“Un tintico por ahora”

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Me quedé pensando en la frase un “tintico por ahora”, significaba que tenía que gastar, consumir si o si, la verdad no tenía apetito.

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En días pasados estuve por el oriente antioqueño, tenía que recoger a mi madre que venía en un vuelo procedente del caribe colombiano y su sitio de arribo era el aeropuerto José María Córdoba ubicado en Rionegro – Antioquia. El reloj me indicaba que faltaba una hora para su arribo. Tenía dos opciones, deambular por las sala de un aeropuerto lo cual es la experiencia más aburridora del mundo, – vino a mi memoria la película de Tom Hanks llamada la “terminal o aeropuerto”, donde el protagonista luego de arribar al aeropuerto John F Kennedy se le niega la entrada a los Estados Unidos y le toca vivir, deambular por sus salas, específicamente en la sesión 67 – o buscar un sitio de descanso de esos que quedan a orillas de la carretera. Elegí la segunda. Parquee el vehículo, luego de pagar uno de los peajes más costosos del hemisferio con un valor de casi veintidós mil pesos, antes de llegar a la caseta del costoso tributo, en la guantera vi que reposaba un billete donde sobresalía la efigie del ex presidente López Michelsen con un gesto, tal vez emulando a una multitud; “con este me defiendo” – pensé para mí –  y esperar superar la talanquera que me impedía el paso, cuando saqué el cash con la imagen del ex presidente, la cara de una mujer que sobresalía detrás de la ventanilla me sonrió y dijo: son veintiún mil pesos y algo… suspiré hondo y solo alcancé a musitar: ¡Jesús Bendito!. Con ese golpe al bolsillo elegí un sitio al azar, la verdad no me importaba escoger, quería descansar un poco y esperar a que el tiempo transcurriera.

Cuando me bajé del vehículo, una mujer rubia, salió a mi encuentro vestida de forma pintoresca personificando la cultura campesina de esa parte de Colombia – en  lo que se refiere al turismo, al comercio, en la mayoría de los casos la imagen de los campesinos es mercantilizada sin ningún pudor; a los campesinos de carne y hueso que luchan para sobrevivir en las regiones más apartadas del país, durante más de medio siglo solo les han enviado guerra y olvido- la mujer con una espléndida sonrisa, solícitamente me facilitó la carta. Sonriendo con dejo de desinterés y cansancio le dije: “por favor me trae un tinto”-, la joven mujer cambió su sonrisa en un frío gesto y objetó con ese habladito cantadito de su cultura: “le traigo un tintico por ahora”. Se alejó como había llegado, fue y se acodó al lado de un hombre regordete de mejillas incendiadas, ambos repasaban en pequeños susurros cuentas al frente de una caja registradora. Yo seguía mirando decolar y aterrizar a los grandes tiburones de vientres plateados que pasaban por encima de mi cabeza con sus ruidos ensordecedores. Me quedé pensando en la frase un “tintico por ahora”, significaba que tenía que gastar, consumir si o si, la verdad no tenía apetito.

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En ese taedium vitae, como le llamaban los romanos, le escribí a Oscar,  un amigo, profesor e investigador universitario, al cual le escucho muy atento sus oráculos y le comenté que estaba de paso por su terruño y se alegró mucho, de paso me escribió textualmente lo siguiente: “estas en la tierra de Uribe, su casa está a cinco minutos del aeropuerto, en esa zona quedan las mansiones de James, Balvin, Maluma y otros reguetoneros, es el matrimonio de la política de derecha y los famosos de la cultura popular, ni un científico, ni un escritor de peso en esa red”.

Yo seguía leyendo lo que me enviaba el profe y mirar que la mujer se había olvidado de mí y del tinto, seguía absorta susurrando al lado del hombre rechoncho que luego se alejó hacia el fondo de lo que parecía ser una caballeriza. Al rato la misma mujer me sorprendió con una taza de café humeante. La tarde iba cayendo sobre la hermosa región del oriente antioqueño, una floresta de cipreses y eucaliptos devoraba un sol anaranjado parecido a una yema de huevo. En la distancia un enorme tiburón de vientre plateado aterrizaba de barriga sobre la lustrosa pista que ya tenía sus luces encendidas de un color azuloso. Me despedí de la joven que me atendió, no sin antes regalarle una sonrisa y una jugosa propina por “el tintico”, igual estábamos en diciembre – confieso realmente que jamás me ha importado el dinero, eso tal vez ha hecho que nunca me ha faltado, en esos días había estado leyendo algo del maestro Eduardo Galeano sobre ese particular. El maestro escribía que “es más libre el dinero que la gente. La gente está al servicio de las cosas” – la mujer por primera vez me miró a los ojos y sonrió de la misma forma como me había recibido y susurró casi que conmovida: “que vuelva”. Yo miraba en la distancia que el enorme tiburón metálico carreteaba por la pista con más de trescientas almas en su vientre y una de ellas era mi madre.

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*Ubaldo Díaz, Sacerdote. Premio Nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. Premio de periodismo pluma de oro 2018 – 2019 – 2022. Email: [email protected]

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