Un Caballero a la izquierda

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Aunque lo catalogaran de izquierda, Antonio Caballero también era un burgués. Esa condición, que en la derecha muestran como contradictoria y pecaminosa, la de ser burgués y ser de izquierda, era lo que más atormentaba y, en su morbosidad, deleitaba a las élites y a los usufructuarios del poder.

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En tiempos de la guerra fría y la revolución cubana, cuando el socialismo era una opción política reputada, algunos jóvenes de la burguesía colombiana, o eran hippies o eran de izquierda, o eran ambas cosas. No se trataba de gente de bien, como se autoproclama la clase traqueta, levantada, inculta, ladrona y paraca que gobierna ahora el país. Eran burgueses criollos, cachacos pudientes y educados; más inclinados al humanismo francés que al utilitarismo anglosajón, y, más que liberales disidentes, parecían goditos de tierra fría, de buzo y jean, o corbata y chaqueta de paño, que compartían la nostalgia ajena de la nieve europea, pero vivían condenados a las heladas mañaneras, al picante sol andino y a los aguaceros en las tardes grises de la sabana de Bogotá. 

Estudiaban en los colegios del apartheid educativo que existe en Colombia, el destinado  a los hijos de los ricos y poderosos del país. En este caso, se trataba del Colegio de Nuestra Señora del Rosario y del Gimnasio Moderno. Muchos habían viajado o vivido en Europa, más que en Norteamérica, porque entonces pesaba más la Madre Patria y la Ciudad Luz que Nueva York, Los Ángeles o Miami. Unos pocos, como Plinio Apuleyo Mendoza, en compañía de Gabriel García Márquez, que no pertenecía a ningún linaje aristocrático, estuvieron en la Unión Soviética en el ocaso del estalinismo y los años cincuenta. Allí conocieron las ruinas que dejó el nazismo en la patria de Lenin y el primero, horrorizado, las confundió con el comunismo. Fue ahí que, a este último, le agarró la metamorfosis y comenzó a descubrirse a sí mismo, no ya como un godo, sino como un fascista.  Pero otros, décadas después, cercanos a Gabo, más que a Plinio, tocados por las interminables guerras de Macondo, y conocedores del viejo continente, de su historia, de su literatura y de su arte, de la Guerra civil española, de la revolución cubana, y de los sucesos de la Francia del 68, navegaron en barcos de papel, en libros cuya brújula los inclinó al sur. Algunos, invitados a las montañas, hablaron con Manuel Marulanda Vélez y, en ese viaje de trochas, en que desde mucho antes se les estaba convirtiendo la vida, viraron hacia la izquierda. De ahí, creo yo, salió Antonio Caballero.

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Sin mencionar otras influencias, desde Cervantes, Tolstói y Dostoyevski, pasando por Hemingway, Sartre y García Márquez, Antonio debió beber de las geniales pócimas literarias del “maestro del oprobio, la sátira y la ofensa” – según el veredicto de Jorge Luis Borges -, José María Vargas Vila (1860-1933), así como de las fuentes de los escritores, cronistas y columnistas de opinión que lo rodearon, de su padre, Eduardo Caballero Calderón (Swann), de su tío Lucas Caballero (Klim), insigne columnista de El Tiempo, de Gabriel García Márquez, de Enrique Santos Calderón y de Daniel Samper Pizano, con quienes colaboró en la revista Alternativa desde que se fundó en 1974. 

Antonio hablaba pasito pero escribía fuerte. Decía desde arriba lo que muchos no podían decir desde abajo. Y lo hacía con indignación, con esa bronca íntima que emana del conocimiento, de la conciencia, pero lo hacía también con humor, a través del sarcasmo y la ironía. Antonio era sin duda el espejo, una piedra en el zapato del régimen. Era tolerado a regañadientes por la oligarquía colombiana y soportado con diplomacia por la embajada norteamericana. Su diatriba, lúcida y mordaz, lo convirtió en un mosquetero sin igual de la crítica política del país, de la oligarquía, de los gobiernos de turno, de presidentes, de cacaos, de la izquierda, del arte, de la cultura, de la falsa guerra contra las drogas y del imperialismo. Antonio, lejos del panfleto, fue un representante célebre de la oposición al sistema, tanto que en alguna parodia de la radio, y de manera satírica, no lo presentaban como columnista, sino como “comunista”.

No obstante, esa sinfonía, esas guerras de prosa, de dibujos y de caricatura, de versos y de rebeldía, tenían que tener sus bemoles del otro lado del espectro político: el amor por los toros no se lo perdonaban los animalistas y algunos sarcasmos tardíos y machistas le costaron la indignación de las feministas.

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Aunque es posible que en sus años mozos lo fuera, difícil es tildar a Antonio Caballero de liberal, de marxista, de trotskista o de maoista; tampoco sé si militó en algún partido o movimiento político, pero, en época de elecciones en Colombia, al tiempo que exponía su inconformidad con la candidatura de Gustavo Petro, elogiaba y expresaba su simpatía y su voto por Jorge Enrique Robledo, el senador del Polo Democrático perteneciente al Moir, un senador que, en la contienda política actual, se define como de centro, pero que, en redes sociales, es considerado como un tibio, e incluso como una “mano izquierda de la derecha”.

Así era Antonio Caballero. Aunque lo catalogaran de izquierda, también era un burgués. Esa condición, que en la derecha muestran como contradictoria y pecaminosa, la de ser burgués y ser de izquierda, así él mismo no se reconociera como tal, era lo que más atormentaba y, en su morbosidad, deleitaba a las élites y a los usufructuarios del poder. En Colombia, la autodenominada gente de bien cree que ser burgués es necesariamente ser de derecha, y para ser de izquierda, según ellos, se tiene que ser proletario. No perdonan a alguien de izquierda, con plata y bien formado, pero les encanta el derechista vaciado e ignorante. Simulan, entonces, no saber que, en la historia, la conciencia social no coincide necesariamente con la clase social y que la derecha y la izquierda son campos ideológicos heterogéneos, campos en que se escinden y se debaten las contradicciones políticas de una sociedad. Ambas, derecha e izquierda, es cierto, se alinean en torno a nociones antagónicas y ambiguas: la primera con la oligarquía y la segunda con el pueblo; la primera con los ricos, la segunda con los pobres; la primera con la burguesía, la segunda con el proletariado y el campesinado. 

En el caso de Colombia, los dos campos, en términos generales, parecen aclararse: la derecha es uribista y la izquierda es antiuribista. Y es en ese amplio espectro político, y en el contexto histórico que contamos, que se puede decir, honrar y celebrar, que Antonio, era un Caballero a la izquierda.

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*León Arled Flórez, historiador colombo-canadiense.

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