Un día después de Navidad

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¡She came back!

La asesina volvió

¡La asesina que mató mi corazón volvió, volvió, volvió! El merengue interpretado por la orquesta de Bonny Cepeda atronaba dentro de la casa que permanecía con las ventanas clausuradas a punto de reventar. La luz voltaica de una enorme bombilla se refractaba sobre la casa de color verde y hacía difuminar varias siluetas que bailaban y otras se paseaban con un vaso en las manos por el amplio salón. Las notas del prodigioso ritmo seguían filtrándose al exterior; al otro lado de la calle, permanecíamos de espaldas recostados sobre una calesita mirando los árboles multicolores que producía la pólvora al estallar en el firmamento.

Nunca pude entender la fijación de algunos adultos por la pólvora. En ninguna celebración podía faltar, como los famosos castillos que convocaban a un sinnúmero de personas para ver reventar en el firmamento el dinero de sus impuestos. Invadidos por un raro paroxismo aplaudían los cañonazos de una pequeña batería antiaérea que cíclicamente vomitaba luces que se perdían en el infinito. La densa nube de pólvora que invadía el lugar semejaba a una batalla napoleónica; entretanto, la artillería seguía disparando y quemando indiscriminadamente el tributo de los presentes.

Un desarrapado y curtido hombre encendía las mechas y se le veía correr resguardándose al otro extremo de una amplia plazoleta. El desarrapado sujeto hacía su oficio con indiferencia ante la mirada de asombro de algunos niños a los que por primera vez sus padres habían llevado a contemplar el invento de los chinos. Familias enteras hacían profundos gestos de exclamación al ver en el cielo formarse círculos multicolores y desaparecer por arte de magia. Después, a esos mismos niños les prohibían jugar con pólvora, mientras los gobiernos de turno gastaban furgos de dinero en campañas en contra de ella. Esa noche de Navidad nos había atrapado con su exhibición pirotécnica recostados sobre la calesita que remolcaba a diario un viejo caballo que resoplaba y comía cartones a nuestro alrededor. Ése era su alimento nocturno ya que su amo en las mañanas lo recogía para recorrer las calles de la ciudad en una infame jornada de trabajo de más de diez horas. Un día después de Navidad, el viejo corcel descansaría porque su dueño a esas horas de la noche estaría embrutecido por el alcohol rodeado de su familia y vecinos al lado de una olla humeante esperando Nochebuena

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Contemplando en la distancia al viejo caballo, mi brazo cruzaba su espalda y acariciaba el talle de su vestido, traje confeccionado por el hijo de un inmigrante francés, famoso diseñador de modas de ademanes sibaritas quien tenía como ayudantes a silenciosos e inmaculados efebos que obedecían sus órdenes caminando de un lado a otro a pie juntillas, llevando y trayendo órdenes en su taller de Haute couture. En los descansos, fumando un pitillo de fabricación inglesa, el francesito se cruzaba de piernas y, desde la distancia, con su mirada de águila, identificaba un mal pliegue, un zurcido donde no iba. Un ejército de mujeres volcadas en silencio sobre deslumbrantes mesones seguía sus estrictas órdenes. ¿Quién iba a imaginar que mis impúdicas manos tocarían ese lujoso talle, seleccionado rigurosamente por sus aristocráticas tías mientras ella hacía las veces de modelo? Sus parientes eran mujeres de refinados modales, algunas se habían quedado vistiendo santos para no compartir sus riquezas con hombres que según ellas se pegaban como hiedras sobre los árboles. Tenía que ser el mejor vestido porque era el de Nochebuena.

¡She came back

La asesina volvió

¡Complacida no quedó!

Las trompetas celestiales de la orquesta de Bonny Cepeda seguían atronando de los altavoces: ahora el ritmo era más moderado e invitaba a bailar. Por la contraluz, se podía ver algunas parejas que bailaban en el centro de la sala.

– ¿Bailamos?, me dijo

– ¿Dónde?, le interrogué.

– ¡Allá al frente!  – continuó – rodeándome el cuello con sus delicados brazos y seguidamente parafraseó a uno de sus poetas favoritos. Creo que era Becker, porque al final le alcancé a oír cuando susurraba algo sobre unas oscuras golondrinas. Ahora entendía a los marineros y corsarios que sucumbían a los cantos y encantos de sirenas. La ninfa que me tenía atrapado exhalaba un costoso perfume mezclado con olor a ropa nueva, feromonas, goma de mascar y alcohol. Musité sobrecogido: – “Baco, eres mi héroe” -, aunque para los abstemios ese dios había llevado a la perdición a muchos hombres. Esa noche Baco se estaba portando de maravillas. ¿Qué era perderse cuando se es feliz por un instante? ¿Acaso la vida no está confeccionada de eso, de instantes?, según se lo leí alguna vez al ciego de Buenos Aires. Ése era mi instante, mi pequeña Eternité, como lo escribió Rimbaud.

El frente que ella había señalado era la casa color verde que tenía dos frondosas palmeras que se batían constantemente contra la brisa decembrina. “No tengo ninguna relación con esas personas” – le dije, miré al cielo y los juegos pirotécnicos habían expirado. Sobre el oscuro firmamento en una fracción de segundos cruzó un cometa que agonizaba y me dijo: “pide un deseo”. No alcancé a pedirlo. Al volver la mirada, del interior de la casa emergió la silueta de un hombre que salía a tomar aire. Por la incandescente luz voltaica que nos deslumbraba no se podía distinguir. Fijé mi mirada con más detalle y vi que era mi tío. ¡Oh!, – el mejor regalo de Navidad – pensé, cuando lo vi atravesar la calle y caminar resueltamente hacia donde estábamos.

Era el tío al que la familia llamaba el “judío errante”, el mismo que  en una noche de mi infancia bajo la luz de un candil me había regalado uno de sus tantos libros preferidos. En la carátula aparecía la señora de Bovary con mirada cavilante, pero cargada de felicidad. Esa noche el “judío errante” abrió su caja secreta que permanecía oculta debajo de varios bultos de heno. Al abrir la tapa de ese baúl tapizado con ribetes en cobre y cuero, apareció el gran tesoro. Ante mis desorbitados ojos estaba toda la literatura del mundo, algunos títulos en sus idiomas originales. Fue mi primer encuentro con los escritores rusos, franceses, los españoles del Siglo de Oro. Me dio el acceso y la clave secreta para ir sustrayendo a medida que iba agotando los títulos. Según me comentó muchos años después, se había fijado que las municiones literarias en el estricto canon de lecturas aceptadas en el matriarcado comandado por mi madre y mis hermanas estaban agotadas, ya que no estaban permitidos libros mundanos y paganos. Con desgano repasábamos una y otra vez, en las horas de lectura que casi siempre eran por las tardes, ejemplares de historia sagrada y las colecciones de una tía que había sucumbido tres veces a la vida matrimonial. Sus libros favoritos eran: “el secreto para ser feliz”, “cómo ganar amigos” y toda esa basura llamada superación personal. La historia de Dalila y Sansón era su preferida, este último un Hércules de la saga hebrea que había liquidado a todos sus enemigos con la quijada de un burro y terminó sus días sucumbiendo a los efectos de Baco y a los encantos femeninos. Al final de ese aciago relato, la tía catequizaba al séquito de vírgenes sobre cómo ser pacientes y perseverantes hasta dominar a un hombre al mejor estilo de Dalila. Al matriarcado se le encendían las mejillas cuando se iba metiendo por los vericuetos de la sexualidad. Algunas de ellas cerraban los ojos para no escuchar y salían corriendo golpeándose el pecho susurrando una letanía inculcada en los estrictos colegios de monjas donde estudiaban: “morir antes que pecar, morir antes que pecar…” Mi padre, quien las veía en esos actos de remordimiento, preguntaba: “¿qué les pasó a estas locas?”.

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Un día, un peón de mi madre hizo el temido descubrimiento. Se encontró por accidente con la “caja mágica”. Mi madre fue informada sobre dicho descubrimiento y fue con el matriarcado a husmear y lo más escandaloso para ellas fue encontrar, en el fondo de ese baúl, colecciones de revistas donde aparecía un ramillete de mujeres ligeramente vestidas, disfrazadas con orejas de conejo rodeando a un hombre entrado en años, sonriente y enfundado en una eterna bata de seda. Esa misma noche, mi madre acompañada por su séquito de vírgenes, en un acto solemne de desagravio, atizó una hoguera deshaciéndose para siempre del anatema representado en las revistas y libros prohibidos. En ese rito pirómano también sucumbieron “Les fleurs du mal” que aún no había iniciado a leer. Fue la primera barbaridad que escuché en mi vida sobre quema de libros; la otra, la que hizo un fanático religioso, otrora jefe del ministerio público en Colombia, quien funge como heraldo de la moral y las buenas costumbres.

Mi tío se acercó a donde estábamos y nos preguntó: “¿qué hacen ahí? pasen”. Nos señaló la casa de color verde. “Ya casi es Nochebuena”, remató con sus exquisitos modales de gentleman erudito que había recorrido el mundo entero y a quien ya no le hacía falta nada por conocer o experimentar. No me sorprendió verlo en ese ambiente festivo de mujeres y hombres todos adultos, libres, desinhibidos que reían. Algunos fumaban al son de la música decembrina. Semejaba a esos salones parisinos del siglo XVIII; entre otras cosas, no me había sorprendido verlo en ese lugar ni por qué no estaba reunido en familia compartiendo con sus otros hermanos que habían llegado de largos viajes. Alguna vez le escuché decir que raras veces se reunía con ellos por diferencia de principios. Casi siempre la conversación de mis otros parientes giraba en torno a otros asuntos; se jactaban en hablar de ganados, de caballos, de las ultimas heredades que habían adquirido. Le escuché al “judío errante” decir en privado que todos ellos eran burros cargados con plata.

Tres mujeres estaban sentadas charlando animadamente cuando ella cruzó el centro del salón. Su caminar cadencioso y elegante, parecido a una bailarina de ballet, hizo que las damas hicieran silencio y la siguieran con la mirada en una especie de encantamiento y arrobo. Ella fue al fondo y saludó con afectación a una joven esbelta como ella de ojos grandes y expresivos que permanecía sentada en una silla victoriana con cara de aburrimiento. Por lo que supe después, era su amiga e hija de los dueños de la casa. Mi tío seguía presentándome a algunos adultos que, por el ruido de la música, no supe ni me interesó ni cómo se llamaban ni qué hacían.

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Un merengue dominicano sonó en el ambiente. Con mirada cómplice me miró y salimos a la pista. Bailamos hasta la media noche; lo supe porque la pólvora afuera había roto nuevamente la tregua. Nuestros cuerpos traspiraban. Su vestido de otro mundo se le pegaba a su espalda y a sus muslos por el sudor. A esa hora mi madre estaría preguntando por mí para prodigarme su bendición y desearme Nochebuena. Era su costumbre antes de las doce. Reunía a sus hijos alrededor de un pequeño pesebre repleto de caballos, ovejas, fabricados en pasta, castillos en miniatura, pequeños y artificiales manantiales bordeados por extensiones eléctricas que emitían lánguidas e intermitentes luces, todos  del ritmo “Noche de Paz”, recreando la Palestina donde estaba ubicada la minúscula aldea llamada Belén de Judá. Ahí, según la tradición, nació el hijo de Dios. 

“Feliz Navidad, Feliz Navidad” se escuchó en la sala abarrotada de gente. Todos se abrazaban, aunque en el trascurso del año nunca se hubiesen dirigido el saludo. Eran los milagros que hacía Baco. Ella me miró fijamente musitando: “Feliz Navidad”. Tomó mi rostro en sus dos manos y me estampó un beso en la frente, parecido al que se le da a un niño cuando lo despiden rumbo a la escuela. El judío errante me miraba en la distancia feliz. Entendí que mi felicidad era la de él. A nuestro  alrededor la  euforia era  total; soltando mi mano, salió presurosa a dar Feliz Navidad a sus padres con la promesa de volver. Mi tío y yo permanecíamos sentados en la terraza cuando sonó “quimbara, kimbara”, de Úrsula Hilaria Celia de la Caridad de la Santísima Cruz Alfonzo. Se le aguaron los ojos, se levantó de donde estaba, dio varias palmas, sacudió las manos ininterrumpidamente y comenzó a bailar solo. Según él, había visto a muchas bandas interpretarlo en La Habana antigua mientras la reina de la salsa sobrevivía en el exilio. Ella nunca regresó; ya era Navidad y yo tenía que viajar con un tío al día siguiente como invitado a una de sus nuevas heredades. Allá recibí una carta con caligrafía de convento. Noté que era mi hermana quien me escribía saludándome y preguntándome cómo la estaba pasando. Al final de misiva, me relataba con preocupación que el novio “oficial”- por eso nunca he creído en la oficialidad, ni ningún discurso oficial – de con quien bailé la noche de Navidad andaba buscándome para vengar la honra mancillada de su prometida. Y también me recomendaba no regresar por ahora porque mi madre estaba furiosa ya que se había encontrado con un hermano de la Salle, el prefecto de disciplina del colegio, quien le había notificado que me tenía en matrícula condicional por haberlo mandado al carajo.

*Ubaldo Díaz, sacerdote. Graduado en Filosofía y educación de la Universidad Católica de oriente. Premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. Premio de periodismo pluma de oro APB Barrancabermeja. Años 2018 -2019.

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