Un 20 de julio inolvidable

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Sacado de Agencia de Periodismo Investigativo

No entendemos si ese indignante discurso del Presidente Duque es fruto de su total desconexión con la gente o de una actitud cínica y cruel sin antecedentes ni límites.

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El pasado martes se celebró un año más del grito de independencia y en esta oportunidad vimos diferencias con la tradición. El Congreso, por primera vez en su historia, instaló su nuevo periodo muy temprano en la mañana, casi a escondidas del país, para evadir las protestas ciudadanas, reforzando el mensaje antidemocrático de que se encuentran totalmente de espaldas al país. Además, prohibieron la entrada de la prensa al Capitolio. Confirmaron con esa actitud las razones del rechazo de más del 85% de los colombianos a una institución que, en el último año y medio, se encerró en la burbuja del Zoom y no entiende la grave crisis que vivimos. Este 20 de julio no respiramos el fervor de la fiesta patria, sino un clima de crisis, incertidumbre, temor y confrontación.

El plato principal de la inédita jornada fue el discurso presidencial. Generalmente los presidentes de turno aprovechan la ocasión para presentar un balance al país de lo realizado por su gobierno en el año anterior. Es comprensible entonces y siempre sucede que los jefes de Estado se excedan, exageren los logros obtenidos y minimicen problemas y dificultades. Es casi obligación del líder inyectar una dosis de optimismo a una nación que atraviesa dificultades muy serias. Por ello, esos discursos anuales son tradicionalmente cuestionados por buena parte de la opinión pública. 

Pero, en esta ocasión, Duque se pasó. La sacó del estadio como diríamos en forma coloquial. Con muy buen tono y una actitud adusta, el Presidente se dedicó a mentir en cada párrafo y cada línea de su discurso. Habló de un país muy distinto al que tenemos hoy. Parecía en la estratosfera. Como si el hambre no acosara en el último año a más de 20 millones de compatriotas que no pueden tener sus tres comidas al día. Como si la vacunación no se hubiera demorado por la negligencia oficial en la adquisición de las vacunas y, por cuenta de ello, no estuviéramos desde hace meses encabezando la tabla del ranking en número de contagios y muertes diarias. Como si el desempleo no estuviera en más del 15% por encima de economías similares del continente como México, Chile o Peru. Como si la pobreza no hubiera llegado nuevamente a niveles de hace 15 años. Como si no tuviéramos las movilizaciones sociales más grandes en décadas, lideradas por miles de jóvenes que no ven oportunidades de educación y empleo digno para su futuro. Como si en esas manifestaciones no se hubieran cometido los excesos y atropellos a los derechos humanos registrados por todos los organismos internacionales, que costaron la vida a decenas de jóvenes, que no fueron precisamente asesinados por los “vándalos” como afirmara sin ruborizarse en la ONU nuestra flamante Vicepresidenta-Canciller.

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Es tal la distancia entre el país del que nos habló el vocero del uribismo en el gobierno y la realidad nacional de los últimos meses que el desconcierto de toda la población es gigante y no entendemos si ese indignante discurso es fruto de su total desconexión con la gente o de una actitud cínica y cruel sin antecedentes ni límites. Ni una sola mención a las víctimas mortales de las protestas, ni una palabra de solidaridad a sus padres y familiares. Su ausencia de empatía con la gente es aterradora y el déficit de diálogo social enorme. Hoy después de seis meses del huracán de Providencia y con solo dos casas construidas, nos habla de la “recuperación” de la isla. Hace un llamado a dejar atrás los odios, mientras ataca con ferocidad a la oposición, se retira del recinto para no escuchar la réplica consagrada en la Constitución e insiste en estigmatizar la protesta y hacer trizas el Acuerdo de Paz. 

Se dedicó a auto-alabar la gestión del gobierno en defensa del medio ambiente y no nos explicó su insistencia en el fracking, la fumigación con glifosato y la forma bochornosa como su bancada hundió el Acuerdo de Escazú. Al ponderar la democracia colombiana olvidó mencionar que por cuenta del talante autoritario de su gobierno, los asesinatos de líderes sociales, las muertes de jóvenes en las protestas y su negativa a implementar en forma integral el Acuerdo de Paz, Colombia pasó de ser niña bonita de la comunidad internacional a la novia fea en un retroceso de 20 años en nuestra imagen ante el mundo, con lo que ello significa en materia de inversión y turismo para el país. 

En fin, un 20 de julio inédito, un discurso histórico por la indignación que generó y una ovación lógica y “justa” de un Congreso que esta tan desconectado de los colombianos que, en el 2022,  tendrá el mismo rechazo que el Presidente y su partido.

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*Juan Fernando Cristo Bustos, @cristobustos, exministro del Interior y ex senador.

1 COMENTARIO

  1. Ya a un año de entregar su puesto de mando, este señor Duque sigue empeñado en su carreta gobiernista, llena de mentiras y protegida con el aplausometro de los congresistas que lo vitoreaban como al Cesar de la Antigua Roma. El País no puede esperar más que pase ligero estos meses que le quedan al guache ese, cuya huella que dejará marcada para siempre, como el peor de los mandatarios que haya tenido Colombia por encima de Pastrana, Turbay y Cesar Gaviria. Ojalá cese pronto la horrible noche!!

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