Ser apolítico

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Foto de Szilárd Szabó

El denominado apolítico puede llenarse la boca diciendo que odia la política, pero de su silencio nace el abandono estatal, la falta de cuestionamiento para los corruptos y la injusticia social – desigualdad, privatización, exclusión, violación a los derechos humanos y explotación -.

Foto de Szilárd Szabó

En la época en que vivimos, observamos activistas con influencia en medios, actores, humoristas, caricaturistas, personas que ejercen otras profesiones que no están vinculadas a la esfera política. Sus opiniones en el campo social, económico y político son importantes y afectan a quienes militan en un partido o son servidores públicos.

La política se puede entender de diferentes formas: la más sencilla es mediante la actividad y la organización de los ciudadanos en comunidad. El político hace parte de las filas ideológicas de un grupo que busca objetivos propios mediante sus posturas, con la intención de consolidarse en el poder.

Por el contrario, el apolítico dice que no se vincula, no participa y carece de opiniones o no se identifica abiertamente con una ideología; en general, estas personas sienten apatía o poco les importa la situación del país.

El apoliticismo es una postura que utilizan algunas personas para evitar la comunicación con el mundo exterior; no oyen, no hablan y se desconectan de la realidad. En la práctica, no es posible ser apolítico por una razón muy sencilla: vivimos en un Estado organizado regido mediante una Constitución Política y la única forma de escapar a esta carta o la regulación que nos administra es viviendo tal vez en una isla desierta, porque quienes hacen política guían y aprueban la forma de gobernar el país, deciden qué recursos explotar, qué economía manejar.

La política no se reduce a un concepto de una persona que milita en un partido; más bien puede entenderse mediante las actuaciones de las personas que participan en la manifestación política y su derecho a opinar. Los políticos desilusionan y mienten, pero esto no significa que se deba echar todo por la borda. Estas situaciones enseñan que sencillamente se pone la confianza en un ser humano sin principios morales pues, al obtener un lugar, olvidó a quienes les dieron la oportunidad.

Todos podemos tener una opinión sobre cómo se debe organizar el país. No sé si a alguien no le interesa, por ejemplo que se acabe con la riqueza natural que posee Colombia y apoyar o no las prácticas como el fracking o la aspersión con glifosato debería ser una de las tantas opiniones que se ponen a disposición para un debate político; son un sinnúmero de cuestionamientos que se pueden elaborar, pero si alguien no desea pensar en ello o guarda silencio, es poco probable que su país actúe de forma transparente o, por lo menos, que piense en la afectación de los ciudadanos.

Si los mentirosos se toman el espacio público, es porque de alguna forma se permite que influyan y no se controvierten sus discursos. Así, la política empieza a perecer; somos responsables al aprobar que los autoritarios, demagogos, populistas, y demás sujetos tomen el poder. Por tal motivo, todos los ciudadanos podemos participar, siempre y cuando no le afecten impedimentos. Todos tenemos la capacidad de controvertir y discutir acerca del declive de la política y quienes dicen ser políticos, en una relación legítima entre ciudadano y el Estado.

Sobra recordar el desprestigio de los partidos políticos. Pocos se salvan de ser cuestionados por sus relaciones particulares e intereses que los llevan a manejar los hilos del poder. De hecho, los entes de control no hacen su tarea en la debida forma y quienes generan la apertura de las investigaciones son los activistas y periodistas que ponen en el ojo del huracán a estos sujetos. ¿Qué sería de nuestro país sin personas como ellos? Ellos arriesgan su vida para exponer la verdad.

Si aun sigue pensando que el apoliticismo existe, es respetable porque unos pocos desean más bien llevar a sus electores hacia el comité de aplausos para terminar en los brazos de Morfeo. Al despertar se encontrarán desnudos, sin lugar a donde ir. Nadie desea recitar uno de los últimos versos del famoso “Y por mí vinieron” de Bertolt Brecht: “Ahora me llevan a mí, pero ya es tarde.”. Tampoco se podrán borrar las palabras de George Orwell: “En una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario”.

*Sandra Castillo, abogada, @sandra_doly

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