Para que el paro continúe y dé resultados debe mantener el apoyo popular, de otra manera se diluirá en el tiempo. Pero la violencia y los desmanes le quitan este apoyo.

Los promotores del paro no deben perder de vista que, para mantenerlo en el tiempo y lograr los cambios sociales que se piden, necesitan del apoyo popular. Las causas por las que existe el paro deben ser empáticas con las causas y las preocupaciones de la gente. Sin esta conexión, éste perderá popularidad y fuerza, y no hay nada que desconecte más que el uso de la violencia y el vandalismo.

El paro y las marchas que iniciaron en el 21N (2019) fueron el resultado del descontento general provocado por una confluencia de hechos: el caso de Dimar Torres, las salidas en falso del entonces Ministro de Defensa Botero, el bombardeo al campamento con conocimiento de que existían menores de edad, el allanamiento de centros culturales y medios de comunicación días antes de iniciar el Paro. Esta sensación de injusticia fue creciendo cuando el ESMAD, en un uso desmedido de uso de la fuerza, terminó asesinando al joven Dylan Cruz, mientras el gobierno nacional y local criminalizaba la participación ciudadana, militarizaba la capital, declaraba el toque de queda y desde Barranquilla llegaba la ahora célebre frase “de qué me hablas viejo”.

Todo esto aumentó la sensación de injusticia y así aumentó el apoyo de la gente hacia el paro y la participación ciudadana. En la noche del toque de queda la gente, de manera espontánea, sacó la cacerola, y la ola se multiplicó en manifestaciones culturales en parques y lugares públicos.

Sin embargo, la situación desde el 21N hasta el 21E (2020) ha cambiado. Los promotores del paro se encontraron en Bogotá con un gobierno que, a diferencia del de Peñalosa, ya no los criminaliza de entrada. La alcaldesa Claudia López ha mostrado su empatía con las causas de la marcha, con los estudiantes (presidió el Consejo Superior Universitario de la Universidad Distrital) y con la protesta como derecho legítimo y necesario para defender la democracia. Como resultado aplicó un protocolo que privilegia los mecanismos de resolución de conflictos antes de usar la fuerza.

Es indudable que, después de los excesos de fuerza de la policía en las protestas de 2019, el protocolo de intervención (que deja al ESMAD como último recurso para resolver los enfrentamientos que traen las marchas) es un gran avance. Por una parte, mitiga la fuerza de la policía con la fuerza disponible que, al no estar armados, disminuyen las posibilidades de que sucedan hechos lamentables como el caso de Dylan. Por otra parte, reserva la intervención del ESMAD para los casos realmente necesarios.

Bajo este protocolo, el uso de la fuerza y los desmanes por parte de los marchantes quedan completamente injustificados y seguir insistiendo en ello le quitará apoyo popular. Los promotores del paro deben tomar medidas para desmarcarse de quienes usan la violencia y los disturbios, o perderán toda legitimidad sobre sus peticiones. ¿Bajo qué argumento se puede demandar la abolición del ESMAD cuando en las marchas existe el nivel de vandalismo como el que se vio en Suba, Kennedy y Engativá? ¿Cómo ayuda al paro que se hayan intentado meter a la fuerza al hotel Dann Carlton en Medellín? ¿Cuál es la defensa moral de bañar en pintura a un ciudadano que no tenía nada que ver con la protesta? ¿Cómo defender que el joven capturado en Tunja con explosivos sea, efectivamente, un estudiante de universidad pública?

Los promotores del paro no deben desatender estos esfuerzos, deben capitalizarlos y desmarcarse radicalmente de la violencia y los desmanes. Romper vidrios de bancos, robar y desperdiciar los extintores de los buses del Transmilenio, violentar las estaciones, romper los adoquines de las calles y tirarlos contra la policía no han generado ni generarán ningún cambio en nuestra sociedad. Los bancos están asegurados, los grafitis los limpian las señoras de servicios generales, y los daños en bienes públicos se pagan con recursos públicos. Al final de los desmanes el ciudadano queda desolado, con rabia e impotencia frente al vandalismo irracional, una sensación que la derecha capitaliza perfectamente, que justifica la entrada del ESMAD y que fortalece a quienes, orgullosamente, dicen “yo no paro, yo produzco”.

La gente necesita saber y sentir que los sacrificios que se hacen al apoyar el paro y la marcha (los trancones y demoras en Transmilenio, caminar para llegar a sus casas y trabajos, la suspensión de clases, etc.) se está haciendo por motivos que valen la pena, que se exige lo justo. Los disturbios y la violencia, además de que desconectan a la gente, solo son ataques irracionales que nada aportan a la democracia.

Carlos Mauricio Sánchez, periodista – Magister en análisis de problemas políticos, económicos e internacionales contemporáneos.

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