Temo, y mucho, por el futuro de nuestro país. Temo por la forma en que vamos a entender el siglo pasado y lo que va de este. Lo que construiremos encima de eso. Nuestra apuesta por la democracia, y la forma en que evaluaremos los riesgos. La forma en que veamos la historia, y en la que veamos al Estado en esa historia, define de forma definitiva lo que vayamos a construir a futuro.

La aseveración de un fiscal de que no hubo desaparecidos en la toma del Palacio de Justicia, a pesar de los inútiles esfuerzos para rectificarse, no es inocente. Tampoco es algo único ni particular a este fiscal, ni siquiera a la Fiscalía General. No es un error, ni una noticia particular en la investigación después de lo ocurrido en Palacio.

Es un momento clave para la construcción de verdad y memoria histórica. Darío Acevedo queda como director del Centro Nacional de Memoria Histórica, luego de que no pudieran nombrar a Vicente Torrijos. Él comienza un recorrido que ha incluido parar la publicación de un informe sobre violencia contra sindicalistas y decide abrir una sala en el Museo de Memoria Histórica para los militares.

También concuerda con la directriz del General Nicasio Martínez para la unificación de la narrativa de los militares ante la Comisión de la Verdad. Esta directriz, escrita de forma críptica como si se estuviera diciendo lo prohibido, busca que la narrativa institucional se escuche fuerte en la Comisión. Entonces, el general privilegia la “legitimidad de la institución” sobre la verdad de lo que pasó en el conflicto armado.

El Estado, dirigido por el Centro Democrático, está interesado en esconder parte de la historia. Está interesado en esconder lo que hicieron los militares y, entonces, lo que hizo el Estado. Hay una intención de marginar el conflicto armado a los grupos armados ilegales, guerrillas y paramilitares, sin reconocer su participación.

Y es que esta no fue menor: el Estado estuvo del otro lado de una guerra civil. Actores estatales, no solo militares sino también políticos, tomaron decisiones que llevaron a delitos de lesa humanidad. Congresistas al comienzo del milenio estuvieron vinculados con grupos paramilitares. Fuerzas militares persiguieron y desaparecieron estudiantes y dirigentes sociales. Hay militares, políticos y empresarios que quieren pasar eso por debajo de cuerda, no solo para que no se recuerde, sino también para que se dejen de hacer preguntas.

No podemos subestimar el momento en que la Fiscalía sale a decir esto. Casualmente coincide con el Encuentro por la Verdad que se llevó a cabo esta semana en Pasto sobre desaparición forzada, así como el Día Internacional de la Desaparición Forzada (30 de agosto). El momento en que se hace este anuncio, ante la audiencia de la Corte Interamericana, no es más que una escogencia estratégica para cambiar la narrativa sobre desaparición forzada en nuestro país utilizando el caso más icónico. 

Pero lo más triste fue el efecto que tuvo en la opinión pública. Hoy en los programas de opinión se debate sobre si hubo o no desaparición forzada en la toma del Palacio de Justicia, cuando hay una condena contra el Estado colombiano por parte de la Corte Interamericana. ¿En serio estamos discutiendo aquello que ya es hecho?

Yo no temo por Pilar Navarrete, por ejemplo, a quien desde hace rato conozco. Sé muy bien por la estigmatización y revictimización que ha pasado y esto no es nada nuevo. Será, si acaso, un agravio más en la lista que tiene contra la Fiscalía y contra Medicina Legal. No temo por las familias de los desaparecidos, quienes después de 34 años saben muy bien cómo funciona el Estado y lo que busca.

Temo, y mucho, por el futuro de nuestro país. Temo por la forma en que vamos a entender el siglo pasado y lo que va de este. Lo que construiremos encima de eso. Nuestra apuesta por la democracia, y la forma en que evaluaremos los riesgos. La forma en que veamos la historia, y en la que veamos al Estado en esa historia, define de forma definitiva lo que vayamos a construir a futuro.

*Camilo Villarreal, estudiante de derecho en la Pontificia Universidad Javeriana. Activista por la paz. Co-coordinador Rodeemos el Diálogo Joven, donde ha desempeñado trabajos respectivos a la veeduría de la implementación, pedagogía y construcción de memoria histórica.

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