En el Atlántico, todo sigue estando mal, pero ya tenemos culpable. Qué vaina, los de siempre llevando del bulto.

Cortesía Forbes Colombia

Puedo estar o no de acuerdo con las iniciativas de las autoridades y, no obstante, recomiendo acatarlas cabalmente. En alguno casos, las medidas son exitosas y, en otras, corresponde reconsiderarlas; debemos asumir la buena fe del gobernante.

El confinamiento nos ha permitido llegar a un mundo nuevo, ese en donde lo sensorial ocupa un papel preponderante. Hoy, desde un mismo sitio, nos corresponde vivir las experiencias. Nuestra casa se convirtió en un laboratorio en donde todo ocurre. Como el hombre es un animal de costumbres, poco a poco nos vamos adaptando a esta forma diferente de vida. La interacción, el roce, las acciones y hasta los viajes pasaron a ser virtuales y los viejos libros que, al comenzar la calamidad, vibraron, van cediendo terreno al universo de los aparatos tecnológicos, dejando con ello, además de una profunda adicción por lo digital, poca margen a la imaginación.

Del otro lado, un pueblo pobre, en medio de sus vicisitudes, no entiende a plenitud qué ocurre. De sopetón, todo les cambió y no pueden salir a rebuscarse; su modo de vida tradicional debe quedar guardado en un baúl y también les corresponde lidiar con el estigma de que son ellos los responsables de la proliferación de la pandemia. Como la letra con sangre entra, sufren el rigor de una estricta supervisión de policías y soldados; la consigna, no ahorrar bolillo y calabozo para quien ose incumplir las disposiciones.

En el Atlántico, todo sigue estando mal, pero ya tenemos culpable. Qué vaina, los de siempre llevando del bulto. Los mismos a los que les quitan el dinero de la educación básica y superior, los mismos que no tienen salud, esos que deben hacer verdaderos trucos de magia para que un pedazo de bollo con queso aparezca en la mesa son también quienes deben asumir la responsabilidad del caótico manejo que se le ha dado a la crisis en nuestro territorio.

Y, entonces, algunos me dirán que de qué estoy hablando, que deje de ser amarillista, si todos los pobres en Barranquilla y el Atlántico son borrachones e inconscientes, que no tienen plata para la comida pero sí para llenar los almacenes el día sin IVA. “¡Bandidos que son! ¡Esto es un problema de cultura ciudadana!”; lo dicen con el mentón elevado y con una firmeza en sus palabras que uno queda atónito, pensando que lo mejor es simplificar las cosas y aprovechar lo del encierro para convertir los barrios de mayor contagio en verdaderas cárceles.

Siguen sin entender nada. Nuestra gente humilde lo que necesita es orientación y acompañamiento; la fuerza nunca será la solución. No son ellos los victimarios; por el contrario, son las víctimas de un sistema indolente que, hasta en una pandemia, los maltrata.

Mientras muchos en sus casas estudian, hacen reuniones lúdicas y de trabajo por la red, ponen en práctica nuevas recetas con Youtube, se repasan las películas de Netflix una y otra vez, se pasan horas y horas revisando e interactuando por Facebook, Instagram, Twitter, Tik Tok y mil plataformas más, otros compran un paquete de datos de dos mil pesos para que les pueda llegar por WhatsApp la confirmación del giro por Efecty de treinta o cincuenta mil pesos que algún familiar o amigo caritativo les envía cuando el barro se pone bien duro. Y, claro, también se distraen, no con la revolución tecnológica que mencioné arriba; lo de ellos es el dominó, los naipes, el siglo y, por supuesto, de fondo una canción de Diomedes con un volumen que alcance para que escuchen felices en toda la cuadra.

¿Relajados? Sí y mucho; se acostumbraron a vivir en medio de las dificultades. ¿Deben poner de su parte? Claro, esto solo lo superaremos entre todos. Sin embargo, los que mandan tienen un reto grande: hacer entender con plastilina, asistencia y afecto que cada uno de nosotros, sin discriminación, es un potencial detonante de la enfermedad.

¿No será que vale la pena implementar estrategias persuasivas y llenas de sana pedagogía con diferentes formas y lenguajes? Recuerden que ser tratados igualmente y ser tratados justamente puede parecer que es exactamente lo mismo, pero nada más lejano de la realidad. Lo dijo Aristóteles en uno de sus postulados. La justicia pasa por tratar de igual forma a personas que son iguales y tratar de forma desigual a personas que son desiguales.

*Rodney Castro Gullo, Gerente general de la Sociedad Portuaria Bocas de Ceniza S.A, abogado de la Universidad Libre de Colombia. @rodneycastrog

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