Cualquiera que desde afuera nos ve creería que el liderazgo venezolano de los últimos veinte años es igual al precedente. La verdad es que no. No lo es.

Nuestro país tuvo estadistas. Venezolanos que, por sus respectivas experiencias personales, apartaron sus particulares intereses para pensar en el país y lo plasmaron en un documento: el Pacto de Punto Fijo, suscrito en 1958 antes de las elecciones de diciembre de ese año.

Jóvito Villalba, uno de sus firmantes, fue preso del General Juan Vicente Gómez quien, con mano férrea dirigió personalmente y por interpuestas personas los destinos del país desde diciembre de 1908 hasta el mismo mes del 35. Las marcas de los grilletes en sus tobillos fueron prueba de ello. Luego, a partir de 1952, sufrió destierro por la dictadura de Pérez Jiménez, como consecuencia de haber derrotado su partido al del gobierno en las elecciones a constituyentes de ese año. Con 100 dólares, lo embarcaron en un avión hacia el exilio. Nunca pudo Villalba acceder a la presidencia pero su verbo y su conducta ilustraron al país hasta su muerte ocurrida en julio del 89.

Rafael Caldera fue el segundo firmante del pacto –suscrito por cierto en su casa de habitación de donde él mismo adoptó el nombre-.

Máximo dirigente de la democracia cristiana venezolana, fue él un hombre de leyes, estudioso del derecho laboral, hombre de paz, quien -a pesar de lo que se afirme- trató en sus dos gobiernos con su conducta de enrumbar a Venezuela hacia una senda de progreso. Lamentablemente, los venezolanos le recuerdan por la decisión de sobreseer la causa del señor Chávez, obviando que ella –tal como en alguna ocasión escribí- le fue solicitada por la gran mayoría de las élites políticas, social, económica e intelectual del país, salvo dos honrosas excepciones: Luis Piñerúa Ordaz –honorable dirigente político, aspirante a la presidencia en 1978- y Pedro Carmona Estanga, conocido de todos.

Finalmente, el tercero de esos estadistas venezolanos del siglo 20 lo fue Rómulo Betancourt, quien ejerció dos veces la presidencia del país.

En su vida política conoció él de exilios desde la época del General Gómez. Estando en condición de desterrado, con otros ilustres venezolanos suscribió aquí en Colombia en marzo del 31, el Plan de Barranquilla , donde se esbozó el país posible que habría de construirse luego de caída la dictadura gomecista.

Fue Betancourt capaz de diseñar y construir con otros tan visionarios como él el instrumento político venezolano más importante del siglo 20 –el partido Acción Democrática-. La conducta por él desplegada, su desprendimiento personal manifestado en el decreto por el cual como presidente de la Junta de Gobierno de 1945 se obligó a no aspirar a la presidencia de la República en las elecciones que se celebren con ocasión de concluir su período y su decisión de ausentarse del país al concluir el período presidencial 59/64 que dirigió por votación popular, a fin de evitar que se creyere que gobernaría él por mampuesto, son ejemplos que las nuevas generaciones deberían estudiar y emular.

Los tiempos venezolanos no son los mejores. Bueno sería que la dirigencia revisara la conducta de quienes le precedieron y trataran de emularla. Quizás el problema estriba en que para muchos la historia empezó en febrero del 99. Sirvan estas líneas de recordatorio para ellos y de información para quienes afuera me leen que eso no es así.

Gonzalo Oliveros Navarro, magistrado del Tribunal Supremo de Justicia, presidente de AsoVenezuela, @barraplural

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