Los cinco puntos del paro

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“Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo.” (Eclesiastés 3:1)

La lógica del paro nacional viene cambiando poco a poco; vamos pasando de un escenario de grandes marchas diarias y bloqueos constantes a uno en el cual los bloqueos se levantan y las marchas se hacen más espaciadas. ¿Esto significa que el movimiento está perdiendo fuerza? Para nada, lo que hay es un cambio de lógica, normal en cualquier movimiento social de largo aliento; no olvidemos que Chile se movilizó por seis meses y no siempre hubo multitudes en las calles. La oligarquía en Colombia ha construido, década tras década, un aparato sólido y difícil de roer; por ello, no podemos pensar que el cambio de este país hacia la paz, la democracia y la vida digna sea una cuestión de pocos meses. 

No hemos perdido, no nos hemos cansado: un movimiento, al igual que una persona, respira y unas veces se expande y otras se contrae.  

Primer punto: recordar. Apenas una persona sufre un hecho traumático, es normal que no pueda recordar con claridad todos los detalles del suceso. En Colombia, hemos vivido, en estos días, una de las mayores tragedias en nuestra historia. ¡Y eso ya es bastante decir en nuestro país! Cuando había personas asesinadas todos los días, llegamos a normalizar la tragedia… no es posible sentir cada muerte como debería sentirse. Lloramos a Santiago Murillo, a Lucas Villa y a Brayan Niño; lloramos con el suicidio de una joven en Popayán. El país ha sufrido, según fuentes no-gubernamentales, más de 50 muertes por la represión del Estado. ¡Más de 50! Necesitamos recordar sus nombres y sus rostros; debemos negarnos a olvidar. Este momento en que hacemos un pequeño alto en el camino, en que respiramos y vemos a nuestro alrededor, es el momento, creo, para enfrentarnos con el dolor. Las y los compañeros asesinados, las mujeres violadas, las personas desaparecidas no son cifras; no podemos caer en la indolencia que tanto ha caracterizado al país.

Segundo punto: asambleas. El paro nacional no ha sido únicamente una protesta que pide un mejor futuro; el paro ha sido también una creación de espacios de poder popular. Este movimiento ha sido un movimiento altamente creativo, que ha demostrado que el poder no se encuentra encerrado en las frías piedras de la Casa de Nariño, sino que está en el movimiento vivo de las personas de a pie. Este poder de la gente no se ha quedado en ambigüedades, pues tiene forma concreta en las asambleas populares que han surgido en muchas partes de Colombia. Estas asambleas populares han tenido como protagonista a la gente de los barrios humildes, de las veredas, de los pueblos lejos de las grandes capitales. Allí la mujer desempleada, el joven trabajador, el obrero, la indígena han hecho un diagnóstico tanto del país como de los problemas concretos de su comunidad y, a partir de él, han escrito diversos pliegos de peticiones. Todos estos pliegos han de compararse y enriquecerse entre sí, como ha venido sucediendo, por ejemplo en Bogotá, donde en la Asamblea distrital en el Portal de la Resistencia se trató de escuchar las voces de las diferentes asambleas locales. También la Unión de Resistencias de Cali es una muestra crucial de estos procesos de unidad. Así debería suceder a lo largo de todo el país, para confluir, como ya se ha dicho, en una gran Asamblea Nacional Popular, donde las personas que han conformado el paro sean quienes hablen, dialoguen y definan el futuro del movimiento.  

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Tercer punto: organización. Estas Asambleas son una forma eficaz de democracia, mucho más que el Congreso, donde ahora las mayorías politiqueras sólo velan por sus intereses egoístas. Desde los puntos de protesta han salido representaciones que bien pueden devenir o no en candidaturas para las próximas elecciones. En caso de salir candidaturas, debería entenderse que ellas son para fortalecer el trabajo popular sin reemplazarlo. Es decir, la candidatura y la posible elección pueden ser un elemento táctico para dar visibilidad a la lucha, para tener más posibilidades de organización y visibilización, para dar unidad a las demandas a nivel nacional y promover discusiones políticas de mayor alcance. Las elecciones son un apoyo de la lucha popular, no son su centro; las elecciones se dan cada cuatro años, pero la lucha es continua.   

Cuarto punto: estudio. La historia de la política oligárquica de Colombia ha sido, en buena parte, una historia de traiciones. Recordemos únicamente la historia del valiente José Antonio Galán quien, liderando el movimiento comunero, confió en el pacto propuesto por las autoridades virreinales para luego ser apresado y descuartizado. Suerte similar tuvieron Guadalupe Salcedo y Carlos Pizarro, asesinados luego de dejar las armas. La oligarquía en Colombia bebió y sigue bebiendo del ejemplo del virreinato español: prometer, firmar y, cuando el movimiento se confía, traicionar. La oligarquía ha tenido presente esta historia, pero del lado de las clases populares tendemos al olvido, un olvido que afortunadamente el paro ha ido desvaneciendo. Las marchas han recordado a Dilan Cruz (asesinado en 2019), a Nicolás Neira (asesinado en 2005), a Johnny Silva (asesinado en 2005); las imágenes de Camilo Torres Restrepo (asesinado en 1966) y Gaitán (asesinado en 1948) no han dejado de estar presentes; en la memoria continúan el ejemplo y las palabras de Policarpa Salavarrieta (asesinada en 1817) y el gesto rebelde de Benkos Biohó (asesinado en 1621). Los pueblos tienen su historia, y nuestra historia no es la de una supuesta Colombia “católica, blanca y machista”, sino una historia llena de justas luchas por la paz, la igualdad, la democracia y la libertad. Es fundamental que, junto a las decisiones políticas, creemos espacios para estudiar la historia, que nosotras y nosotros no sólo cambiemos el futuro, sino también el pasado, sacando del olvido, por medio de jornadas pedagógicas en barrios y veredas, tantas y tantas luchas que ha vivido este país, condenadas al olvido por el discurso oficial. 

Quinto punto: próximo gobierno. Las actuales protestas se alzaron contra el gobierno de Duque, pero el espíritu de la protesta va hacia la estructura misma del Estado. Sabemos que todos los cambios que necesita Colombia no sucederán en pocos meses, pues nuestra labor es histórica. Por ello mismo, el paro no sólo le exige a Duque una mejor Colombia, sino que ya que presentó el que debe ser el plan de gobierno del siguiente presidente. No sólo estamos rechazando lo que ha hecho Duque y el uribismo; además se está construyendo el futuro de Colombia. La próxima persona que llegue a la presidencia no puede desoír lo que ha sucedido y debe tener presente que, en caso de incumplir las demandas del movimiento social, el paro se hará sentir. En las calles hemos desarrollado un auténtico gobierno popular que ya marcó la historia de Colombia, pues ha ido cultivando, lenta y claramente, la idea simple que reza: ¡Nunca más un gobierno oligarca! 

Los cinco puntos anteriores están siendo trabajados en diversos niveles. La labor pedagógica de Ariel Ávila, los necesarios debates en torno al feminismo que ha planteado Sara Tufano, la crítica al progreso depredador enarbolada por Isabel Cristina Zuleta y Francia Márquez, los procesos de organización de base como la Unión de Resistencias de Cali… y miles y miles de iniciativas populares están recorriendo Colombia. Todos estos ejemplos nos muestran que la esperanza no está en un candidato, sino en todo un movimiento complejo. Todavía falta mucho por hacer: la lucha feminista seguirá creciendo, cambiando las prácticas machistas que perviven todavía en el movimiento, y la lucha de los pueblos negros e indígenas seguirá mostrando cómo hay otras maneras de ver el mundo, más acordes con una defensa de la vida integral, sin imponer la vida del hombre blanco por encima de las otras. 

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Cuando hablo de organización del paro, no me refiero a una organización política rígida ni partidaria. Organización en estos momentos debe significar comunidad: agilidad en los movimientos y solidaridad entre todas y todos. A veces parece que más que pensar en un gran pliego para que Duque cumpla, necesitamos una serie de hechos, que hagamos desde el Paro, para impedir el baño de sangre que quiere el gobierno. Así, sabemos que probablemente no se desmantelará el Esmad en este gobierno, pero sí podemos fortalecer creaciones propias, como la Primera Línea, que obstaculicen el actuar criminal de la policía. Este fortalecimiento implica aguzar el instinto a nivel nacional, es decir, actuar de manera conjunta y rápida en todo el país, no como sucedió a comienzos del paro, donde Cali quedó prácticamente sola y solo días después se sumaron otros puntos de resistencia. En estos momentos, la paz no es tanto una exigencia al gobierno, como una realidad que podemos-debemos construir desde el movimiento popular

En conclusión, este es un momento donde cosechamos parte de lo que hemos sembrado. Vamos profundizando en sentimientos y conciencias más agudas, que vean los errores que hemos cometido y los aciertos en que debemos profundizar. Claro que volveremos a las calles masivamente, pero este momento de reposo es fundamental para volver con más fuerza y más eficacia, teniendo en cuenta que el movimiento popular es la mejor escuela política.

También es un momento para llorar, para conmovernos por lo que ha sucedido; un momento para abrirnos al dolor, sintiendo que este dolor surge en medio de una gran esperanza. Y esta esperanza no es algo a lo que podamos renunciar, pues en ella está la semilla de una Colombia verdaderamente democrática y en paz. Dijo Jorge Luis Borges cuando Argentina salió de la dictadura militar: “Ahora nuestro deber es la esperanza…” Ahora, aquí en Colombia, la esperanza no es una opción. Es un deber, pues es ella la condición para que las alegrías y los dolores, necesarios para una mejor Colombia, no caigan nunca más en el olvido.

Post scriptum. Dice Nietzsche: “Los lectores de periódicos dicen: ese partido político se conduce a sí mismo al fracaso por tales o cuales errores. Mi política superior dice: un partido que comete esos errores agoniza — éste ya no tiene más su seguridad de instinto. Cualquier error en cualquier sentido es la consecuencia de una degeneración del instinto, de una disgregación de la voluntad: de esta manera casi que se puede definir lo malo. Todo lo bueno es instintivo — y, por consiguiente, ligero, necesario, libre.” (El crepúsculo de los ídolos, “Los cuatro grandes errores”.

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*Nicolás Martínez Bejarano, filósofo de la Universidad Nacional y estudiante de la maestría en historia del arte. Investigador sobre filosofía medieval y estudios visuales. @NicolasMarB

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