La superación de esta crisis pasa, no solo por el control del Covid-19, sino también por la solución de los problemas estructurales de la sociedad.

A inicios del siglo pasado, quedó claro que, para subsistir, el sistema económico – el capitalismo – y el político – la democracia liberal – tendrían que reformarse profundamente. Fueron, especialmente, tres acontecimientos los que presionaron las reformas: el jueves negro de 1929 que dio paso a una crisis inimaginable para la época, la guerra contra el comunismo que vio en la mejora de los ingresos de las clases trabajadoras (con educación y derechos laborales) una pieza clave y la pandemia de gripe española que dio señales de la necesidad de un robusto sistema de sanidad público.

El resultado de las reformas, en algunos casos estructurales, fue lo que se conoció como el Estado de Bienestar. Con él se echaban a la basura todas las políticas del laissez faire del siglo XIX y se buscaba que el Estado, en su papel de guardián del bien común, se encargara de garantizar los derechos fundamentales y suministrar los bienes básicos a todos sus ciudadanos.

Fue la época dorada del capitalismo, del verdadero capitalismo: el industrial. También fue la época en América Latina de la industrialización por sustitución de importaciones (o industrialización dirigida por el Estado, como dice el profesor José Antonio Ocampo), que fue el periodo de mayor crecimiento del PIB en la región.

En 1973, el sistema económico y el político, apalancado por el primero, dio un viraje reaccionario volviendo a la idea de que el mercado se regula solo mediante su libre funcionamiento y que es esta institución, y no el Estado, la que debe garantizar el ofrecimiento de los derechos, ahora entendidos como bienes y servicios a la venta. Así nace lo que hoy conocemos como neoliberalismo.

Pero el neoliberalismo, como el Estado de Bienestar, también cumplió su ciclo. La crisis del 2008 y la del 2011 nos demostraron que es necesario cambiar las lógicas del sistema económico, así como la pandemia del Covid-19 nos está demostrando que la garantía de derechos es necesaria y que el Estado existe, no para regular el mercado, sino para garantizar los mínimos de subsistencia digna a sus ciudadanos, aun por encima de los intereses económicos (clarísimas, en este sentido, las decisiones y declaraciones del presidente francés).

Sin embargo, la crisis no es nueva; desde finales del siglo pasado se han venido resquebrajando los principios políticos y filosóficos de la sociedad (con la posmodernidad) sin mencionar los económicos que sólo benefician – ¡y de qué manera! – a un limitado número de personas. Así, la extrema desigualdad, producto del sistema capitalista, y el surgimiento de los movimientos sociales, producto de la incapacidad de la política por entender las demandas de la sociedad, son contundentes pruebas de ello.

En otras palabras, la actual pandemia está demostrando de manera tajante lo que desde el siglo pasado se dejaba entrever: la desigualdad es un problema serio, los derechos laborales son clave para el funcionamiento del sistema, a los bancos no les interesa retribuir las ayudas que durante la crisis recibieron, en la economía es más importante el sector real que el especulativo, la globalización trae problemas, pero no las soluciones, la cooperación no se da en tiempos de crisis (ni en la Unión Europea), “todo en manos del mercado” es igual a “todo en manos de quienes pueden comprar” y siempre hay quienes no pueden y el Estado sigue siendo fundamental para asegurar la pervivencia digna de la población, especialmente de los más vulnerables.

Así, la superación de esta crisis pasa, no solo por el control del Covid-19, sino también por la solución de los problemas estructurales de la sociedad. Por esto, aunque parece seguro que el sistema político y el económico mundial van a superar la coyuntura, está superación, así como sucedió luego de la crisis del 29, del 70 y del 2008, vendrá con cambios en su funcionamiento. Algunos hablan del fin del capitalismo, yo creo que, como en otras épocas, se va a reformar.

Esto implica un nuevo tipo de Estado, un nuevo modelo de funcionamiento del capitalismo y un nuevo tipo de democracia, más abierta y pluralista, a lo que debe sumarse un nuevo modo de relacionamiento entre las personas y entre ellas y los demás integrantes del medio ambiente. Yo no soy el primero en exponer lo anterior, pero reproducir estas ideas solo viene a acentuar la importancia de ellas.

En todo caso, si las reformas que llegarán con la post-pandemia no están dirigidas a mejorar las condiciones de vida de todos los seres humanos y lo que eso implica en la defensa de los demás animales y la naturaleza, podemos decir que seguiremos en crisis.

*Camilo Andrés Delgado Gómez, estudiante de ciencia política, Universidad Nacional de Colombia/sede Bogotá, @CamiloADelgadoG

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