Voz venezolana: la reelección presidencial

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“La reelección nos ha traído nefastas consecuencias. La experiencia Pérez II, Caldera II, Chávez infinita y Maduro II así lo evidencian.”

La democracia es sinónimo de participación. Afirmo que ver los mismos rostros aspirando siempre que les es posible al máximo cargo de representación popular, en países presidencialistas, es, para mí, antidemocrático.

Sostengo que la reelección presidencial en nuestros países no es positiva. Normalmente, el segundo período no ha sido mejor que el primero y, si se trata de reelección indefinida, peor. La democracia se oxigena permitiendo que todos puedan ocupar los cargos de elección y no que uno esté reservado – por habilidad o componenda – a una sola persona.

Uno puede entender la reelección indefinida en un sistema parlamentario y lo comprende porque al formar parte el presidente o primer ministro -según el caso – del cuerpo colegiado, puede perder siempre la confianza de sus pares, lo que origina inmediata elección. Eso no ocurre en los sistemas presidencialistas.

Así – para variar – adoptamos formas inaplicables a nuestro sistema, pero muy importantes para los interesados en cooptar el poder.

Los venezolanos tenemos ejemplos de lo que – a mi juicio – debe hacer un demócrata que llegue a las más alta instancia ejecutiva del país.

Rómulo Betancourt presidió la Junta Revolucionaria de Gobierno que, el 18 de octubre 1945, sustituyó en la presidencia al general Isaías Medina Angarita. Apenas siete días después, ella emitió el decreto Nro. 9 por el cual los integrantes de esa junta se auto inhabilitaron para postular sus nombres a la presidencia en la primera elección democrática que habría de celebrarse, lo que ocurrió en diciembre del 47.

Fue por parte de todos quienes formaron parte de ella una lección de desprendimiento, a pesar de tener su origen esa instancia en un acto de fuerza. Así, al celebrarse la elección presidencial prevista, ninguno de sus integrantes aspiró a la presidencia. Betancourt y quienes le acompañaron cumplieron lo acordado.

Luego de diez años de dictadura, en diciembre de 1958 se realizaron en Venezuela elecciones presidenciales. Betancourt las ganó, a pesar de la campaña que realizaron contra él todos los partidos, individualidades y medios que le hacían oposición. En 1961, el congreso elegido en aquélla votación decembrina, aprobó – por unanimidad – una nueva constitución y en esta se estableció la posibilidad de reelección luego de dos periodos presidenciales. Así, Betancourt, quien entregó el poder en marzo del 1964, podía aspirar para las elecciones del 74. No lo hizo.

Desde que entregó la presidencia se fue del país, en tácito reconocimiento de que había un nuevo presidente y que éste debía gobernar, sin sombras de ninguna naturaleza. A su regreso ya en el periodo 1969-74, – a sabiendas de que era el máximo líder de su partido – no propuso su nombre a la carrera presidencial, facilitando con ello la oxigenación de la democracia.

En nuestro caso, la reelección nos ha traído nefastas consecuencias. La experiencia Pérez II, Caldera II, Chávez infinita y Maduro II así lo evidencian.

Dése por sentado – si Dios lo permite – que, al retornar la democracia a Venezuela, integraré las filas de quienes buscarán excluir esa figura del texto constitucional de manera absoluta, total y radical. Mientras tanto, públicamente y en cualquier escenario plantearé mi opinión contraria a ella.

Gonzalo Oliveros Navarro, @barraplural, magistrado del Tribunal Supremo de Justicia, refugiado en Colombia

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