El problema no es cómo imaginarnos una ciudad. El problema es como una sociedad urbana se involucra, se compromete y se  inmiscuye en su propia realidad, en su propio espacio vital. El problema es cómo se aprovechan, se potencian  y no se anulan y desperdician las energías humanas y naturales.

Los urbanistas del siglo XX  fuimos formados bajo una idea irrealizable y equivocada: la de que habíamos sido escogidos y encargados por la sociedad para inventarnos la ciudad del futuro. El urbanismo occidental se nutrió de esa obsesión y fracasó, no por incapacidad para imaginar esa ciudad, sino por reducirla precisamente a un problema de visión y voluntad de algunos individuos privilegiados por el conocimiento, o en el mejor de los casos, de una élite tecnócrata.

Y no es que la ciudad sea una ecuación fácil. La ciudad es una ecuación muy compleja y difícil que demanda el concurso de muchas perspectivas, saberes y voluntades. Hoy se reconoce que la ciudad requiere de diversos actores urbanos, así como  de visiones, voluntades y acción colectiva. La precariedad urbana significa, en último término, la ausencia de ciudadanos y de actores en un proyecto de ciudad que les sea vital.  ¿Qué hace entonces que una ciudad sea un ámbito propicio  y promisorio para la vida y la energía de sus habitantes?

Hay enigmas todavía no suficientemente descifrados en la formación de algunas ciudades relacionados con esta pregunta. Uno de ellos es el de  México – Tenochtitlan, en mi opinión, uno de los más interesantes.  ¿Por qué?  Serge Gruzinski en su historia de Ciudad de México escribe: “En 1520, con sus 300 mil habitantes, la ciudad mexica era, probablemente, la ciudad más grande del mundo, antes que Constantinopla (250 mil)  y que París (200 mil)”. Otros autores sostienen que su población llegaba al medio millón cuando fue avistada por Hernán Cortés. Y el enigma es el siguiente: ¿cómo esa comunidad de mexicas, creó en menos de dos siglos una manufactura urbana tan poderosa o más, como las de otras civilizaciones que invirtieron en esa experiencia 20 siglos como Roma, 18 como Atenas  o 10 como Constantinopla ? México – Tenochtitlan empezó a ser construida en 1.325 d.c. ; Roma en 753 a.c. ;  Atenas 508 a.c.; París en 250 a.c.; Londres 50 d.c  y Constantinopla 330 d.c.

Pero el enigma crece aún más cuando los investigadores descubren que el territorio sobre el cual se asentaron los mexicas era muy frágil para sostener ese volumen de población y, además, porque ellos fueron una comunidad de migrantes refugiada en uno de los islotes más inhóspitos del lago de México, huyendo del conflicto con otras tribus que los repudiaban. Es decir, ¿cómo explicar que, en menos de doscientos años, unos migrantes desarrapados y refugiados en un hábitat dificilísimo construyeran una ciudad de una talla  y esplendor igual o mayor a las urbes del siglo XVI ? La respuesta fácil diría que tuvieron grandes líderes y urbanistas. Pero eso no es cierto.

El enigma no ha sido del todo descifrado, pero existen varias claves que nos aproximan a la comprensión de una experiencia atípica y en cierto sentido excepcional, con aportes muy sugerentes para las ciudades  contemporáneas latinoamericanas. La primera clave, sin ninguna duda, es que este enorme desafío fue asumido por una sociedad en pleno. Un proyecto que contó, movilizó e incorporó creativamente la gran diversidad de energías humanas disponibles, motivadas, según algunos de sus exégetas, simultáneamente por energías cósmicas y supra humanas. No estamos hablando de milagros, sino de un problema más complejo.

Una de las apreciaciones en las que no se equivocó el urbanismo moderno fue entender la ciudad como un enorme crisol que hace posible la confluencia de energías. Como una de las máquinas más potentes creadas por el homo sapiens para estimular la colaboración entre extraños y la potenciación de energías naturales y humanas, motivadas por grandes mitos, según dice Harari. Y probablemente  México – Tenochtitlan ha sido uno de los casos más espectaculares por la combinación de un esfuerzo humano y una cosmovisión particular. Por eso Gruzinski no vacila en afirmar: “La riqueza y la hegemonía de la ciudad descansaban sobre pretensiones cósmicas… Con una intensidad aún superior (a la sacralización del espacio efectuado por el cristianismo barroco),  el área sagrada de Tenochtitlan concentraba la energía de la Tierra y de los Cielos… Para los mexicas, el Templo Mayor irradiaba una presencia desbordante de energía, una memoria viva y habitada. Era el  centro del universo.”

Lo significativo es que, durante de estos dos siglos, los mexicas se emplearon a fondo y como una totalidad humana para construir sobre la faz de la tierra el altepetl  (la ciudad)como un espacio que, en su cosmogonía, unía la tierra con el cielo, el inframundo, el mundo y el supra mundo y como un espacio adecuado en la cadena de energías cósmicas que enlazaban a las divinidades, la naturaleza y los humanos. Esta era la motivación profunda de su proyecto y su acción colectiva.

Pero, además, de esa motivación suprema, el altepetl (la ciudad) fue también el escenario de otras creaciones y prácticas simbólicas de alto valor para el despliegue de las energías humanas. Era una ciudad “que continuamente se convertía en un espectáculo de sí misma”. El  ritual colectivo, las ceremonias, celebraciones y sacrificios vinculaban a toda la comunidad, ocupaban gran parte de su tiempo durante el año fijado por un calendario sagrado, y eran actividades y prácticas en las que desplegaban intensamente una enorme creatividad y  depositaban sus energías, a la vez que eran generadores de un sentimiento de cohesión potente. Esta es la segunda clave en este proyecto colectivo.  Gruzinski lo entiende así: “Al comprometer a todo el conjunto de la población, la actividad ceremonial reforzaba la influencia de los medios dirigentes sobre el pueblo de los macaehuales, y al mismo tiempo aseguraba la asimilación de una ética compartida por todas las clases de la sociedad mexica”.  

La domesticación del territorio inhóspito es la tercera clave que nos permite entender la potencia de este proyecto colectivo.  La elección del sitio se atribuye a la leyenda del mensaje sagrado. Allí donde se descubriera al águila con la serpiente atrapada en el pico y parada sobre el nopal. Y ese lugar obligó a construir una civilización lacustre que tuvo que aprender a manejar los pantanos, a construir los canales para controlar las aguas, a rellenar estanques para dar vida a las chinanpas como espacio para la agricultura, a navegar, a desarrollar técnicas hidráulicas para evitar las inundaciones, a construir acueductos y grandes calzadas para unir los islotes con las tierras firmes, pero, además, a ornamentar ese universo lacustre con grandes jardines y zoológicos.  Ese enorme esfuerzo para domesticar el territorio vinculó sin dudas unas energías colectivas.

La cosmovisión, el ritual colectivo, la celebración y el espectáculo, la guerra festiva, la domesticación del territorio y el intercambio, dieron lugar a una diversidad  y multitud de oficios, de roles, de clases y de jerarquías. Sacerdotes, guerreros y  comerciantes pochtecas escalaron a la cúspide de la escala social. Agricultores, pescadores, cazadores  y  artesanos abastecían a esta civilización lacustre. Pero las crónicas hablan también de la gran diversidad de artistas, pintores, dibujantes de códices, talladores, canteros, escultores de jade y basalto, de joyeros, sastres y armeros, de  hábiles jardineros, de orfebres de la pluma y las cuentas, de “trescientos indios que cuidaban a los pájaros y los animales”, pero también de chamanes, curacas, magos, hechiceros y curanderos. Esta gran diversidad de saberes, habilidades y oficios fueron vinculados y tuvieron compromiso con la construcción colectiva de la ciudad. Es decir, prácticamente todos o muchos tuvieron misión y oficio. Esta es otra clave de este proyecto colectivo.

El hecho de que llegaran tan desvalidos hizo pensar que los mexicas iniciaron de cero, pero no fue así. La memoria y la tradición no los habían abandonado. Antepasados suyos habían tenido experiencias similares. El valle del gran lago había tenido la huella de Teotihuacan, Tula, Cholula y otras grandes ciudades. Y otras comunidades y culturas mesoamericanas, como los olmecas, zapotecas, toltecas, mayas, marcaron  el territorio con grandes proezas urbanas  como Monte Alban, La Venta, Tres Zapotes, San Lorenzo, Chichen Itzá, Palenque, El Tajin, desde Yucatán hasta Guatemala. La experiencia urbana siguiente se caracterizó por dar a luz una nueva ciudad, la ciudad barroca, aventura de la que se excluyó a gran parte de los antiguos protagonistas. Ya no fueron parte de la acción colectiva. Por ello la nueva ciudad vio crecer la masa de marginados, de desahuciados, de indigentes, de “mal entretenidos” que rodaban por sus calles. No caeremos en la estupidez de creer o decir que la ciudad prehispánica no tuvo muchos problemas. Los tuvo.  Pero no fue el de anular las energías humanas y de la naturaleza.    

Y la memorialiteraria y de la crónica no dejó escapar esa primera experiencia:  “Estos toltecas eran ciertamente sabios, sabían dialogar con su propio corazón” dijo un cronista. “En tanto que permanezca el mundo no acabará la fama y la gloria de México-Tenochtitlan” se lee en los Memoriales de Culhuacan. “Aquí tenochas aprendereís como empezó la renombrada, la gran ciudad  México-Tenochtitlan, en medio del agua, en el tular, en el cañaveral, donde vivimos, donde nacimos nosotros los tenochas” , dice la crónica mexica Yotl.  “En el siglo XIV surge un nuevo poder; otra nación nahua, los mexicas, más conocidos como los aztecas, fundan México-Tenochtitlan. Ciudad doble, ciudad hecha de piedra, agua y reflejos. Tenochtitlan maravilló y hechizó a los españoles … Cuando hojeamos un álbum de viejos grabados donde aparecen los lagos, los volcanes y los templos, los pensamientos se desvanecen, en una claridad en forma de laguna. Rima feliz de montes y edificios, se desdobla el paisaje en el abstracto espejo de la arquitectura… las olas hablan nahua … los volcanes, los cúes y, tendido, el manto de plumas sobre el agua, Tenochtitlan todo empapado en sangre… dice Octavio Paz.

Al inicio de este escrito se afirmó que  los urbanistas fuimos formados con la idea equivocada de inventarnos la ciudad. Anduvimos muchas décadas persiguiendo esa fantasía. Al final pareciera que hubiésemos decidido pasar la posta a los líderes políticos. Fatal.  La experiencia relatada nos sugiere otra lección. El problema no es cómo imaginarnos una ciudad. El problema es como una sociedad urbana se involucra, se compromete y se  inmiscuye en su propia realidad, en su propio espacio vital. El problema es cómo se aprovechan, se potencian  y no se anulan y desperdician las energías humanas y naturales. Cómo se potencia el proyecto compartido y la acción colectiva. Es necesario, como los Toltecas, que aprendamos a dialogar con nuestro propio corazón… y honestamente.       

*Juan Carlos del Castillo, arquitecto, PhD en urbanismo

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