Volvamos a ser seres humanos, país de desalmados

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Carlos Zapata describe las verdaderas tragedias familiares de los colombianos.

Colombia tiene muchos problemas como la corrupción, la violencia, el narcotráfico, la pobreza y la desigualdad social. Sin embargo, el problema más grande que tiene Colombia no es ninguno de los que acabo de mencionar. El problema más grande que tiene Colombia es la erosión de su moral colectiva. Al parecer, tristemente, tantas guerras, tantos muertos, tantos desaparecidos y tantas tragedias colectivas e individuales nos convirtieron en un país sin compasión. Nos convertimos en un país tan cruel, desalmado e indolente, que ni siquiera la muerte de inocentes nos sobrecoge. Nos convertimos, al final, en un país sin la más mínima humanidad.

En algún momento dado, se le tiene que decir la verdad a los colombianos, aunque esta verdad duela. Esconder la enorme degradación de nuestra moral colectiva, además del envilecimiento de nuestro tejido social, se ha convertido en una misión imposible. Somos como el sicario que, después de asesinar a sangre fría, concilia el sueño y sigue su vida como si nada hubiese pasado.  

En una entrevista con Semana, el Representante a la Cámara Gabriel Vallejo y el Senador Santiago Valencia, ambos por el Centro Democrático, defendieron incansablemente el bombardeo a campamentos de grupos armados ilegales, incluso si estos tuviesen en sus filas a menores de edad. Ambos uribistas dijeron públicamente que el derecho internacional humanitario (DIH) permitía las hostilidades militares contra niños soldados. Este argumento, a todas luces, es inválido, puesto que la condición de victima como niños solados prima por encima de la seguridad nacional. Esto no solamente lo dice el DIH, sino también la Convención sobre los Derechos de los Niños. Claramente, en ambas instancias, el DIH y las Naciones Unidas han dicho que “existe la necesidad de aumentar la protección de los niños en la participación en conflictos armados” y que “los derechos de los niños requieren una protección especial”. Por lo tanto, los Estados están en la obligación legal y, además, moral de hacer hasta lo imposible para garantizarle a la niñez la protección integral y completa de todos sus derechos. 

Lo que preocupa no es el argumento legal, sino el debate moral sobre el bombardeo de menores de edad a manos del Estado colombiano. Puede que yo esté descaminado, además de malinterpretando lo que dicen las convenciones internacionales sobre la protección de la niñez. Sin embargo, el hecho de que bombardear niños soldados pueda ser legal, eso no significa que sea lo correcto. Hace un par de décadas, en algunos estados de los Estados Unidos era legal que privados pudiesen discriminar a todo aquel que no fuese blanco. Los negros, por ejemplo, no podían aplicar a buenos empleos, no podían sentarse en los puestos de los blancos en el transporte público, no podían ir a las buenas escuelas o universidades de los blancos y ni siquiera podían sentarse en las mesas de los blancos en los restaurantes. De hecho, si un blanco venía caminando por el andén, el negro tenia que bajarse y caminar por la calle. Entonces, el hecho de que Jim Crow hubiese sido legal, esto no lo hace, de ninguna manera, moral. 

Bernardo Ramírez Blanco, hermano de la vicepresidenta Marta Lucia Ramírez, estuvo preso en los Estados Unidos en los años noventa por conspirar para ingresar heroína con mulas. Durante este episodio, la vicepresidenta Ramírez salió en varios medios de comunicación colombianos, sumergida en un mar de llanto, a decir que esto era una tragedia familiar. ¿Tragedia familiar? Tragedia familiar es que una menor de edad, como Danna Montilla, no tenga garantías para una vida digna y termine reclutada por un grupo armado ilegal. Tragedia familiar es que el Estado colombiano nunca se hubiese condescendido para darle a esta menor un proyecto de vida, pero sí haya actuado para bombardearla. Tragedia familiar es que la madre de Danna, sin saber de su hija por meses, reciba la noticia de que su hija está muerta y que el Estado se la entregue desmembrada. ¡Esto, indudablemente, sí es una tragedia familiar! 

De Colombia me asombra mucho, especialmente el silencio cómplice de los más acomodados. Mientras los hijos de las clases acomodadas se iban de excursión hacia alguna isla del Caribe o hacia alguna ciudad de Europa después de terminar grado once, los hijos de los más pobres se tenían que ir a la guerra. Mientras los hijos de las clases acomodadas se alistaban para su primer semestre en la Universidad Javeriana, Universidad de los Andes o en alguna universidad del extranjero, los hijos de los más pobres estaban rapados, en camuflados y con el fusil al hombro patrullando las selvas de Colombia. A pesar de estar al corriente sobre esta forma despiadada de elegir quién tiene que ir a la guerra, la inmensa mayoría del país, especialmente las clases más acomodadas, no solamente ha guardado silencio, sino que ha incluso defendido proyectos políticos que avituallan esta decadencia colectiva. En otras palabras, a las clases acomodadas, por décadas, les ha importado muy poco reconocer que su calidad de vida se haya mantenido gracias al sacrificio de los más pobres del país. 

Es tan miserable nuestra moral colectiva que ante los miles de casos de ejecuciones extrajudiciales que ocurrieron durante la administración del expresidente Álvaro Uribe, el General Eduardo Zapateiro posteó en su cuenta de Twitter que no se dejará vencer por “víboras venenosas” justo después de que se hiciera público el reporte de la Justicia Especial para la Paz (JEP) sobre las ejecuciones extrajudiciales. El expresidente Álvaro Uribe, como es habitual, no se quedó tampoco sin dar su veredicto y, descaradamente, criticó el número de víctimas y las fuentes del reporte, como si eso fuese la esencia del problema. 

Es el deterioro de nuestra moral colectiva lo que ha justificado, además de normalizado, absolutamente todos los males que castigan a los colombianos. El día que sanemos nuestra moral colectiva y que edifiquemos un tejido social fuerte, dejaremos finalmente de encontrar excusas para seguir tolerando la corrupción desvergonzada, la pobreza abismal, la desigualdad inhumana y la guerra cruel que nos cuesta tanta dignidad y tantas vidas. Para que así, en un futuro no muy lejano, en vez de desatender la tragedia del otro de tajo, nos solidaricemos con los líderes sociales, con la infancia, con las clases populares, con nuestros campesinos y con las minorías étnicas. Es hora de empezar a construir una identidad nacional que gravite alrededor de la empatía y no alrededor de la desidia. 

Espero que éste sea un llamado para rescatar la poca humanidad que nos queda y que empecemos, de una vez por todas, a construir un país donde nos importe la vida de todos, incluyendo ricos y pobres. 

*Carlos Zapata, politólogo e investigador en políticas de pobreza y violencia para Latinoamérica y el Caribe.

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