¡Ya basta! Tras la firma del Acuerdo de Paz han sido asesinados más de seiscientos líderes sociales y defensores de derechos humanos. ¿Cuántos más se necesitan  para que el gobierno implemente un plan de acción que garantice sus vidas y la de sus familias?  

Cuando vi las desgarradoras imágenes del hijo de María del Pilar Hurtado, llorando y dando gritos de dolor por la impotencia de ver a su madre allí, muerta, tirada en el piso con varios tiros en su cabeza y quizás consciente de que él y sus hermanitos no la iban a poder abrazar más… inevitablemente evoqué aquella escena del año dos mil.

Para ese entonces hacía yo la judicatura en la Defensoría del Pueblo.  Mi función era atender desplazados.  Así que en ese escritorio vi cara a cara los rostros de dolor y desesperanza que cargaban las víctimas de una guerra que, en medio de su éxodo. lo habían perdido todo, hasta su dignidad.  Pero hubo una mirada en especial que cambió por completo mi vida.  Era un niño de aproximadamente cinco años que estaba sentado solito en una silla Rimax.  Tenía puesto un suéter de talla de adulto que le llegaba a las rodillas y unas chancletas muy pequeñas que no  le encajaban en sus piececitos sucios de barro.  Yo  me le acerqué, me agaché para verle su carita y le dije: “¡Holaa! ¿Y cómo se llama este príncipe?”. Y él, con sus ojitos empapados de lágrimas y en medio de un sollozo que estalló en llanto, y me dijo: “Mi mamá, mi mamá”. 

Los ojos de ese pequeño vieron la manera brutal y despiadada como torturaron a sus padres hasta matarlos. Yo solo tuve fuerzas para abrazarlo bien fuerte, tanto, que sentía su corazoncito asustado latiendo a mil en mi pecho.  Él no paraba de llorar, y yo tampoco.  Entonces lo levanté de la silla, lo cargué y me fui con él a casa.

Hoy, a sus veinticuatro años, me dice: “Mamá, sabes por qué yo apoyo el proceso de paz, porque más que ver a esos criminales en la cárcel, lo que no quiero ver, es que más niños vuelvan a pasar por lo que yo pasé”.

Que esas historias no se vuelvan a repetir es el anhelo de mi hijo.  Un niño que tuvo el privilegio de encontrar una familia que lo abrazó y le rodeó de todo el amor posible.  Pero la triste fatalidad de estas historias es que hay miles de niños en las mismas circunstancias,  que cuando crecen, descargan en la sociedad todo el dolor y la impotencia que llevan dentro (pasando de víctimas a victimarios), porque así opera el implacable círculo vicioso de la guerra. 

Por eso estoy convencida que esto no se resuelve a punta de más bala, sino a punta de reconciliarnos, de abrazarnos, de entender que el valor de la vida no es negociable y está por encima de cualquier consideración política.

¡Ya basta! Tras la firma del Acuerdo de Paz han sido asesinados más de seiscientos líderes sociales y defensores de derechos humanos. ¿Cuántos más se necesitan  para que el gobierno implemente un plan de acción que garantice sus vidas y la de sus familias?  Lo único que evidencia este enorme desangre es que el Estado ha sido incompetente para proteger el liderazgo social de nuestro país y completamente mezquino con la paz y las víctimas de un conflicto armado que tantas vidas nos ha costado.

Y, finalmente, lo más triste de todo, es que entre los gritos de un niño sin madre y el silencio de un gobierno indiferente… a Colombia la están matando a pedacitos.

*Diana Martínez Berrocal, Abogada, especialista en Derecho Público, Magister en sociología política, docente, columnista y analista política, 
@DianaMartinezB8

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