Ha conseguido el señor Maduro un asiento en el Consejo de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos.

La primera – y lineal lectura que los venezolanos hacemos- es que de nada valió el informe de la señora Bachelet sobre lo que ocurre en las cárceles venezolanas y poco importó a quienes votaron a favor de la silla para Venezuela que cinco millones de connacionales, según la ONU, estén por el mundo huyendo de lo que en el país ocurre. Otros intereses prevalecieron.

Las cosas, sin embargo, no son tan así. Ayer, una persona muy vinculada a ese organismo tuvo la gentileza de explicarme – y me tomo el atrevimiento de hacerlo público por esta vía – lo que ocurrió en las altas esferas de la diplomacia.

Desde hace dos años, Miraflores viene realizando un intenso trabajo destinado a obtener ese asiento y el mismo produjo que buena parte del orbe se comprometiere a apoyarlo. No contaban con un informe tan demoledor como el de la señora Bachelet ni el compromiso de los países que apoyan al presidente Guaidó. Ambas circunstancias y seguramente otras facilitaron la insurgencia que se les enfrentó.

Pudiere argumentarse, y esto es pensamiento personal, que la salida de Costa Rica al ruedo internacional para optar al cargo en discusión fue tardía, pues solo en dos semanas se decidió y logró obtener el número de votos que logró, los cuales deduzco por lo afirmado en el párrafo precedente que estaban comprometidos con el señor Maduro.

Seguramente, la lectura que Venezuela dará es que Miraflores jugó mejor que la Asamblea Nacional; si por el resultado lo miramos, ciertamente tendrá razón, pero a veces ocurre que el marcador final no refleja necesariamente lo ocurrido y, dando por buena la información que recibí – y la fuente es de primer nivel-, lo ocurrido pone en evidencia la debilidad del señor Maduro y quienes le acompañan pues perdieron buena parte del apoyo que tenían garantizado.

Ciertamente el relato no consolará a algunos, como tampoco me consuela a mí. Solo afirmaré que quienes ejercen el poder juegan y lo hacen duro y rudo. Ineptos no son y, por ello, quienes les enfrentan deben comprender que necesitan ajustar su nivel para que el resultado se compadezca con el objetivo deseado.

 Lo ocurrido en Ginebra debe servir de lección y aprendizaje. Si la estrategia no funciona, se ajusta y se cambia, sin miramientos. El país lo exige.

Gonzalo Oliveros Navarro, @barraplural, magistrado del Tribunal Supremo de Justicia, refugiado en Colombia, presidente de @AsoVenezuela.

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