El joven presidente de Colombia tienen en sus manos la oportunidad de comprender a una generación que se volcó a las calles a luchar por su futuro

Los protagonistas de las movilizaciones que se iniciaron el 21 de noviembre son los jóvenes. ¿Cuáles son las razones que los impulsaron a tomarse las calles?

Hay quienes han dicho que se trata de una cruzada comunista originada en el foro de São Paulo del cual los jóvenes alienados han sido uno de sus principales destinatarios; otros simple y llanamente han planteado que los jóvenes son un sector poblacional manipulado por el oportunismo político de un senador y ex candidato presidencial; y un buen número de analistas han partido de la premisa de que no se trata de una realidad atribuible a una corriente política determinada, y mucho menos a un dirigente político específico, sino que se trata de un fenómeno mucho más complejo. 

Lo que estamos observando por parte de los jóvenes tiene raíces profundas y estructurales. Quizás una entrevista que le hizo un noticiero de TV a una señora en la calle nos da luces de lo que está ocurriendo. El entrevistador la abordó, al igual que lo hizo con varias personas que caminaban de regreso a su casa ante la ausencia de transporte público, buscando una voz más de indignación por los bloqueos a las estaciones de Transmilenio. En efecto, ella respondió indignada, pero no porque se veía obligada a regresar a pie hasta su casa sino porque sus hijos, egresados de la universidad, no encontraban empleo y seguían bajo su dependencia económica. Esta realidad cruda y dura se repite en muchas familias y contradice aquella idea que apuntaba a que el acceso a la educación superior se convertiría en un factor de movilidad social. 

Lo más grave de toda esta realidad es que deriva en una inmensa frustración para los jóvenes y sus familias. El desempleo juvenil alcanza el 18%, casi el doble del desempleo en general. Ante este drama, de muy poco sirve que el Presidente Duque saque pecho diciendo que nuestro crecimiento económico es superior al promedio de la región.

Si, además de lo anterior, se examina la difícil situación que hoy viven buena parte de las universidades públicas es necesario concluir que la solución de sus problemas no depende solamente de un incremento presupuestal, de lo cual se ufana repetidamente el actual gobierno, sino de una revisión y transformación del modelo de educación superior que existe hoy en el país. No es un secreto que la ley 30 de 1992 hizo casi imposible la aparición de nuevas universidades públicas y en contraste flexibilizó los requisitos para el surgimiento de la oferta de educación superior de carácter privado. 

Por el lado de la desigualdad social las cosas también tienen un oscuro panorama. En la región solo Brasil es más desigual que Colombia, a pesar de que nuestra economía crece y la lucha contra la pobreza ha registrado avances importantes. A los jóvenes, conscientes de este fenómeno, les indigna que se esté aprobando una reforma tributaria cuya impronta son los beneficios para los sectores económicos más poderosos de la sociedad colombiana.

Son profundas las angustias juveniles sobre su futuro en medio de la crisis provocada por el cambio climático. Las noticias sobre el crecimiento de la tala de bosques los preocupan y con mayor razón si observan al Presidente Duque ovacionado en un evento de Fedegan luego de exhibir un tono de autoridad para conjurar las protestas. Los jóvenes saben que la ganadería extensiva es una de las principales causas de la deforestación.

Los jóvenes no están dispuestos a aceptar un regreso a la guerra y sus narrativas. Es por eso que la imagen del senador Uribe se ha deteriorado dramáticamente. 

El hecho de que en Bogotá las principales concentraciones juveniles se desarrollen, por una parte, en el parque de los hippies en el sector de Chapinero, y por la otra, en el Parkway en el barrio la soledad, resulta ser una indicación de que se trata fundamentalmente de una protesta de clase media urbana. En ella se mezclan estudiantes de universidades públicas y de universidades privadas preocupados por igual sobre su futuro en medio de una gran incertidumbre.

Si el gobierno y el partido de gobierno creen que éste es un asunto que será disipado definitivamente por las festividades de Navidad, estarán pensando con el deseo pero no con los pies sobre la tierra. También están equivocados si creen que repetir sistemáticamente que todo proviene del foro de São Paulo, de Fecode y de Petro restará impulso a las expresiones de inconformidad.

Una gran conversación nacional solo resultaría útil si hay voluntad sincera de promover reformas estructurales; de lo contrario, si se trata de una estrategia improvisada para aparentar voluntad de diálogo sin que éste conduzca a los cambios de fondo que se demandan, la indignación crecerá como espuma y la escasa legitimidad institucional se podría erosionar a niveles inimaginables. 

El joven presidente de Colombia tienen en sus manos la oportunidad de comprender a una generación que se volcó a las calles a luchar por su futuro. Si no lo hace, tendrá un lugar en el registro formal de los jefes de Estado de Colombia, pero no en su historia.

* Guillermo Rivera, ex ministro del interior, ex representante a la Cámara

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