Miedo al olvido

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Después de muchos años, una tarde le pregunté a mi hermano Ricardo sobre esa pequeña cofradía que antaño se sentaban a escuchar miedo al olvido.

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Mi hermano Ricardo y un reducido grupo de efebos se reunían a escuchar alrededor de un pequeño artefacto que emanaba luces multicolores parecido a un pequeño platillo volador la legendaria canción “miedo del olvido” de Carmelo Galiano Cotes, conocido con el nombre artístico de Galy Galiano. Era un ritual inaplazable que hacían todos los fines de semana terminada la jornada escolar. El sitio de encuentro era una de las amplias salas de la casa solariega de mis padres. Mi madre miraba con indulgencia y les permitía reunirse a ese pequeño sanedrín siempre y cuando no le molestaran las matas de jardín que ella y una de mis hermanas cuidaban esmeradamente. En los jardines colgantes que tenía mi madre alrededor de la casa revoloteaban miríadas de abejas que dificultaban el paso cuando se transitaba sobre un acolchado sendero tapizado de hojas que se desgajaban día y noche. Ese mullido sendero conducía hacia una infranqueable reja forjada en hierro que mostraba una calle solitaria. Entre esa reja y la entrada principal de la casa había un amplio patio con toda clase de árboles que todo el año permanecían florecidos, ahí un loro balbuceaba malas palabras. Debajo de dos frondosos árboles existía una pequeña gruta confeccionada en guijarros bañada por una fuentecilla con la imagen de la virgen, una de las últimas inmaculadas de Murillo, quien era custodiada por un general alado enfundado en una armadura blandiendo una reluciente espada y pisando la cabeza de un dragón de mirada suplicante. Mi madre era una mujer creyente, recuerdo que los primeros viernes de cada mes se hacía acompañar de sus pequeños hijos e iba a una vieja y fría iglesia de arquitectura medieval. Erguida frente al tabernáculo se hacía un santiamén, en señal de recogimiento cerraba los ojos por un instante frente a un cristo agonizante como el de la pintura de Goya. Jamás logramos entender como ese hijo de Dios había sido sometido a semejantes torturas y barbaridades. Luego se acercaba a pie juntillas a un pequeño lampadario donde titilaban pequeñas llamas artificiales que se encendían cuando le depositaba monedas de baja denominación. Ahí quedaban encendidas perpetuamente hasta que llegara otra alma y alimentara esa devoción. Sus hijos pequeños se aburrían deambulando por el interior de la ermita y observar a un religioso indiferente a la devoción de mi madre, enfundado en una ajustada sotana negra sentado frente a un órgano sacando acordes de manera magistral. En ese recorrido veíamos con ojos de asombro los vitrales refractados por la luz mostrando la historia de los santos. Uno de los vitrales que más nos llamaba la atención era el de la anunciación, aparecía un ángel envuelto en una luz, de hinojos ofreciéndole un lirio a una jovencita que conturbada recibía ese saludo.

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Los ventanales de madera carcomidos por el hilillo de agua que una de mis hermanas con una jofaina de peltre vertía todas las mañanas antes de irse a la escuela, hacía crecer macetas de coloridas flores y que al medio día y entrado el crepúsculo emanaban un embriagante olor a madreselva, jazmín, lavanda, era un verdadero placer sentarse alrededor de ese edén y aspirar esas fragancias. Encima de ese edén había una lámpara que emanaba una tenue luz amarillenta que invitaba a la reflexión, el caer del agua sobre los guijarros en la fuentecilla de la virgen de Murillo se escuchaba nítidamente. Muchas veces vi a mi padre sentado con algunos amigos, unos hombres silenciosos y pulcramente vestidos hablando en susurros mientras fumaban relucientes pipas, uno de ellos llevaba oculto debajo de su solapa un reloj de bolsillo, lo consultaba de manera reiterada como si espera la hora del fin del mundo. Era un secreto a voces que el hombre del reloj pertenecía al grado más alto de la francmasonería, mi madre lo miraba con recelo. En uno de esos coloquios frente al cristo sufriente del tabernáculo, pedía por su conversión, cosa que nunca sucedió porque todos ellos siguieron frecuentando y reuniéndose con mi padre en eternas noches de tertulia embriagados por el olor a madreselva y a humo de tabaco. El reducido grupo de muchachos que se daban cita todos los fines de semana en ese ritual pagano como lo llamaba una mis hermanas, quien pasaba parte del día en un colegio de monjas llamado María Goretti, seguían escuchando miedo al olvido y otras melodías. El nombre del colegio donde habían matriculado a mi hermana fue inspirado en una joven italiana martirizada por un salvaje que al final se convierte al cristianismo el día que la joven mártir fue elevada a los altares. Mi madre le agradaba esa pequeña congregación juvenil que se reunían todos los fines de semana y les obsequiaba una especie de restos de galletas elaboradas a base de limón, al final ella pensaba que eran cosas de muchachos despertando a su vida amorosa. Miedo al olvido relata la historia de un hombre quien no se sabe quién es, y que podía ser uno de nosotros como decía mi hermano, después de un desamor, le pide a una mujer que lo lleve siempre en su pensamiento, que no lo olvide.

Después de muchos años, una tarde le pregunté a mi hermano Ricardo sobre esa pequeña cofradía que antaño se sentaban a escuchar miedo al olvido. Mirando a lo lejos respondió como cuando se cumple una profecía:

“No sé de la vida de ninguno de ellos, se desperdigaron por el mundo, ha llegado a término lo que muchas veces hablábamos, en que algún día en nosotros se cumpliría lo que tanto escuchábamos: el miedo al olvido”.

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*Ubaldo Díaz, Sacerdote. Premio Nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. Premio de periodismo pluma de oro 2018 – 2019 – 2022. Email: [email protected]

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