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Luego de una aparente calma, a Colombia le quedan varias lecciones que deberá llevar al gobierno Petro y sus sucesores a un replanteamiento de la política exterior.

El triunfo de Trump encendió de inmediato las alarmas en todos los gobiernos progresistas de América Latina. En su campaña, prometió una devastadora arremetida contra toda la población migrante y una intensificación histórica de las deportaciones. Además, el temperamento impredecible del mandatario estadounidense pone en riesgo toda la institucionalidad internacional, lo que complica mucho más la construcción de una agenda bilateral concertada.
Recientemente, Colombia vivió una de las crisis más complejas en su relación con los EE.UU. Lamentablemente, los dos mandatarios olvidaron que la diplomacia y la política exterior, deben manejarse por los canales oficiales e incurrieron en una serie de nefastos mensajes por las redes sociales, lo que incluyó amenazas de incrementos arancelarios.
Luego de una aparente calma, a Colombia le quedan varias lecciones que deberá llevar al gobierno Petro y sus sucesores a un replanteamiento de la política exterior. Se destacan cinco aspectos.
Por una parte, una de las características históricas de la política exterior colombiana, es la carencia de una hoja de ruta a mediano y largo plazo. En otras palabras, una política de Estado y no de gobierno. Con excepción de Uribe Vélez y Santos Calderón que lograron la reelección inmediata, históricamente cada cuatrienio marca un ciclo en los borrosos procesos de interacción con el mundo. Por ello, temas como la lucha global contra las drogas ilícitas, el conflicto interno, la defensa nacional y el comercio internacional, se han diseñado desde diferentes ópticas a través de los distintos gobiernos. Mientras no se logre el diseño y puesta en marcha de una política exterior estructural, quedará sujeta a los vaivenes de la política interna.
Segundo, como política pública, la política exterior debe abrir la participación para la sociedad civil. La diplomacia ciudadana se erige como una alternativa complementaria que abarca diversos temas. Es un mecanismo que permite a la sociedad civil acompañar, complementar y monitorear las actividades del gobierno y los organismos internacionales. Canadá, Ecuador y México, han sido ejemplo de participación y consulta ciudadana. El involucramiento de la ciudadanía abriría un interesante espectro de aprendizaje y un necesario empoderamiento del tema sobre el cual solo surge interés en difíciles coyunturas como la actual.
Tercero, en concordancia con el punto anterior, es importante recordar que los entes subnacionales necesariamente interactúan con otros actores internacionales, locales, regionales, gubernamentales y no gubernamentales. En ese orden de ideas, sin desvirtuar el mandato constitucional que le confiere al presidente el deber de dirigir las relaciones internacionales, la convergencia entre el orden nacional y los entes subnacionales, visibilizaría las potencialidades y amenazas que representa el contexto internacional.
Por ejemplo, la mirada de la relación binacional con Venezuela tiene diferentes perspectivas desde el Norte de Santander, la Guajira o Nariño. Por ello, se deberían plantear reuniones con los diferentes gobernadores y alcaldes para escuchar sus miradas sobre el contexto internacional.
Por otra parte, es fundamental desmarcarnos del tradicional respice polum o Doctrina Suarez. El escenario internacional de hoy es muy diferente al periodo de Guerra Fría caracterizado por el bipolarismo. Así mismo, la década final del siglo XX definido en el unipolarismo estadounidense. Desde que Jim O`Neill presentó su texto sobre los BRIC, logró vislumbrar las transformaciones que hoy vive el planeta, basado en un multipolarismo en el cual, los principales actores no están en el tradicional norte global.
Llegó el momento de “desempolvar”, el texto Actuar en el Mundo: la política exterior colombiana frente al siglo XXI, que propuso cimentar la política exterior sobre cuatro pilares o fuerzas: institucional, histórico, económico y geográfico. Todos apuntaban al desarrollo de un réspice omnia, es decir, una agenda temática y espectro de actores diversificados.
Sin duda, en la fecha de su publicación, era casi impensable un replanteamiento tan profundo, no obstante, en un contexto como el de hoy se erige como una imperiosa necesidad.
El presidente Gustavo Petro ha insistido vehementemente en la posibilidad de acercarnos a China. Cabe destacar que el gigante asiático y la región, poseen la mayor dinámica económica y de comercio global. Enfatizar su exploración y firma de acuerdos, es una verdadera necesidad que abre un espacio interesante para cortar ese “cordón umbilical” que nos ata históricamente con los EEU.
Quinto y último, la implementación de un correcto manejo comunicacional. Es inadmisible la “diplomacia del micrófono” o de X. Las decisiones solo pueden transmitirse por los canales oficiales. Una de las críticas más recurrentes del periodo de Uribe, era la manera como entraba en discusiones con su homólogo venezolano. Lamentablemente, Petro Urrego ha incurrido en ese mismo error, corriendo el riesgo de llegar a una difícil coyuntura como la vivida el domingo veintiséis de enero.
Para Colombia, América Latina y en general el mundo libre, se avecinan tiempos complicados. Para Trump la institucionalidad internacional es un obstáculo en sus propósito supremacistas y expansionistas. Nuestro gobierno actual y futuros tienen el deber de labrar un camino que nos conduzca a la autonomía. La dependencia no puede seguir siendo sinónimo de humillación. Sin embargo, para lograr ese objetivo, Colombia debe construir una política exterior sólida y a largo plazo.
*Héctor Galeano David, analista internacional. @hectorjgaleanod