Villanueva, un pueblo fantástico y dulce

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Al llegar, comprendí el enamoramiento de mi cuñado por ese pedazo de tierra. Experimentaba la sensación de estar en medio de un sueño lúcido. Llegamos a un lugar alto que ofrecía una panorámica hermosa.

Salimos de Valledupar muy temprano. Esa visita a la finca se la debía a mi cuñado. Hacía meses había incursionado en la agricultura y ahora sus pensamientos, logros, metas estaban embebidos de ají topito, patilla, maíz, y todo lo relacionado con el desarrollo de su predio, que está ubicado en la zona rural de Villanueva, la Guajira.

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Me hablaba con entusiasmo de su visión macro, de mercados internacionales, de las bondades del negocio. Yo, en silencio asentía sabiendo que, en la vida, por difícil que sea la prueba, todo es posible a punta de fe, trabajo y persistencia.

Llegamos al pueblo, hicimos algunas visitas y casi al medio día nos fuimos para la alcaldía, ubicada en la plaza principal, con el fin de adelantar un trámite. Al salir de esas oficinas, decidimos sentarnos en una banca debajo de una frondosa ceiba.

La mañana avanzaba y el sol, ya desprovisto de inseguridades y flaquezas, posaba con su peor rostro, despiadado y asfixiante. La sombra que nos arropaba se ofrecía como lo que era, un bello regalo de Dios que nos daba paz y refugio. Desde mi sitio, apreciaba la arquitectura majestuosa de la iglesia, cuyo blanco a esa hora lucía incandescente y contrastaba de manera sublime con el colorido anuncio de “Yo Amo a Villanueva” ubicado en frente del templo.

De repente se escucharon tres detonaciones. Nos miramos las caras. Parecían tiros de bala; desconcertados, nos pusimos de pie. Y otra vez tres estallidos más. Decidimos caminar presurosos hasta el carro, pero mientras lo hacíamos, irrumpió en el ambiente el sonido de una lejana papayera que cada vez se hacía más audible.

“Están de fiesta, lo que suena son voladores”, dije, y volvimos a escuchar la pólvora. Regresamos a la banca y en poco tiempo apareció en la vía una marcha de unas treinta personas, acompañadas de pitos de motos y carros. Gritaban arengas en contra del alcalde. Luego nos enteramos de que la actividad era liderada por un comité que buscaba destituir al mandatario a través de firmas.

El nuevo juguete de mi cuñado era un sofisticado dron que había comprado para supervisar de mejor manera los trabajos y avances de sus cultivos y lo llevaba con él. De hecho, lo tenía acomodado justo en medio de los dos en aquella banca. Le dije que lo sacara. Me descrestó todo lo que ese aparato podía hacer, la altura que tomaba, su estabilidad en el aire, la calidad de los videos e imágenes que transmitía. Ese dron nos mantuvo distraídos por un largo rato. Decidí irme a montar en la tarima “Escolástico Romero”, epicentro del Festival Cuna de Acordeones, para tomarme unas fotos con el dron.

Me impactó que la zona trasera y de acceso a la imponente tarima fuera un cagadero público. Con cuidado de no embarrarme con alguna plasta, logré subir a la plataforma y de inmediato sentí la magia del lugar. Primero, como buen apasionado por la política, simulé un discurso a todo el pueblo villanuevero, cual Jorge Eliecer Gaitán, pero, luego, las musas musicales se apropiaron de todo mi ser y de repente me encontré tecleando con ímpetu un imaginario acordeón, que dejó mi costillar derecho completamente estimulado. Interpreté la puya “Pedazo de acordeón”. No podría ser otra.

Aunque no quería bajarme de esa tarima, ensimismado en mi mundo fantástico, el sol canicular y el llamado de mi cuñado hicieron que terminara mi histórica faena, con un pueblo extasiado que gritaba, “otra”, “otra”.

Mi cuñado me propuso adelantar nuestro almuerzo. La idea era salir para la finca al mediodía y justo cuando terminamos de almorzar recibió una llamada que hacía que nuestra partida se pospusiera al menos una hora más. Al colgar mi cuñado me miró fijamente y entonces me dijo “no queda de otra… vamos por un boli”.

Y entonces… entonces señores, fue cuando descubrí el sitio que pensé solo existía en el país de las maravillas. Llegamos a uno de los lugares que más abolengo y fama le ha dado a Villanueva, a la casa donde funciona, “Dulces Las Corrales”.

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Todo estaba cerrado. Mi cuñado preguntó gritando por una ventana por la disponibilidad de bolis, y cuando abrieron la puerta, pude observar desde su reja los letreros publicitarios y las vitrinas atiborradas de los dulces de leche, leche con coco, filo, coco con piña y toronja. Los fanáticos de estos dulces se cuentan por miles, incluso fuera de nuestro país. Fue imposible disimular mi emoción. Pedí que me dejaran entrar; también quería dulces.

A quienes no los han probado les digo: esos dulces son tan ricos que degustarlos produce inmenso placer y después te resulta imposible parar de comerlos. Abrió la puerta Dalis Quintero Corrales quien está al frente del negocio. Nos contó que el dulce de leche es el más famoso, que su mamá María Corrales fue la que comenzó con ellos y que luego su hermana mayor Cecilia, quien actualmente tiene algunos quebrantos de salud, siguió con el oficio. Que son cincuenta y tres años de tradición y gracias a los dulces han podido formar a muchos familiares; tienen arquitecto, administrador de empresas, médico, contador, entre otros. Que el que va a Villanueva y no las visita es como si no hubiera ido y que el secreto de su éxito es el amor con que hacen el producto.

Nos dejaron entrar al patio donde artesanalmente los fabrican. No sé como logré contenerme. Le quería meter el dedo a ese montón de dulces agrupados en cuadriculas de madera. Me sorprendió saber que el dulce de toronja lo hacen con la cáscara de la fruta y que no tiene nada de pulpa. 

Confieso que, además del deleite, me resultó emotivo descubrir el lugar donde nacen, pues siempre, como vallenato que soy, esos dulces han hecho parte de mi hogar.  Sus sabores saben un poco a la casa y eso los hace más especiales.

Además, me traen un recuerdo en particular. Hace muchos años, cuando comenzaba mi vida profesional como abogado, litigaba en asuntos penales. Un día llegó un amigo a mi oficina a pedirme que atendiera a una familiar que tenía al hijo preso. Quería que la orientara, pues le iban a poner un abogado de oficio y ellos no entendían nada. Por supuesto, el asunto terminó en que decidí asumir el caso. Me enterneció mucho el encuentro con la señora; imaginé a mi mamá. Su sufrimiento era sobrecogedor en extremo.

Resulta que la señora era de Villanueva, pero mientras el hijo estuvo con el lío jurídico hacía el esfuerzo de viajar más seguido a Barranquilla para visitarlo en la cárcel y, claro, me pedía citas para que le contara sobre cómo iba el caso. Me da pena decirlo, pero, aunque le insistía en que no era necesario, esa señora me pagó los honorarios a punta de dulces de leche de Las Corrales. No hubo una sola vez en que nos viéramos y que ella no sacara de su bolso una panela de dulce de leche. Entendí que era su manera de expresarme cariño y gratitud por lo que hacía por su hijo. Así, desde entonces, el dulce de leche de Las Corrales me sabe a amor de madre.

Salí del negocio de Las Corrales, con una bolsa llena de dulces diferentes y con un boli de coco en la otra mano. Pensaba en lo duro que le había tocado a esa familia salir adelante y en cómo la institucionalidad no veía su arte como una gran oportunidad para generar empleo en lo gastronómico como en lo turístico. Si fuera alcalde de Villanueva en un país que se precia se ser la capital mundial de los festivales, ya hubiera instituido “el Festival de dulces de las Corrales”.

Buscamos a los nuevos sembradores y nos fuimos para la finca. Al llegar, comprendí el enamoramiento de mi cuñado por ese pedazo de tierra. Experimentaba la sensación de estar en medio de un sueño lúcido. Llegamos a un lugar alto que ofrecía una panorámica hermosa. De fondo se veían sombras de otros mundos, matizadas con la silueta de una cadena de gigantes montañas acostumbradas a convivir con las permanentes caricias de amontonadas nubes en sus elevados picos y, por otra parte, la visión se colmaba con un ondulante terreno, bien motilado y organizado con los diferentes matices del verde que apareja lo espontáneo de lo silvestre con lo planificado de lo plantado.  

El trabajo de siembra lo hicieron en un lugar donde no había refugio contra el sol y el agua para calmar la sed estaba como para hacer tinto. A las tres de la tarde sentía que el fogaje estaba acabando con mi vida de manera que terminé, por media hora y en calzoncillos, convertido en una especie de piedra de río, inamovible debajo del chorro de una manguera de agua cruda. Mi cuñado estoico se mantuvo al lado de los trabajadores hasta que decidió el retorno a eso de las cinco y media de la tarde.

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Había sido un día extenuante; finalmente regresábamos a casa. Mientras conducía, no dejaba de ver de reojo la bolsa donde iban los dulces de Las Corrales. A la larga era consciente de que ésa había sido una de mis principales conquistas del día.

*Rodney Castro Gullo, Abogado, escritor y columnista.

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