Vivir en Policía y a son de campana

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El complemento de esta obra también radica en la escasez y dispersión de los estudios históricos sobre la constitución de los pueblos de indios en la Nueva Granada.

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Desde que el papa Pablo III, en 1537, declaró que a los indios había que tratarlos como «seres racionales que son», que había que cristianizarlos y no esclavizarlos; se experimentó un viraje, un cambio de visión en los territorios de ultramar conquistados por la corona española. Ese cambio de paradigma constituyó el punto de partida de una serie de reformas y directrices que se sintetizaron en el Concilio de Trento y que conllevaron al patronato indiano de 1574, y a la política de «protección de los indios» en el «Nuevo mundo». Se trataba, no obstante, de un humanismo raro que, al tiempo que abogaba por la protección de los indígenas, creía pertinente la trata y la esclavitud de los negros esclavos. He ahí el humanismo que había conmovido al rey de España, Felipe II, y que en la América hispana del siglo XVI preconizaba el dominico Fray Bartolomé de las Casas.

No obstante, el viraje tenía que ver, en realidad, con los problemas de control de los territorios conquistados; con los conflictos incesantes entre encomenderos y autoridades civiles y eclesiásticas, por las disputas en torno a los tributos y las «demoras»; por las querellas en torno a las tierras y a la mano de obra de los indios; por los pleitos económicos y de jurisdicción entre los cleros: secular de la iglesia y regular de las órdenes religiosas. Por las extralimitaciones con los «servicios personales» que los indios se veían obligados a prestar en «repartimientos» y «encomiendas»; por la disminución escandalosa de la población indígena; y, en fin, por el desorden y el desgobierno que minaba, peligrosamente, el control de la corona española en el Nuevo Reino de Granada y, particularmente, en la provincia de Santafé. En ese contexto, la política de «protección de los indios» que tenía como verdadero objetivo sentar las bases del gobierno colonial español en América, servía, igualmente, a dos otros propósitos: evangelizar a los indios y «Descargar la conciencia de su majestad». Se trataba, en realidad, de crear pueblos para «reducir» y controlar a los indios. La idea era incorporarlos al nuevo orden para cambiar las formas de dominarlos, de explotarlos y de expropiarlos. La estrategia consistía en formar un «cuerpo político» en que estos se vieran representados; se trataba de una «república de indios» que debía funcionar como un mundo segregado y paralelo al de la «república de los españoles». Lo que se buscaba era frenar su «dispersión» e imponerles costumbres «civilizadas» para gobernarlos; costumbres que armonizaran el mundo temporal con el mundo espiritual, a través de la creación de instituciones de gobierno, de control y de disciplina, como la Real audiencia (1550), la Iglesia, las visitas de la tierra, o el catecismo de 1576 que introdujo el arzobispo Luis Zapata de Cárdenas. En este último, se sentaban las bases de las denominadas «policía cristiana» y «policía humana», que más que un compendio de normas económicas, políticas, morales y personales de convivencia, era la esencia y el contenido de una nueva estrategia de cristianización, de control de la población y de combate contra las tradiciones y rituales indígenas, que era a lo que los españoles denominaban «idolatría». No obstante, el proyecto

de creación e implementación de esta política estaba «dirigida – sostiene el autor -, al gobierno de la población, más que a la búsqueda de una organización del espacio y a un control del territorio». Es en ese sentido que en el libro se habla de una «segunda conquista», orientada a la constitución de una «república de indios».

Jorge Iván Marín Taborda, nos introduce, de esta manera, en una interesante historia que tiene mucho de original y mucho de complemento. Ambas cosas se sintetizan en el subtítulo del libro: «El establecimiento de la república de indios en la provincia de Santafé, 1550-1604». Pero este último, el complemento, tiene como punto de partida y relación, el estudio clásico de la colonia escrito en 1856 por José Manuel Groot: «Historia eclesiástica y civil de la Nueva Granada». «Nuestro propósito había sido el contrario – escribe Marín Taborda -, Pretendíamos hacer una historia sobre el establecimiento de los pueblos de indios teniendo en cuenta los elementos políticos, jurídicos, sociales, económicos y administrativos que lo habían propiciado, pero en el desarrollo de la investigación fue ineludible ocuparnos de los asuntos relacionados con la iglesia». No obstante, «por vías contrarias – reconoce el autor -, terminamos llegando al mismo punto al que llegó Groot: al entrelazamiento de la parte eclesiástica, con la civil y la política».

El complemento de esta obra también radica en la escasez y dispersión de los estudios históricos sobre la constitución de los pueblos de indios en la Nueva Granada. Muchos de estos ligados al análisis de resguardos y tierras comunales, a los componentes religiosos de dichos pueblos. Otros más recientes se han centrado en las confrontaciones y resistencias a la urbanización, pero en «general han obviado – afirma el historiador -, las políticas que impulsaron su establecimiento y han minimizado el papel que estas entidades asumieron en el conjunto del sistema colonial».

Desde el Archivo General de la Nación (AGN), hasta el Archivo de indias de Sevilla, España, el libro se cimenta en un rico acervo de fuentes primarias y secundarias que por límites de espacio aquí no es del caso citar. No obstante, desde fray Pedro de Aguado (1956) a Juan Friede (1960, 1975) y Richar Conetzke (1953); desde Germán Colmenares (1978) a Roberto Velandia (1979); desde Martha Herrera (1976-2008) y Diana Bonnet (2004, 2006) a Germán Mejía Pavony (2012); desde Juan Marchena y Juan Carlos Garavaglia (2005) a Michel Foucault (1981, 2006, 2007) y Mauricio Viroli, etc., este libro se construye como un diálogo incansable con el pasado, con las fuentes; con las interpretaciones de la filosofía y de la historia, y en general de la cultura de la provincia de Santafé.

(Texto relacionado: La pasión de los inquisidores)

La colonia que aquí se sintetiza, y que buscaba saldar el compromiso no cumplido por los encomederos de proteger y adoctrinar a los indios, constituyó un proceso lento de ensayo, de invención, de continuidad y de ruptura con las tradiciones indígenas. Descubrió en el problema de la construcción del gobierno, la cuestión principal del mundo y de la América hispana en siglo XVI. No en vano, las tesis de Michel Foucault en torno a la génesis del gobierno constituyen el paradigma teórico central de este trabajo. En particular la noción de: «Gubernamentalidad», que viene a ser el arte de inventar y de institucionalizar el gobierno.

Como ya se había probado en la Nueva España y Guatemala, «civilizar» era la premisa, y el punto de partida para evangelizar.  «Vivir en policía» – como lo subrayó Magnus Mörner (1999) -, llegó a ser, entonces, un sinónimo de «vivir en república». En Foucault, por su parte, – aclara Santiago Castro-Gómez (2015) -, la noción de policía «no se refiere a una institución del Estado, sino a un conjunto tecnológico que se orienta a la conducción de la conducta». Dicho término, connotaba también: la «buena orden que se observa y guarda en las Ciudades y Repúblicas, cumpliendo las leyes y ordenanzas establecidas para su mejor gobierno». La policía era, igualmente, la forma de vida en religión de los españoles, y, en el caso de los indios, no comprometía solo las cuestiones del culto, sino las de la vida y las del trabajo: comprendía la obligación de pagar demoras, indulgencias, sacramentos y tributos, la de usar vestidos, de no andar descalzos, el uso de camas, la limpieza de sus viviendas y personas, y en general la adopción de las «buenas costumbres».

La noción de República de los ideólogos de la corona española tampoco estaba directamente relacionada con su concepto clásico. No se asociaba con «comunidades, ciudades o pueblos identificados con un nombre propio»; mucho menos ­- como enfatiza Annick Lempérière (2013) -, «con un “cuerpo político”, ciudad, principado, reino o monarquía». De lo que se trataba, en este caso, era de una noción de República derivada de la escolástica española del siglo XVI; una República destinada a gobernar una comunidad específica, una «comunidad cristiana, católica que abrace a todos los hombres y reinos de la iglesia».

El rasgo, tal vez más importante de la «República de indios», consistía en incorporar y reconocer las autoridades indígenas y sus formas de gobierno; pues, de esta manera, y desde otra perspectiva, se arrebataba a los encomenderos ese tipo de iniciativas, que de tiempo atrás parecían practicarse a escondidas de la corona en los territorios de la provincia de Santafé.

A pesar de todo, la creación de pueblos de indios, que estuvo precedida por el nombramiento de corregidores y la división del territorio en corregimientos, fue dispendiosa, y generó muchas resistencias; en particular, de las autoridades indígenas, de los mestizos, como Don Diego de Torres, el emblemático cacique de Turmequé; y, desde luego, de los encomenderos; cuyo poder se veía directamente desplazado. No obstante, fue entre 1592 y 1602, durante la presidencia de Antonio González, que la política, que había emprendido sin éxito – con la creación de los primeros pueblos -, el visitador Tomás López Medel en 1559, pudo despegar irreversiblemente. Dicha labor estuvo asociada a los nombres y esfuerzos de los oidores y «visitadores de ojos», Miguel Ibarra y Luis Enríquez que, en asocio con las autoridades de la iglesia, desarrollaron sus funciones. Se trataba en efecto, de un intercambio recíproco, de un conciliábulo entre el mundo espiritual y el mundo temporal, para restablecer el orden, y frenar el desgobierno, para controlar a los indios en pueblos, reducir sus tierras en resguardos, y minar el poder de los encomenderos; se trataba, igualmente, de una situación inédita donde – como lo indicó Paolo Prodi (2010): «La moral se judicializa y el derecho se moraliza».

De todo esto nos habla el valioso libro del profesor e historiador Jorge Iván Marín Taborda. Del viraje político de la corona española, del proyecto de gobierno y de dominación colonial, y de la forma en que fueron sometidos los indios a «Vivir en Policía y a son de campana».

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*León Arled Flórez, historiador colombo-canadiense

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