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“Necesitamos que, desde afuera, se haga un cerco diplomático en favor de la paz.”

Desde antes de que Iván Duque se convirtiera en presidente, se le ha escuchado hablar y vociferar en cuanto medio de comunicación se topa del famoso término “cerco diplomático” en contra del gobierno de Maduro en Venezuela, un cerco que de diplomático creo que poco o nada tiene y que, más bien, tiene tintes o camuflaje de intervención militar.


Sin embargo, el propósito de este artículo no es debatir el fenómeno político que ha suscitado la clara dictadura en Venezuela, ni mucho menos el papel del gobierno colombiano en este. El propósito de este artículo es, más bien, tratar de que como colombianos veamos la importancia de las problemáticas que hoy nos acechan, unas problemáticas que están pasando desapercibidas por la ciudadanía porque la atención se quedó anclada en nuestro vecino y no en el país suyo y mío.

Ese país en el que se siguen asesinando líderes sociales, ese país donde nuevamente se ha reactivado la máquina de la guerra, ese país que volvió y con más frecuencia a utilizar el lenguaje y la política del todo vale y ese país donde se está, a como dé lugar, política y jurídicamente acabando con aquel anhelo de paz y tranquilidad que ya muchos estábamos suspirando, sobre todo por los pueblos y reales victimas de ese visceral fenómeno y empresa de la violencia, esa que ha dejado centenares de muertos, desplazados y victimas que al día de hoy claman justicia, verdad y reparación, y que seguramente esperan que esa justicia y verdad no quede extraditada, falseada, amenazada, exiliada o asesinada por la mezquindad, el odio y la conciencia amoral de algunos políticos y del gobierno de turno.Las noticias que a diario nos llegan son cada vez más desesperanzadoras que las del día anterior.

Por un lado, los oídos de los que queremos escuchar y los ojos de los que queremos ver quedan atónitos cuando un plan nacional de desarrollo, ni presupuestal ni narrativamente, habla de esas políticas de cuatrienio en favor de ese derecho universal y constitucional colombiano, llamado paz, Uno queda aun más atónito, cuando descarada e irresponsablemente, el presidente Duque, desconociendo el poder judicial y los acuerdos firmados del proceso de paz con las FARC, objeta seis artículos de la ley estatutaria de la Jurisdicción Especial de Paz (JEP) logrando socavar un acuerdo que solo necesita de una implementación seria, responsable y humana para que opere y se pueda cerrar el capítulo de la horrible noche que lleva más de cincuenta años en Colombia y, por lo que vemos, se seguirá prolongando cada vez más gracias a un gobierno que más que argumentos, vocifera son odios y falacias.Tanto como el Plan Nacional de Desarrollo como las objeciones a la JEP están en manos de un congreso con mayorías de gobierno.

Sé que muchas personas como yo defendemos la paz y los acuerdos logrados, sé que podemos alzar nuestra voz y movilizarnos en favor de este y todos los acuerdos que vengan, pero sé y tengo que ser realista, que a pesar de todo ello, nosotros no tenemos voto y decisión directa en estos importantes y coyunturales temas. Quisiera decir todo lo contrario, pero la realidad es más que evidente y los resultados sí que peor. Con lo anterior, no les estoy diciendo que dejemos de alzar nuestra voz y nuestra opinión en defensa de la paz. Dios me libre.

Lo que quiero es que seamos realistas de que, junto a nuestra voz ciudadana, se hace necesario urgentemente una voz y un apoyo mundial. Necesitamos que, desde afuera, se haga un cerco diplomático en favor de la paz, un cerco que garantice que Duque se sienta reducido con voces de la conciencia, el pacifismo, la dignidad y la tranquilidad, que utilicen la presión del argumento y no de la amenaza militar como la profesan Duque y sus aliados, que hagan reflexionar desde los centros del poder mundial, las Naciones Unidas, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y todo aquel país que vea las acciones de Duque una amenaza no solo para la estabilidad del pueblo colombiano sino para la del mundo, que necesita y clama más Nelson Mandelas y menos Uribes.

Hago un llamado para que mundialmente se nos apoye a esos colombianos como yo que deseamos un país que no brote sangre sino esperanza.  ResponderReenviar

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