Si Duque quiere evitar el desastre, para sí y el país, debe construir un rumbo propio comprometiéndose con la consolidación del Acuerdo de Paz.

Para mal del país, Duque no tiene control del rumbo del gobierno, que aún no completa un año. Como podrían decir los filósofos existencialistas, está arrojado en el mundo y condenado a permanecer en el cargo, sin guion.

Su ruta parece ser la de un barco que navega concentrándose en la estela, es decir, los deseos y rencores del ala extrema de su partido, es decir, los de su jefe.

Rumbo al desastre, excepto que, muy pronto, Duque construya un itinerario, un relato.

No es usual, en las democracias,  que un partido de gobierno escale la arremetida contra las cortes, las Naciones Unidas, la descalificación de la JEP, el New York Times, Human Rights Watch, el  Banco Central, en fin, el lenguaje de la agresión a lo que se considere, por una u otra razón, “el campo enemigo”, dentro y fuera.

En la medida en que Duque, sin guion propio, calle frente a la amenaza de falsos positivos, ni más ni menos que la exposición de vidas humanas, la pérdida de rumbo se afianza. Como con su silencio frente a las convocatorias en contra de la Corte Constitucional.

Habría algún sentido detrás de los dichos ataques de su partido si, realmente, hubiese un proyecto político, una imagen auspiciosa de futuro para Colombia,  particularmente para niñas, niños y jóvenes, en un mundo que experimenta cambios en la tecnología y el empleo. El tema, sin embargo, no se revela como relevante para los dirigentes del CD.

El vacío de narrativa de Duque es llenado, con creces, con los elementos y lemas del ala más extrema de su partido de gobierno, que tuvieron vigencia… en el 2002. Ese relato “hacia atrás” no tiene correspondencia con la realidad de Colombia y los descomunales retos del mundo de hoy.

Imagen: Meridiano 70 21/01/2019

A nadie le conviene que el gobierno de Duque salga mal librado. Apostarle al desastre equivale a la aceptación soterrada de pérdida de vidas y deterioro de las instituciones democráticas.

Una parte de los problemas que enfrenta el gobierno Duque los han vivido los anteriores. Que si la economía crece al 2 o al 3 y pico por ciento no es inédito. Sin embargo, ya es claro que la falta de liderazgo y la polarización están frenando la economía.

Otro lío, el de las hectáreas cultivadas de coca, no es sino el eterno retorno de la aplicación de una política antidrogas inefectiva, promovida, hace décadas, por el Departamento de Estado de los EEUU. Duque ha puesto su grano de arena al aceptar, sin discusión, la misma receta de hace 20 años para, ingratamente, no ser tratado como aliado por el Sr. Trump. El saldo es el caldo de cultivo, renovado, para la reproducción de ese ganador de siempre: el narcotráfico.

El reto más trascendente depende de lo que haga, o deje de hacer, Duque: darle curso al Acuerdo de Paz… o, como dicen algunos de sus copartidarios, hacerlo trizas.

Si Duque quiere evitar el desastre, para sí y el país, debe construir un rumbo propio comprometiéndose con la consolidación del Acuerdo de Paz.

* Rafael Orduz, Gerente general de la Fundación Compartir, académico y analista económico, Doctor en Ciencias Económicas de la Universidad de Gottingen en Alemania, exsenador de la República, @rafaordm

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