Esta semana parecía que el gobierno de Ivan Duque lanzaría su contraofensiva. Se vio un presidente más delgado, menos comelón y recuperando confianza en sí mismo y en su discurso, llevando su comité de aplausos a todo encuentro, un ministro de defensa beligerante y vociferante justificando por qué debemos escoger la seguridad sobre la libertad, una ministra del interior dando entrevistas a diestra y siniestra explicando las incomprensiones de un gobierno incomprendido y un director de la policía mostrando el lado “humano” del ESMAD. El discurso común. “Es una minoría que marcha. La inmensa mayoría quiere trabajar”. El negacionismo se estrelló con la realidad simbólica de cuatro hechos.

  1. La llegada de la guardia indígena a Bogotá que, como víctima de un genocidio étnico que el gobierno Duque ha mirado con indiferencia, garantizó la seguridad y encontró reconocimiento y legitimidad en la ciudadanía, contrastando con el rechazo que hoy los colombianos manifiesta al ESMAD.
  2. La constitución de un grupo de jóvenes autodenominados “Primera línea” , quienes van a la vanguardia de las marchas evitando que se infiltren  los provocadores de disturbios. 
  3. Los resultados de una encuesta oficial en donde el 70% de los colombianos no aprueba a este gobierno y un 74% apoya el paro. 
  4.  Y un paro en el que no hubo violencia ni disturbios en ausencia del ESMAD.

La realidad está ahí y es cuantificable; no es ideológica. El gobierno perdió toda gobernabilidad y cada día amplia más la brecha con la ciudadanía. El gobierno busca responder al paro nacional con el argumento de una legalidad unilateral  y la falsa idea de las “minorías”.

Iván Duque y su círculo cercano nunca fueron hombres de grandes lecturas, ni de cultura.  Si lo fuesen, comprenderían lo subversivo que son los símbolos en la sociedad. Y la cultura,  como expresión de juventud, puede erosionar toda noción de poder autoritario si un gobernante no sabe adaptarse a los desafíos que ella plantea. Los jóvenes han respondido con iniciativas culturales y simbólicas de un calado que el gobierno no logra comprender, cómo lo anotó el Rector de la Universidad del Rosario en una columna reciente en la revista Semana.

“Desconectados, ésta puede ser la mejor palabra para describir la relación entre los actores del país y la voz activa de los jóvenes (…) Duele escuchar expresiones de diferentes actores de nuestra sociedad que los califican como desordenados, frágiles y vulnerables a intereses políticos. Se equivocan quienes realizan esas afirmaciones, pues los mensajes de los jóvenes son contundentes, pero imposibles de comprender para quienes se aferran a los paradigmas tradicionales y olvidan que son ellos -los jóvenes- los verdaderos protagonistas y la fuerza de nuestro país.” Frente al negacionismo, esta generación ha respondido con cultura, símbolos y pedagogía.

El gobierno ha perdido la segunda batalla. El domingo 8 diciembre se hará un gran concierto en la Carrera 7a. Un grupo de músicos  que apoyan el paro nacional se reúnen para poner el tono, la vanguardia de las expresiones. Y, de nuevo, el gobierno se queda en la cola, sin respuesta. Este concierto marcará un punto simbólico de la protesta, de allí saldrán los himnos, el alimento del alma para que la sociedad continúe. Si el gobierno quiere recuperar la iniciativa, deberá responder con formas culturales simétricas. Una primera posibilidad podría ser ampliar el diálogo, haciéndolo sincero y creíble, poniendo pausa a su agenda legislativa y restructurando todo su gabinete. La segunda opción será responder con otro concierto donde los “artistas” uribistas como Maluma, Silvestre Dangon  y el castrato de la Espriella entonen los himnos del uribismo, los de la falange criolla.

Stalin en los momentos más oscuros de la invasión nazi a la URSS mandaría a imprimir millones de poemas de Pushkin para alentar el alma Rusa frente al invasor dándole sentido al sacrificio humano en la gran guerra patriótica. Winston Churchill y Charles de Gaulle encontrarían en la oratoria la fuerza para que sus naciones no cayeran y no perdieran la dignidad ante el invasor. Igualmente, el movimiento del impresionismo haría de Francia una nación que, a pesar de tener a París ocupada por los prusianos y luego convertida en la comuna de París, saldría como la vencedora en el siglo XIX al crear toda la vanguardia artística del siglo XIX y XX. Y el Guernica de Picasso nunca permitirá la victoria moral del franquismo y de sus crímenes.

La cultura es un arma de instrucción masiva. Y quien no la comprende está condenado a ser sobrepasado por ella. Por ello saldremos a llenar la séptima : cultura contra bombas lacrimógenas, música y conciertos contra el silencio de un gobierno sin entendimiento. Hoy todo silencio es cómplice y todo ruido es un acto de resistencia.

*Grenfieth de Jesús Sierra Cadena, abogado, profesor de la Universidad del Rosario, PhD en derecho económico comparado.

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