Un país que no tiene garantizados sus alimentos. Que no produce ni recibe en la actualidad gasolina. Que lo mismo le pasa con el gas. Un país que por la gerencia en él desplegada no les presta a sus habitantes servicios tan básicos como electricidad y agua sin restricciones.

Un país que carece de reservas internacionales, que redujo su producción de petróleo al mínimo. Uno que no tiene manera alguna de salir indemne de la crisis del coronavirus que en el mundo existe y, salvo excepciones- se encuentra recluido en casa. En silencio. En sepulcral silencio. No hay en el protesta masiva alguna.

Alguno de los habitantes de ese país salió un día de febrero de 1989 a la calle dizque a protestar por el aumento de la gasolina que había anunciado el gobierno de turno y como reacción al aumento del pasaje de las busetas en una “ciudad dormitorio” cercana a Caracas. A esos “menesterosos” afectados por la decisión los vimos con neveras, con televisores y hasta con media res al hombro.

Por ese aumento, saquearon un importante número de comercios y, como consecuencia de ello, el gobierno reaccionó y envió a los militares a la calle, produciéndose un importante número de muertes. El suceso se conoce en la historia del país como “El caracazo”.

¿Será verdad que cambiaron tanto en treinta años sus habitantes?
Seguramente ése debe ser un tema apasionante para los sociólogos. Yo no lo soy. Mi opinión es empírica. Pura percepción.
Ese día de febrero, no salió a la calle el pueblo a protestar. Si eso fuera cierto, hoy debería tener incendiado de cabo a rabo el país pues las razones son mayores.

Creo que, visto los resultados de su gestión, quienes gobiernan nunca lo reconocerán pues su narrativa del “nefasto paquete económico de Carlos Andrés Pérez” no solo se les caería sino que adicionalmente generaría responsabilidades penales, como las que ellos han exigido de quienes lideraron la reacción contra la poblada. Sostengo la hipótesis que, el 27 de febrero de 1989, fue organizado por quienes hoy ejercen el poder.

Eran ellos, ayer y hoy, una minoría política muy bien organizada. Partidos de cuadros que se valieron de un ambiente creado por los errores de la dirigencia política de la democracia, potenciada por los medios de la época, para generar lo que vivimos. Quizás es por ello que, si algo han hecho estos veinte largos años, es tratar de inhabilitar a la mayoría de los partidos que les son incómodos y a su dirigencia calificada, mientras eliminan la libertad de expresión, reduciéndola a medios afines a sus intereses.
Así entonces, el venezolano de ayer es el mismo de hoy.

El 27 de febrero del 89, no hubo protesta legítima. Lo evidencia nuestra conducta actual. Hubo organización tendente a crear el caos, ayudado por el lumpen de siempre, ese que está dispuesto a destruir lo que a su paso encuentre y que hoy algo recibe de quienes gobiernan para que les sirvan así sea de comisarios políticos en sus barrios.

Quienes dirigen los destinos del país cuentan con la pasividad del hombre de bien. Pero, a veces, la paciencia de éste tiene límites y, cuando se desborda, no queda nada en pie. Es la experiencia de la historia.
La salida a la crisis venezolana está sobre la mesa. Uno espera que, por milagro de Dios, quien tiene la llave, no actúe como Nerón mientras se incendiaba Roma.

*Gonzalo Oliveros Navarro, Magistrado del Tribunal Supremo de Justicia. @barraplural

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