¿Cómo gente tan normal llegó a ser tan violenta? Esto no es un tema de gente mala contra gente buena.

Últimamente la discusión sobre el nombramiento de Jorge Rodrigo Tovar en el Ministerio de Interior me ha interpelado profundamente. Ese día escribí un texto donde sopesaba los diferentes argumentos a favor y en contra del nombramiento, entendiendo la historia del infame Jorge 40 y la relación con sus víctimas así como el importante trabajo por la reconciliación que llevó a cabo en el proyecto de Diálogo Improbables en Valledupar. De esta experiencia es clave resaltar la participación de Jaime Palmera, hermano de Simón Trinidad, con quien ha desarrollado una amistad.

Mi trabajo de voluntario en los últimos dos años me ha llevado a conocer una cantidad de personas. Muchas de ellas han sido víctimas cuyas historias de resistencia y resiliencia me han dejado en lágrimas más de una vez. Sus testimonios me han permitido construir un mapa espacio-temporal del dolor en nuestro país. Escuchar sus historias me ha llevado a la conclusión de que nuestra guerra es una de las grandes tragedias en la historia de la humanidad. Tesis que no comparten mis compañeros de proyecto, pero que tiendo a justificar con su duración, la cantidad de desaparecidos, el genocidio de un partido político y la cantidad de desplazados que sigue siendo la mayor cantidad de desplazados internos en el mundo.

Por otro lado, en el camino notamos la importancia de también hablar con los responsables de la guerra en Colombia. De forma decidida, buscamos a quienes no buscaban espacios para justificarse sino para reconocer realmente lo que pasó. En ese sentido, rechazamos la tentación de invitar famosos negacionistas. En ese sentido tuvimos dos encuentros con importantes responsables de nuestra guerra y de sus dolores.

El primero que tuvimos, en febrero de este año, fue coon Rodrigo Londoño. De él nos impresionó su generosidad. Durante casi cuatro horas no sólo habló, sino que escuchó atentamente. Nos contó un relato de la guerra autocrítico, que se distanciaba de otros relatos que mitificaban la vida en la guerrilla. Era evidente que, con un joven hijo que silenciosamente nos acompañó toda la sesión, lejos de ser un guerrero era un hombre dedicado a la paz.

El segundo, más tarde en ese mes, fue con dos exparas. Llegamos a ese encuentro porque conocí a Óscar José Ospino, otrora conocido como Tolemaida, en un evento de El Espectador donde se presentó con Solis Alemeida. Lo acompañó Arlex Arango, otrora Chatarro, quien lideró el Bloque Centauros. Era un encuentro que habíamos preparado con tiempo y cuidado, pues sabíamos que podía ser más retador inclusive que el de Londoño. Ambos tenían condenas por algunas de las atrocidades que más nos repugnaban de la guerra.

Pero también afrontaron ese encuentro con generosidad. A pesar de que pensáramos muy diferente, quienes antes se distanciaban de la diferencia hoy la discutían calmadamente mientras tomaban gaseosa. Eran humildes y conscientes de las barbaridades que habían cometido. Abiertamente reconocían la grandeza de las víctimas con las que se habían encontrado en el camino y les agradecían públicamente. Los dos, quienes ya purgaron su condena, están pendientes en Twitter para entregar algunas verdades que siguen pendientes.

Ambos encuentros mostraron personas que auténticamente estaban apenados por lo que habían hecho durante la guerra. La guerra los había enceguecido y solamente cuando conocieron a sus víctimas, en Justicia y Paz o en La Habana, entendieron el profundo dolor que habían causado mientras defendían lo que creían era justo. En ambos casos nos contaron con ejemplos y nombres propios cómo el acercamiento a sus víctimas les causaba vergüenza. Ninguna dejaba de pensar como pensaba y eso era evidente. Pero, como también nos dijo Vera Grabe, habían tomado la paz como decisión moral y como proyecto para el país. No se pusieron de acuerdo sobre los temas fundamentales, pero sí sobre la manera de ponerse de acuerdo. Trabajan decididamente por la paz en medio de muchos obstáculos que el camino ha implicado. En ambos casos, quienes han dejado las armas se han enfrentado a horribles masacres que demuestran la afición del Estado a la perfidia.

Hablar con ellos siempre fue un homenaje a sus víctimas, a quienes teníamos en la mente permanentemente. Lo fue porque cuando las escuchamos hablar, sentimos su urgencia porque nadie vuelva a sufrir lo que ellas sufrieron. También lo es porque la verdad de los excombatientes, más aún cuando se da fuera de los estrados judiciales, es columna de muchas memorias. Sus ejemplos son clave para la reconciliación y la no repetición de la violencia. Mandan imágenes poderosas cuando se sientan con sus exenemigos o víctimas. Son quienes deben pedir perdón por las atrocidades cometidas.

En ningún momento nos olvidamos de sus grandes responsabilidades ante las víctimas. Pero sí nos preguntamos: ¿cómo gente tan normal llegó a ser tan violenta? Nunca pensamos encontrar en ellos gente tan generosa y cordial, tan profundamente humana. Y entonces entendimos que el problema no son ellos, sino la guerra. Que esto no es un tema de gente mala contra gente buena. Que lo necesario no es rechazarlos a ellos sino rechazar la guerra.

La sociedad colombiana tiene que tomar una decisión sobre cómo se dará la participación de los excombatientes que se han comprometido con el proceso de paz. Hasta qué punto queremos tomar su palabra en el debate político y cómo les abriremos el espacio para la reconciliación. No son actos provocadores que llevan a la reconciliación, sino actos creativos y conscientes con decisión de paz que pueden crear nuevos momentos en nuestro país.

*Camilo Villarreal, estudiante de derecho en la Pontificia Universidad Javeriana. Activista por la paz. Co-coordinador Rodeemos el Diálogo Joven, donde ha desempeñado trabajos respectivos a la veeduría de la implementación, pedagogía y construcción de memoria histórica.

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