La manipulación de los medios de comunicación en política es cuento viejo. Hoy, gracias al poder computacional, a los anchos crecientes de banda, a las redes sociales y al Internet móvil, la capacidad de incidir en segmentos clave de opinión pública se multiplica de forma exponencial.

Desinformar, calumniar, cambiar la perspectiva de análisis, provocar en las redes sociales, simular fuerza: he ahí algunos objetivos de múltiples movimientos políticos, gobiernos, grupos de interés, en cuya ejecución se especializan verdaderos profesionales del mercadeo político.

“Estábamos buscando que la gente saliera a votar verraca”, decía Juan Carlos Vélez, gerente de la campaña del NO, en octubre de 2016.  Vaya que lo consiguieron, derrotando los pronósticos de las encuestadoras y los anhelos de muchos. Unos mensajes centrales, cortos, un par de “community managers”, algunas cuentas falsas en las redes, técnicas de viralidad… y ya.

El asesino de Christchurch, Nueva Zelandia, supremacista blanco, que segó la vida de 50 fieles musulmanes, inmigrantes inocentes, logró lo que cualquier aspirante a “influencer” en redes desearía: que el video de la masacre, filmado mediante una cámara ubicada en el casco del heróico asesino, fuera cargado  un millón y medio de veces en 24 horas y, a pesar de que Facebook logró bloquear millón 300 mil, consiguió volver viral su consigna contra el Islam y las políticas de inmigración.Todo un paladín de la causa blanca, cristiana y occidental apalancado en las redes.

Del lado del extremismo musulmán, los decapitamientos de ISIS, transmitidos en directo, amplificaron el terror mediante calculadas estrategias de uso de las redes sociales. El mensaje: ténganos pánico, occidentales.

Las prácticas de manipulación  no son de izquierda o derecha, aunque tienden, sí, a afincarse, como cultura, en los extremos del espectro político. Así, el régimen de Maduro, que no ha invertido un bolívar en mantenimiento a las centrales hidroelécricas, gasta algunos en la difusión en redes sociales, culpando al imperialismo por el apagón que afectó hospitales y pudrió los escasos alimentos de las neveras.

O, por acá, por estos días, el intento, por la vía de la manipulación más burda, de hacer equivalente el apoyo a la JEP, por un lado, con el visto bueno a las violaciones, por otro. ¿Qué mejor que buscar deslegitimar las marchas pacíficas en apoyo de la JEP y en contra de las objeciones de Duque mediante trinos del tipo: “Si asiste a la marcha está diciendo que sí al abuso sexual”?

¿Cómo se hace? Sólo algunas de las tácticas:

El llamado trolling es una de las preferidas para manipular la opinión en redes sociales. Es, en pocas palabras, el acto deliberado de lanzar comentarios provocadores y agresivos a una comunidad que se comunica en línea. Un efecto deseado consiste en desatar comentarios emocionales de parte de quienes se sienten afectados. Es una manera de sacar la piedra fácil, de distraer, de hacer que el centro de atención cambie en función de los intereses del manipulador. La gente suele caer como moscas en la provocación.

Dentro de tácticas de acoso, extorsión política y de trolling es frecuente el uso del doxxing: publicar datos personales en línea, fuera de contexto, acerca  de alguien a quien se quiere golpear políticamente. Algo así ocurrió cuando se cambió el foco del debate en el Congreso sobre Odebrecht y el rol del fiscal y apareció, sin nada que ver, el video de Petro con bolsas de billetes.

También se puede manipular utilizando los llamados “bots” (una reducción de la palabra robot), que en el caso que nos ocupa, son las cuentas falsas que, de manera programada, transmiten información falsa. Se calcula, a propósito, que el 15% de las cuentas en twitter son bots.

La respuesta a la cultura de la manipulación no pueden ser las prácticas de trolling, doxxing ni las cuentas falsas.  Lo que hay que hacer, prescisamente, es no caer en ninguna provocación en línea, ni tragar entero.

Si, por ejemplo, se desea defender la JEP en un momento tan crucial como el actual, lo que hay que hacer es difundir masivamente los argumentos. Mercadeo de cultura política sin agresión, con humor si es posible. Un ejemplo extraordinario lo dio Antanas Mockus cuando, del lugar que sabemos, se burlaron por sus involuntarios movimientos de cabeza. En un video de tan solo siete segundos,  que obtuvo mucha mayor viralidad que el de los crueles detractores, Mockus fue maestro de lo que hay que hacer.

Rafael Orduz, PhD.

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