmente en la Unión Europea. El aislamiento de los diferentes países va a contribuir a nuevas formas de nacionalismo y discriminación, especialmente con aquellos países donde la intervención de la enfermedad sea menos positiva y en la población china en particular.

El Covid 19 incrementa las migraciones humanas, especialmente por las hambrunas y por los conflictos armados en curso o nuevos ante las nuevas realidades políticas. Dada la profundización de las problemáticas estructurales, se incrementará la exigibilidad de derechos en diferentes países por parte de la población a través de la protesta social una vez se intervenga la epidemia. Igualmente, ya se observa en algunos países el incremento de la corrupción pública y privada en muy altos niveles, la concentración de insumos médicos y sanitarios por parte de los países ricos y la aparición de nuevas formas de especulación y piratería.

Las medidas adoptadas por los diferentes países, bajo sus estructuras totalitarias o en función de medidas excepcionales, preveen el incremento de las tensiones en las relaciones internas, que tienen la potencialidad del fortalecimiento del totalitarismo estatal, con la concentración de los poderes presidenciales, la excepcionalidad normativa, limitaciones a otras ramas del poder público y la preservación del sistema económico capitalista por encima de la vida de los seres humanos, profundizando la vigilancia social y política en detrimento de las libertades básicas, con la novedad del uso de las tecnologías de la información y de la comunicación.

A nuestra generación nos correspondió ver como la naturaleza nos está enviando señales con situaciones como éstas, mostrándonos la crisis ecosistémica en curso por las dramáticas presiones sobre el mundo natural con consecuencias imprevisibles, profundizada por las visiones de supremacía antropocéntrica del ser humano, sin entender que somos seres integrales, ecodependientes e interdependientes, donde los virus son parte de una realidad biológica.

*Carlos Julio Vargas Velandia, magíster en Ciencia Política, abogado especializado en Derecho Penal, Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario.

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