Ciudades del mañana

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¿Habrá ciudades para el mañana? La respuesta a esta pregunta no está en ninguna maleta, cajón o portafolio.  Está en la vida y el comportamiento concreto de los ciudadanos y de sus grupos, comunidades, organizaciones, e instituciones.

“Una obra de Juan Carlos del Castillo, columnista de La Línea del Medio”

Bajo este título, Peter Hall, geógrafo y urbanista inglés, publicó una de las mejores historias del urbanismo del siglo XX que hemos conocido. Personalmente la utilicé mucho como texto de referencia básico en la asignatura Historia y teoría del Urbanismo que dictépor muchos años en la Universidad Nacional.

Terminaba Hall ese recorrido sobre las ideas y las prácticas que la cultura occidental ensayó en la ciudad en ese siglo con un capítulo que subtituló Infociudades y ghettos sin información, en el que anunciaba esa división del mundo urbano que puso en evidencia esta crisis sanitaria. Pero la pandemia hizo saltar los seguros mucho más allá de lo que había previsto P. Hall.

Por eso, la pregunta está planteada desgarradoramente y con toda la pertinencia del caso: ¿habrá ciudades para el mañana? Ese debate se ha reavivado y disparado en muchos escenarios y nos sacude directamente tanto a los ciudadanos como a los responsables de la gestión y administración pública de las ciudades. ¿Tendremos algo que decir los urbanistas?

Me atrevo a hacerme esa pregunta porque he desempeñado ese oficio por más de 40 años y una de mis más intensas pasiones y reflexiones ha sido la vida y el destino de la ciudad. Alguien me gritará entonces airado ¡pues ya es hora de que se calle! a lo que debo responderle: por ahora no puedo complacerte. Nos hemos equivocado mucho y tenemos que reaprender muchas lecciones, pero todavía no a callarnos.

La crisis urbana es dura y angustiante; no hay ninguna duda. Y puede empeorar si la respuesta proviene de ese ¡sálvese quien pueda!, actitud que no dudemos va a saltar a la escena más temprano que tarde y por razones elementales. Se deben estar frotando las manos los concesionarios de carros y motos ante la reacción primaria de volver al transporte privado. Y esta respuesta es una de las peores. Otra salida que tiene eco es la “guetización” o encerramiento en los espacios privados, con sus efectos inmediatos en el aumento de la segregación, la desconfianza, la inseguridad y el abandono de lo público. Son las respuestas típicas del individualismo hirsuto de moda en estos tiempos. Pero la otra veta del individualismo se va a expresar en que la respuesta debe buscarse en el maletín de especialistas, políticos o iluminados.

La respuesta a esta pregunta no está en ninguna maleta, cajón o portafolio.  Está en la vida y el comportamiento concreto de los ciudadanos y de sus grupos, comunidades, organizaciones, e instituciones. En sus hábitos y prácticas. Se culpa mucho a las ciudades de ser las responsables de la crisis global, de la destrucción de la naturaleza y del individuo. Eso es un eufemismo. De la crisis son responsables los seres humanos y sus formas de vivir, convivir, producir e intercambiar. De sus sistemas sociales y económicos. Eso es entonces lo que debe ser motivo de reflexión y revisión.

La respuesta no está tampoco en esa retórica insoportable de los paraísos terrenales imaginados por profetas desparchados, o en los océanos de mermelada para encontrar la felicidad de los que nos alertaba con razón Estanislao Zuleta, o en las comunidades de los bienaventurados. No hay  paraíso terrenal, ni océano de mermelada, ni bienaventurados.  Este mundo es de mortales, buenos y malos, de energía creadora o pervertida.

Se están ventilando algunas ideas y propuestas sobre la ciudad post-pandemia; la ciudad de los quince minutos, el vecindario del walk distance, la movilidad en bicicleta. El primer asunto a atender es no repetir los errores clásicos en el urbanismo. El primero de ellos y el más común: la fórmula universal para todas las ciudades del mundo. Es muy distinta la situación de las ciudades ricas del norte de Europa de menos de 500 mil habitantes a las megalópolis de Asia, África o América de 10 millones para arriba, con mucha pobreza e inequidad, donde estos patrones urbanos están fuera del alcance de las grandes barriadas de las periferias.

Un segundo asunto que debemos cuidar es no reducir las demandas y problemas de la ciudad a las formas de vida y las expectativas de las clases medias, reducción a la que somos muy propensos urbanistas y arquitectos. El problema y la realidad dura y pura puesta en evidencia – en nuestro caso y en muchos otros lugares del mundo-  fue laciudad de la sobrevivencia. Esa ciudad estuvo y está más afectada que la ciudad de la supervivencia. Pero esa no es la novedad. El urbanismo surgió justamente para responder al gran malestar con el que abrió fuente la ciudad capitalista e industrial de finales del siglo XIX. Arquitectos y urbanistas entendieron que ése era el problema a resolver en la ciudad moderna. Pero después lo olvidaron. Y por eso el confinamiento volvió a poner en voz alta la realidad económica de esta ciudad: gran parte de ella vive de la calle o de los empleos a gran distancia. La otra revelación, además de la angustia económica, fue que la precariedad del espacio íntimo y del barrio coadyuvó en el agravamiento de los problemas sociales de convivencia. La violencia intrafamiliar, por ejemplo, dio un brinco de forma inaudita.

Y, entonces, ¿a qué ciudad debemos volver, si habrá que mantener la distancia física, evitar el contacto derivado de la aglomeración, practicar otra higiene y otras formas de interacción social y muchas otras cosas? Se ha argumentado, y creo que con razón, que hay una relación estrecha entre la crisis sanitaria y la crisis ambiental. Si retornamos al híperconsumo, desperdicio y contaminación de los que tienen y a la estrechez y precariedad de los que no tienen, el escenario será el mismo y las consecuencias no se harán esperar. Hay que encontrar salidas a esta realidad.

Por estas razones, la ciudad de la sobrevivencia es parte fundamental de la nueva agenda urbana en nuestras ciudades. Desde este ángulo llama la atención, por ejemplo, la idea y el concepto de eco-barrio. Este concepto no se reduce a limpieza y ornamentación urbana. Da para pensar en una renovación urbana desde y para los habitantes, no para el inversionista foráneo.  El eco-barrio puede ser una experiencia de vida urbana que vincule convivencia humana, calidad de vida y espacio urbano y del hogar digno. El eco-barrio no es una solución administrativa, ni una norma, ni una forma de inversión pública o privada. Puede ser una alternativa para vivir la ciudad desde otra perspectiva, más a escala humana, más cómplice con la naturaleza, más a la mano del habitante y más como proyecto movilizador de su creatividad y su energía.

Cuando Bogotá iba a estrenar nueva administración, varios académicos del área del urbanismo y gobierno de la ciudad, pensamos que era bueno y conveniente dialogar entre nosotros y con la Alcaldía, dado que parecía abrirse un nuevo espacio. Ahora es más que urgente fomentar la reflexión y el diálogo organizado. No para abrir la tribuna y el micrófono a una competencia de iniciativas y ocurrencias exóticas o una pasarela para el desfile de audacias grandilocuentes que se ponen tan de moda en los tiempos de crisis, ni para abrir el balcón a la montonera de egoísmos y arrogancias tan característicos de Bogotá, sino para reflexionar serena y honradamente. Porque ya no sólo estaremos con el agua al cuello, sino con el lodo y la mierda a la altura de la nariz, si no actuamos con responsabilidad y seriedad frente al problema de las ciudades del mañana.

*Juan Carlos del Castillo, arquitecto, PhD en urbanismo

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